miércoles, 2 de noviembre de 2011

Pandora

Mucho se ha escrito, dicho e interpretado al respecto de la figura de Pandora, esa mujer de la mitología griega que tantas analogías tiene en otros relatos y mitos creacionales, como en la Eva bíblica y sus semejantes en tradiciones mesopotámicas, al menos en la interpretación del conocido Robert Graves. Pandora ha dado nombre, de hecho, a una expresión muy popular en nuestra lengua castellana: la caja de Pandora. Y en torno a la caja -o vasija, o ánfora- de Pandora versa, en efecto, su mito.

Pandora aparece de manera fundamental en los versos de Hesíodo, el autor célebre por su Teogonía y su Los trabajos y los días, ambas obras clave de la lírica con tema mitológico-religioso griega y llaves para entender esta cultura. Se presenta nada más y nada menos que como la primera mujer, creada por los dioses y dotada de una serie de dones y cualidades negativas por estos (en el singular nacimiento de Pandora participan Afrodita, Atenea, Hermes,…). Por medio de ella el mar entra en el mundo de los seres humanos. En Los trabajos y los días, la teórica introducción del mal se materializa a través de la apertura de un ánfora -o caja a partir del Renacimiento- en la que se escondían todos los males y penalidades para los hombres. Cuando Pandora, asustada por lo ocurrido, cierra el recipiente, en el fondo tan solo queda la esperanza.


Les dejo la particular interpretación del mito de Françoise Roy en su obra A flor de labios:

Abrí sin malicia. Curiosidad femenina, usted sabe. La vasija venía sellada. Pero la hoz del destino tiene el poder de arrebatar luz al día. Y en la granada de su boca, el hado arrebaña sus demonios mientras me dice que yo, y cada uno de nosotros que cayó como lluvia en este lugar, somos también una caja.
Acopiando fuerzas, procuro cerrar la tapa. Es imposible. Un remolino aprisionado durante siglos en el hermético cántaro de las profundidades empieza a salir como viento en procela, arrastrando en su cauce seres que me habitaban desde un lupanar cerrado a llave: un dragón con un frasco de elixir del olvido en las garras, una sacerdotisa pregonando la inminencia de un eclipse de sol, un ángel negro y desnudo con rasgos de sátiro que se abanica con un ramo de siempreviva, enanos dedicados a la forja, alimañas cojas, tuertas o sin patas, un buitre con una gavilla de pasionaria en el pico, ánimas de mi linaje encaramadas en una barca con mascarón de sirena, viendo pasar un cometa.
Abrir la caja: solsticio de invierno en el verano de mis manos imprudentes.

Nota final: La imagen es una fotografía de Yvonne Park en su interpretación del mito.

martes, 30 de agosto de 2011

El corazón de Antígona

“Creonte, acostado en el lecho de Edipo, descansa sobre la dura almohada de la razón de Estado. Algunos descontentos, dispersos por las calles, borrachos de justicia, tropiezan con la noche y se revuelcan al pie de los hitos. Bruscamente, en el silencio estúpido de la ciudad que duerme su crimen como una borrachera, se precisa un latido que proviene de debajo de la tierra, crece, se impone al insomnio de Creonte, se convierte en su pesadilla. Creonte se
levanta, y palpando a ciegas encuentra la puerta de los subterráneos, cuya existencia sólo él conoce; descubre las huellas de su hijo mayor en el barro del subsuelo.

Una vaga fosforescencia que emana de Antígona le permite reconocer a Hemon, colgado del cuello de la inmensa suicida, impulsado por la oscilación de aquel péndulo que parece medir la amplitud de la muerte. Atados uno a otro como para pesar más, su lento vaivén los va hundiendo cada vez más en la tumba y ese peso palpitante vuelve a poner en movimiento toda la maquinaria de los astros. El ruido revelador traspasa los adoquines, las losas de mármol, las paredes de barro endurecido, llena el aire reseco de una pulsación de arterias. Los adivinos se tienden en el suelo, pegan a él el oído, auscultan como médicos el pecho de la tierra sumida en su letargo. El tiempo reanuda su curso al compás del reloj de Dios. El péndulo del mundo es el corazón de Antígona”.

[Fuegos, Marguerite Yourcenar]

Este blog ha visto la publicación de toda una serie de artículos al respecto de la trágica saga tebana, iniciada con el crimen de Layo que marcó ácidamente el destino de Edipo, triste padre de Antígona. Tres generaciones y tres tragedias que forman parte de una misma. Fiel a la idea del Mundo Clásico como fuente de inspiración para artistas de todos los tiempos, deseo presentar hoy un fragmento de Marguerite Yourcenar. Esta autora, que vivió algunos de los años más convulsos del siglo XX, conquistó la fama con su novela Memorias de Adriano, a día de hoy considerada una imprescindible de la narrativa histórica no sólo por la referencia a unos hechos concretos, sino por su valor literario e incluso lírico.

Yourcenar escribió un gran número de relatos breves a lo largo de su vida. Me centro hoy en Fuegos, una obra fruto de una época tormentosa en la vida de la escritora. En este libro de relatos, Yourcenar muestra claramente su pasión por el mundo antiguo y, lo que es más interesante, lo reinterpreta a su gusto, creando su propia mitología a partir de éste. Así, por sus páginas desfilan y se convierten en símbolos personajes del mundo de la leyenda o integrados en la realidad, como lo son Antígona, Safo o Patroclo. Yourcenar combina el contexto del mundo antiguo -una ambientación exquisita- con referentes modernos -de circos a hoteles-, consiguiendo así un espacio narrativo que está más allá del tiempo, que pertenece a éste y al mismo tiempo juega en sus lindes. Personajes eternos y temas igualmente eternos tratados de manera magistral son dos de los puntos fuertes de Fuegos. Se trata de un libro personalísimo, donde las vivencias y reflexiones de la autora, atormentada por su infructuosa atracción hacia su editor, se transparentan en la narración.


El fragmento que inaugura esta entrada pertenece a su Antígona o la elección y es una invitación que quiero marcar como obvia a asomarse a esta magnífica obra.