lunes, 21 de septiembre de 2009

Hipómenes y Atalanta

Escribiendo un post acerca de Turandot en uno de mis blogs, recordé esta bonita leyenda de Hipómenes y Atalante, decidiéndome que tenía que narrarla de una vez por todas en esta bitácora, ya que lleva meses en la lista de los 'temas a tratar'. Además, ambas leyendas tienen alguna que otra semejanza, nada extraño cuando tenemos e

Eurípides y Hesíodo plantean distintos orígenes para Atalanta, pero las distintas versiones de la leyenda señalan, todas ellas, que fue abandonada en el monte Partenio al nacer, puesto que su padre deseaba un hijo varón. Esta práctica de exponer a los niños no deseados es frecuente tanto en la cultura a la que pertenece el mito, como en la propia mitología griega. Sin embargo, la pequeña no falleció gracias a que fue amamantada por una osa; estos casos de personajes que salen adelante gracias a la ayuda de un animal aparecen también en diversas leyendas, como la celebérrima loba de Rómulo y Remo.

Atalanta creció, pues, viviendo en este monte, donde se convirtió en una ágil y hermosa mujer. Llevó a cabo varias acciones heroicas, como la victoria sobre un par de centauros. Veneraba a la diosa Artemisa, a la cual decidió consagrar su virginidad. No deseando casarse, afirmó que tan sólo contraería matrimonio con el hombre que pudiese vencerla en una carrera, siendo ejecutado aquel que no fuese capaz de alcanzar tal mérito.


Hipómenes, un valeroso joven, decidió desafiarla. Sabiendo de antemano que, en condiciones normales no podría vencer, suplicó ayuda a Afrodita, la diosa del amor. Ésta se decidió a darle una solución, y le entregó unas manzanas de oro obtenidas del árbol del Jardín de las Hésperides, hijas de Atlas. Durante la carrera, Hipómenes lanzó las manzanas alternativamente varios metros por delante de Atalanta, adelantándola cuando ésta se detenía a contemplarlas, subyugada, y ganando finalmente la carrera.

Aunque la historia pudo haber concluido de modo alegre, con Atalanta e Hipómenes jutnos, por el contrario tuvo un desenlace trágico. En una ocasión, consumaron su amor en un templo, rompiendo por accidente una estatua. La ira de Afrodita o la ira de Zeus, existen dos versiones, pero el final es el mismo, en el cual ambos son convertidos en leones. Una leyenda posterior señala que son esto dos leones quienes tiran del carro de la diosa Cibeles.

Ovidio narra así la metamorfosis:

"De luz exigua había cerca de esos templos un receso,
a una caverna semejante, de nativa pómez cubierto,
por una religión primitiva sagrado, adonde su sacerdote,
de leño, había llevado muchas representaciones de viejos dioses.
Aquí entra y con ese vedado oprobio ultraja los sagrarios.
Los sagrados objetos volvieron sus ojos, y coronada de torres la Madre
en la estigia onda a los pecadores duda si sumergir.
Condena leve le pareció. Así pues, unas rubias crines velan,
poco antes tersos, sus cuellos, sus dedos se curvan en uñas,
de sus hombros unas espaldillas se hacen, hacia su pecho todo
su peso se va, las supremas arenas barridas son de su cola.
Ira su rostro tiene, en vez de palabras murmullos hacen,
en vez de sus tálamos frecuentan los bosques y, para otros de temer,
con su diente domado aprietan de Cíbeles los frenos, los leones.
De ellos tú, querido mío, y con ellos del género todo de las fieras,
el que no sus espaldas a la huida, sino a la lucha su pecho ofrece,
rehúye, no sea la virtud tuya dañosa para nosotros dos.”

(I) Hipómenes y Atalanta en un cuadro de Guido Reni.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Narciso, de Oscar Wilde

Coincidiendo con la publicación de un post acerca de los poemas y poesía en prosa del genial Oscar Wilde en mi blog de literatura (artículo que pueden consultar aquí), me gustaría dedicar hoy una entrada a un escrito del autor irlandés en el cual se hace referencia al mito de Narciso, tratado en mi última entrada.

No publico este breve texto tan sólo porque tenga que ver con la mitología, y más concretamente con la leyenda en cuestión, sino porque es también una joyita literaria, para saborear con detenimiento y reflexionar. Una buena mezcla de literatura y mitología.


Cuando murió Narciso, el remanso de su placer se trocó de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, y llegaron llorando a través de los bosques las ninfas de las montañas, las oréades, para consolar al remanso con su canto.
Y cuando vieron que el remanso se había trocado de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, soltaron las verdes trenzas de sus cabellos y gritando al remanso le dijeron:
-No nos sorprende que hagas un duelo tal por Narciso, tan hermoso como era.
-¿Era hermoso Narciso? -dijo el remanso.
-¿Quién había de saberlo mejor que tú? -respondieron las ninfas-. A nosotras siempre nos desdeñaba, pero a ti te cortejaba, y solía recostarse en tus orillas e inclinarse a mirarte, y en el espejo de tus aguas reflejaba gustoso su belleza.
Y el remanso respondió:
-Pero yo amaba a Narciso porque, cuando recostado en mis orillas se inclinaba a mirarme, en el espejo de sus ojos veía mi propia belleza reflejada.

(I) Cuadro de Caravaggio que ilustra el mito.