domingo, 14 de marzo de 2010

Fedra

Puedo afirmar sin miedo al ridículo que, en los últimos tiempos, me he vuelto una persona adicta al teatro. No a ese teatro que contemplamos grabado a la televisión, tampoco a aquel que disfrutamos entre las páginas de un libro, sino el teatro en toda su esencia, la emoción del patio de butacas, la atmósfera, los ojos puestos en el escenario, las palabras y los gestos transmitiendo una historia, llevándonos de la mano hacia las lágrimas o la risa. A causa de esto, acudo con una frecuencia mayor a esta clase de espectáculos y, hace ya más de una semana, tuve ocasión de asistir a la representación de Fedra que está dando la vuelta a España, protagonizada por la actriz Ana Belén.

Me parece oportuno realizar una pequeña introducción a dicha obra antes de dedicar unas cuantas líneas a exponer mi opinión. Fedra es uno de esos personajes mitológicos que fascinan y casi repugnan por igual, cuyas acciones nos parecen ora valerosas, ora comprensibles, ora ensalzables, ora simplemente deplorables. Uno de esos personajes -como Edipo, como Clitemnestra- abocados a la tragedia, que adivinamos desde el comienzo de la historia, que se enreda y entreteje, pero que finalmente llega y culmina.

Fedra es una figura ligada al mito de Teseo (el que mató al Minotauro, el que se coronó rey de Atenas), pero que tiene su historia propia y se ha convertido con el paso de los siglos en uno de esos temas mitológicos recurrentes en la literatura. Se trata, pues, de la esposa -no la primera- de Teseo que, en ausencia de éste, cae irremediablemente enamorada de su hijo, Hipólito. Víctima de la necesidad del ser amado, enloquecida de amor y de culpa, se confiesa al frío Hipólito y es rechazada por éste. Al regreso de Teseo, temiendo la ira de éste si Hipólito se decidiese a confesar y al tiempo despechada, acusa al joven hijo del rey de haber intentado forzarla. Teseo maldice a Hipólito, pidiendo a los dioses que sean estos quienes lo castiguen -nótese la recurrencia de estas maldiciones en la mitología grecolatina-, con lo que el muchacho se ve obligado a enfrentarse a un gran toro surgido de las aguas -ligado a Poseidón, un dios con su importancia en el mito de Teseo-, quedando malerido y muriendo. Una Fedra desesperada se revela culpable y acaba, en la mayor parte de las versiones, suicidándose.

El mito tiene, pues, todos los ingredientes para crear una tragedia atemporal. Fedra nos sacude todavía hoy día, nos sumerge en una espiral de preguntas, de vistazos a esa naturaleza humana tan lejana y tan cercana, nos enfrenta a lo prohibido, a la culpa, a la debilidad del espíritu, a la fortaleza, a la valentía disfrazada de cobardía y a la cobardía que se disfraza de valentía, a todo lo moral y a todo lo inmoral confundiéndose. Y eso mismo ocurre en la genial versión de Juan Mayorga. Con un reparto en el que destacan Ana Belén y, en el papel coprotagonista, Fran Perea -que, debo admitirlo, nunca había imaginado encarnando un personaje semejante, quedando sorprendida gratamente-, la obra muestra a una Fedra humana, una Fedra que encarna el sí y el no, a la que entendemos, queremos y rechazamos. Una Fedra que cruza la historia señalándola y cuyo final intuimos, conociendo o no el mito. Una Fedra que se culpa, que ansía, que lamenta, que disfruta, que odia, que teme, que se redime, que se rinde frente a lo inevitable, que se arrepiente. Una Fedra humana.

Lo recursos técnicos a la hora de la puesta en escena no son nada desdeñables. Los decorados, escasos, se reducían a un panel sobre el que se proyectaban de cuando en cuando sombras, que brillaba con las luces, siempre en perfecta armonía con la obra. Personalmente, desearía destacar la música empleada en la representación. Fragmentos con aire antiguo, cantos en griego de los cuales resulta relativamente sencillo captar algunas palabras, con ese aire mítico que nos invita a preguntarnos si estamos ante un sonido humano o ante uno demasiado abstracto para describirlo. En ese sentido, en los momentos finales, la culminación de la tragedia, la música en crescendo (un Eros, Afrodita), parecía otorgarle verdadero sentido. Eros y Thánatos, unidos finalmente, de la mano, acabando y comenzando juntos o, quizá, separados. Cíclico y eterno, efímero al mismo tiempo como lo es la vida humana.