lunes, 23 de noviembre de 2009

Edipo. Un destino señalado

Continúo con este post la narración del mito de Edipo. A modo de pequeño recordatorio, en la entrada anterior pueden encontrar tanto información acerca de los antecesores de este personaje como de su nacimiento, exposición y recogida, además de adopción por parte del rey de una ciudad, Corinto. Y en este punto se inicia el segundo artículo de esta colección de entradas acerca de tan interesante personaje.

Edipo tuvo, de esta forma, una feliz infancia en la corte del rey, creyendo firmemente que era descendiente de éste y no sospechando de ningún modo acerca de su origen. Sin embargo, sus compañeros de juegos, una vez se hicieron un tanto más mayores, empezaron a extender rumores acerca de que el muchacho y el monarca realmente no estaban emparentados, lo que hizo dudar a Edipo de su origen y emprender un viaje hacia el oráculo de Delfos (nótese que el padre de Edipo, Layo, también había tratado de despejar sus dudas en el oráculo de este dios). Éste le profetizó algo semejante a lo dicho a Layo, horrorizando a Edipo. Si su destino era acabar con la vida de su padre y yacer con su madre, realmente no parecía prudente regresar con estos. Y, de esa manera, Edipo decidió abandonar el que había sido su hogar desde que tenía memoria.

El joven príncipe -realmente príncipe destronado en esos instantes- se dirigió solo por los caminos hacia la ciudad de Tebas, en una pirueta que viene a confirmar la importancia del destino en una leyenda como ésta. En una encrucijada, se topó con un hombre mayor que él, con el cual se enzarzó en una terrible discusión. La cuestión degeneró hasta el punto de que un enfurecido Edipo atacó al otro viajero, acabando con su vida y prosiguiendo el camino de forma discreta, relegando ese hecho a un plano secundario. Lo que Edipo no sabía ni podía saber era que acababa de matar a su verdadero padre y, por tanto, cumplido la primera parte de la profecía.

Aproximándose ya a la entrada de Tebas, el héroe -o antihéroe, según se le mire- comeitó la que sería quizá una de sus famosas hazañas. En el post anterior mencionaba ya a la esfinge, bestia mitológica enviada por Hera, Hades, Ares o incluso Apolo, sobre ello no hay claro acuerdo. De un modo u otro, el mentado ser tenía aterrorizados a los tebanos, ya que bloqueaba la entrada a la ciudad -pensemos en las consecuencias, por ejemplo, para el comercio- atacando a todo viajero que se cruzase. Nadie que se hubiera encontrado con ella continuaba vivo.

La razón de semejante eficacia asesina de la esfinge no radicaba en que ésta matase irracionalmente a cualquier individuo que pretendiese entrar o salir en Tebas, sino al planteamiento por su parte de un acertijo a los viajeros. En caso de acertarlo, la esfinge se comprometía a no devorarlos, mas, en el de equivocarse, era muy rotunda en cuanto al destino que estos hombres tendrían. Nadie había sido capaz de desentrañar los acertijos de la esfinge, que se escapaban incluso a los hombres más sabios.


Edipo, como cualquiera pueda ya imaginarse, se enfrentó en este singular duelo intelectual a la terrible bestia, que le planteó una cuestión hoy ya inmortalizada y presente en la cultura popular: De entre todos los seres vivos, ¿cuál es aquel que con las luces del alba camina a cuatro patas, al mediodía se yergue sobre dos y, en cuanto llega el ocaso, necesita de tres? A lo que Edipo respondió de forma sencilla, refiriéndose al hombre (que gatea cuando es un niño, camina erguido más adelante y necesita de un bastón en su vejez). En otras versiones, a Edipo se le plantea un segundo acertijo, aunque la leyenda más aceptada y conocida sólo contiene el primero. De un modo u otro, una desesperada esfinge acabó sus días estampándose contra las rocas de un acantilado.

Edipo, tras haber concluido semejante hazaña, se dirigió a la ciudad de Tebas, donde fue aclamado como vencedor por una población que se hallaba en permanente estado de tristeza, tanto por causa de la esfinge, como por la reciente y extraña muerte del rey en las cercanías. Vieron en Edipo a un excelente nuevo monarca, de modo que éste aceptó casarse con la viuda del rey (Yocasta) y gobernar a los tebanos.

Los años siguientes transcurrieron en medio de una cierta paz. Edipo fue tan buen gobernante como se había esperado. Tuvo varios hijos con su nueva esposa y supo mostrarse como un rey justo y benevolente. Sin embargo, la situación, que auguraba un feliz final, quizá una vejez tranquila y la pacífica subida al trono de uno de los descendientes, se truncó. Y es que ni los mortales más valientes y decididos podían escapar al destino trazado por los dioses. Edipo había cumplido, de hecho, las dos partes partes de la profecía.

Gracias al adivino Tiresias -personaje protagonista o personaje secundario de una serie de leyendas bastante interesantes- Edipo descubrió la verdad acerca de su pasado y de su presente, tras emprender la búsqueda de la solución a una terrible peste que, cuando todo marchaba a la perfección, atacó la ciudad de Tebas. Yocasta se horrorizó al darse cuenta de que la profecía se había cumplido -con lo que ello conllevaba- y se ahorcó. Un Edipo al borde de la locura no pudo soportar semejante oprobio y destino, de modo que se vació los ojos con los broches del vestido de su madre y esposa, decidiendo vivir el resto de sus días como un triste vagabundo, aún pese a lo dicho por los cuatro príncipes. Ismene, Antígona, Eteocles y Polinices serán protagonistas del próximo artículo.

(I) Edipo y la esfinge en un cuadro de Ingrès.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Edipo. El origen

Pensaba iniciar una serie de artículos -ya ven que este blog de mitología adopta unos carices muy temáticos de cuando en cuando, sea la Guerra de Troya o los animales mitológicos- acerca del mito de Edipo y aquellos que de él se derivan. Conocido por casi todo el mundo, al menos de forma superficial, es simplemente imprescindible a la hora de asomarse al mundo de las leyendas. Iré más allá. Al igual que la propia leyenda en torno a la destrucción de Troya, se ha reinterpretado de tantas maneras y ha dado lugar a tantas y tan dispares manifestaciones culturales que nadie debería pasarlo por alto.

Desde Edipo Rey y Antígona como títulos de grandes tragedias clásicas, hasta imponentes cuadros o películas de directores consagrados, como Pier Paolo Pasolini. ¿Y qué decir de las leyendas que se entrelazan con la de Edipo? La Esfinge, los conflictos en Tebas entre sus hijos Polinices y Eteocles, la particular leyenda del padre de Edipo y un largo etcétera. En este primer post me referiré a la leyenda de este personaje en concreto, tratando en consecutivos artículos los mitos vinculados y derivados, además de las manifestaciones culturales más relevantes, en los campos de la literatura, el teatro, el cine, la fotografía artística, la ópera,...

Edipo tenía como célebres progenitores al rey de Tebas, Layo, y a su esposa, Yocasta. Layo, al margen de su interesante papel como padre de Edipo, tiene un significado relevante dentro de la fundación de Tebas y del posterior desarrollo de la historia de esta ciudad. El trono le fue inicialmente arrebatado por Anfión y Zeto, de manera que Layo buscó refugio y asilo en la corte de otro rey, Pélope, el cual acabó por confiarle la educación del joven Crisipo. Layo cometió el error de dejarse llevar por un deseo que juzgaba irrefrenable; durante los juegos de Nemea, secuestró al muchacho y se lo llevó consigo a Tebas, violándolo y manteniéndole retenido. Este hecho, el conocido crimen de Layo, acarreó terribles consecuencias. No sólo para Layo, sino para Tebas y para el devenir posterior de la leyenda de Edipo.

La primera de ellas, y por supuesto crucial a la hora de echar un vistazo a los acontecimientos posteriores del mito, fue la maldición que el enojado rey Pélope arrojó sobre Layo y, por ende, sobre lo vinculado con él. No sólo a causa del secuestro y violación de su hijo, sino que también a causa de la muerte de éste. Existen distintas versiones que justifican la misma, desde el suicidio del joven deshonrado hasta un asesinato perpetrado por sus hermanos o por la esposa de Pélope, Hipodamía. Sea como fuere, el dolido y airado Pélope maldijo a Layo y a sus descendientes hasta la tercera generación (tipo de maldición frecuente en otras culturas paralelas y cercanas a la griega). Fue una consulta al Oráculo de Delfos lo que le reveló el contenido y significado de la maldición; la sacerdotisa de Apolo le informó de probablemente críptica forma de que carecería de descendencia masculina y que, en caso de tener un hijo, éste mataría a su padre y yacería con su madre. Triste panorama que marcaría el destino igualmente triste de Edipo.

La segunda, bastante más discutida, alude a la Esfinge. Según algunas fuentes (preciso consultar en este punto a Apolodoro), Hera envió a esta bestia mitológica a obstruir el camino a Tebas debido a que los habitantes de esta ciudad permanecieron incólumes ante el crimen de Layo. Sin embargo, en este punto los estudiosos no se ponen de acuerdo. En otras versiones, es Ares, Hades o Dioniso quienes se revelan responsables de la presencia del terrorífico ser.


De un modo u otro, Layo se encontró con un doble problema, aún pese al muy cuestionable origen del segundo, que trataré posteriormente por no referirse tanto a los orígenes de Edipo. En la mayor parte de las versiones del mito, el rey no habló a su mujer de lo profetizado por el oráculo. De este modo, tras evitarla durante un tiempo muy consciente del peligro que entraña para ambos el tener un posible hijo varón, yació con ella hallándose ebrio. En otras frecuentes versiones, Layo tomó conciencia de la maldición al darse cuenta de que el hijo que deseaba tener se hacía esperar, acudió al oráculo de Delfos, el cual por medio de una profecía le reveló el terrible destino que se le avecinaba. Yocasta quedó encinta y dio a luz al descendiente de Layo. Para horror del rey de Tebas, se trataba de un varón. Inmediatamente, el soberano ordenó que el pequeño fuera asesinado. Sin embargo, los hechos discurrirían en una línea muy diferente.


Algunas versiones señalan que fue el amor de madre de Yocasta lo que la movió a impedir el infanticidio. En otra leyenda más conocida, Layo ordenó a un hombre que abandonase a su hijo en el Citerón (monte cercano) con intención de que muriera, probablemente ordenándole también que acabase directamente con la vida del pequeño. Sin embargo, este anónimo personaje se compadeció del bebé y sencillamente le abandonó, dejándole con los tobillos agujereados y una cuerda uniéndolos, lo que causó la hinchazón que derivaría, según la tradición, en el nombre del personaje.

La muerte parecía cuanto menos segura para Edipo. Sin embargo, como suele suceder en muchas de estas leyendas (si se detienen un momento a pensar en nuestra propia tradición seguro que encuentran alguna), algo le salvó del inminente final. Un pastor encontró al bebé y, apiadándose del niño, lo llevó frente a aquellos que gobernaban el lugar donde vivía. Y, de este modo, Edipo fue adoptado por los reyes de Corinto, Pólibo y Mérope (en otras versiones, Peribea).

(I) Vasija del Louvre, datada varios siglos antes de Cristo, en la que se representa tanto a la Esfinge como a Edipo.
(II) Edipo niño en brazos de un pastor en una escultura que pueden encontrar en el Museo del Louvre.