martes, 28 de abril de 2009

Fábula de Polifemo y Galatea

Me gustaría compartir con ustedes un fragmento este poema del autor español Luis de Góngora. Se trata de la leyenda en la que Polifemo, horrendo cíclope, se enamora de Galatea, una nereida. Lo cierto es que es un texto interesante desde el punto de vista lingüístico y literario -Siglo de Oro en España-, del que refiero sólo unos versos, por ser demasiado largo. De todos modos, la versión íntegra puede encontrarse fácilmente en Internet.

"¡Oh bella Galatea, más suave
que los claveles que tronchó la aurora;
blanca más que las plumas de aquel ave
que dulce muere y en las aguas mora;
igual en pompa al pájaro que, grave,
su manto azul de tantos ojos dora
cuántas el celestial zafiro estrellas!
¡Oh tú, que en dos incluyes las más bellas!

Deja las ondas, deja el rubio coro
se las hijas de Tetis, y el mar vea,
cuando niega la luz un carro de oro,
que en dos la restituye Galatea.
Pisa la arena, que en la arena adoro
cuantas el blanco pie conchas platea,
cuyo bello contacto puede hacerlas,
sin concebir rocío, parir perlas.

Sorda hija del mar, cuyas orejas
a mis gemidos son rocas al viento:
o dormida te hurten a mis quejas
purpúreos troncos de corales ciento,
o al disonante número de almejas
¿Marino, si agradable no, instrumento?,
coros tejiendo estés, escucha un día
mi voz, por dulce, cuando no por mía.

Pastor soy, mas tan rico de ganados,
que los valles impido más vacíos,
los cerros desparezco levantados
y los caudales seco de los ríos;
no los que, de sus ubres desatados,
o derivados de los ojos míos,
leche corren y lágrimas; que iguales
en número a mis bienes son mis males.

Sudando néctar, lambicando olores,
senos que ignora aun la golosa cabra
corchos me guardan, más que abeja flores
liba inquieta, ingeniosa labra;
troncos me ofrecen árboles mayores,
cuyos enjambres, o el abril los abra,
o los desate el mayo, ámbar destellan,
y en ruecas de oro rayos del Sol hilan".


(I) Galatea en una pintura al fresco.

viernes, 3 de abril de 2009

Píramo y Tisbe

Hace unos cuantos meses, inicié una serie de artículos dedicados a las grandes historias de amor en la mitología grecolatina. De esta manera, he ido publicando posts acerca de leyendas como la de Eros y Psique o la de Apolo y Jacinto. Me parece que ya es momento de continuar incorporando escritos a esta categoría, razón por la cual hoy haré referencia a uno de mis mitos favoritos, el de Píramo y Tisbe.

Pese a que la leyenda se integra dentro de la mitología griega, transcurre en tierras situadas más al este, en concreto en una ciudad babilonia. Tiene como protagonistas al joven Píramo y a Tisbe, su enamorada. Sin embargo, los padres de los dos amantes les prohiben verse, de manera que ellos buscan un medio de comunicarse, a través de un agujero que hay en la pared que separa las dos casas.

De este modo, Píramo y Tisbe consiguen fijar un momento para verse, al anochecer, lejos de las miradas indiscretas de los ciudadanos. Deciden reunirse cerca de una morera. Es Tisbe quien llega primero, mas se encuentra con una leona. El animal asusta a la joven, que huye del lugar, abandonando por accidente su velo. Cuando Píramo se aproxima a la morera, encuentra la prenda perdida por su amada. La tela está manchada de sangre, pues la leona ha jugueteado con ella y ha dejado esas señales. El joven piensa que Tisbe ha sido devorada por la leona y se suicida allí mismo. Su amada regresa instantes después y halla el cadáver de Píramo, suicidándose a su vez, en la culminación de una tragedia muy semejante al Romeo y Julieta de Shakespeare y a otras obras posteriores, pues el mito de Píramo y Tisbe ha resultado inspirador a lo largo de la historia de la literatura grecolatina.

Ovidio refleja este mito en sus Metamorfosis, añadiendo un detalle interesante. Según su texto -que, se supone, bebe de una tradición anterior- el nombre de la morera en una determinada lengua procede de Píramo, pues es la sangre derramada de Píramo la que otorga a las moras su característico color.

Adjunto el fragmento de estos escritos de Ovidio en el que se narra el final del mito de Píramo y Tisbe:

"Al nombre de Tisbe sus ojos, ya por la muerte pesados, Píramo irguió, y vista ella los volvió a velar. La cual, después de que la prenda suya reconoció y vacío de su espada vio el marfil: «Tu propia a ti mano», dice, «y el amor, te ha perdido, desdichado. Hay también en mí, fuerte para solo esto, una mano, hay también amor: dará él para las heridas fuerzas. Seguiré al extinguido, y de la muerte tuya tristísima se me dirá causa y compañera, y quien de mí con la muerte sola serme arrancado, ay, podías, habrás podido ni con la muerte serme arrancado. Esto, aun así, con las palabras de ambos sed rogados, oh, muy tristes padres mío y de él, que a los que un seguro amor, a los que la hora postrera unió, de depositarles en un túmulo mismo no os enojéis; mas tú, árbol que con tus ramas el lamentable cuerpo ahora cubres de uno solo -pronto has de cubrir de dos-, las señales mantén de la sangría, y endrinas, y para los lutos aptas, siempre ten tus crías, testimonios del gemelo crúor», dijo, y ajustada la punta bajo lo hondo de su pecho se postró sobre el hierro que todavía de la sangría estaba tibio. Sus votos, aun así, conmovieron a los dioses, conmovieron a los padres, pues el color en el fruto es, cuando ya ha madurado, negro, y lo que a sus piras resta descansa en una sola urna".


(I) Píramo y Tisbe en un mosaico de Pafos.