lunes, 9 de noviembre de 2009

Edipo. El origen

Pensaba iniciar una serie de artículos -ya ven que este blog de mitología adopta unos carices muy temáticos de cuando en cuando, sea la Guerra de Troya o los animales mitológicos- acerca del mito de Edipo y aquellos que de él se derivan. Conocido por casi todo el mundo, al menos de forma superficial, es simplemente imprescindible a la hora de asomarse al mundo de las leyendas. Iré más allá. Al igual que la propia leyenda en torno a la destrucción de Troya, se ha reinterpretado de tantas maneras y ha dado lugar a tantas y tan dispares manifestaciones culturales que nadie debería pasarlo por alto.

Desde Edipo Rey y Antígona como títulos de grandes tragedias clásicas, hasta imponentes cuadros o películas de directores consagrados, como Pier Paolo Pasolini. ¿Y qué decir de las leyendas que se entrelazan con la de Edipo? La Esfinge, los conflictos en Tebas entre sus hijos Polinices y Eteocles, la particular leyenda del padre de Edipo y un largo etcétera. En este primer post me referiré a la leyenda de este personaje en concreto, tratando en consecutivos artículos los mitos vinculados y derivados, además de las manifestaciones culturales más relevantes, en los campos de la literatura, el teatro, el cine, la fotografía artística, la ópera,...

Edipo tenía como célebres progenitores al rey de Tebas, Layo, y a su esposa, Yocasta. Layo, al margen de su interesante papel como padre de Edipo, tiene un significado relevante dentro de la fundación de Tebas y del posterior desarrollo de la historia de esta ciudad. El trono le fue inicialmente arrebatado por Anfión y Zeto, de manera que Layo buscó refugio y asilo en la corte de otro rey, Pélope, el cual acabó por confiarle la educación del joven Crisipo. Layo cometió el error de dejarse llevar por un deseo que juzgaba irrefrenable; durante los juegos de Nemea, secuestró al muchacho y se lo llevó consigo a Tebas, violándolo y manteniéndole retenido. Este hecho, el conocido crimen de Layo, acarreó terribles consecuencias. No sólo para Layo, sino para Tebas y para el devenir posterior de la leyenda de Edipo.

La primera de ellas, y por supuesto crucial a la hora de echar un vistazo a los acontecimientos posteriores del mito, fue la maldición que el enojado rey Pélope arrojó sobre Layo y, por ende, sobre lo vinculado con él. No sólo a causa del secuestro y violación de su hijo, sino que también a causa de la muerte de éste. Existen distintas versiones que justifican la misma, desde el suicidio del joven deshonrado hasta un asesinato perpetrado por sus hermanos o por la esposa de Pélope, Hipodamía. Sea como fuere, el dolido y airado Pélope maldijo a Layo y a sus descendientes hasta la tercera generación (tipo de maldición frecuente en otras culturas paralelas y cercanas a la griega). Fue una consulta al Oráculo de Delfos lo que le reveló el contenido y significado de la maldición; la sacerdotisa de Apolo le informó de probablemente críptica forma de que carecería de descendencia masculina y que, en caso de tener un hijo, éste mataría a su padre y yacería con su madre. Triste panorama que marcaría el destino igualmente triste de Edipo.

La segunda, bastante más discutida, alude a la Esfinge. Según algunas fuentes (preciso consultar en este punto a Apolodoro), Hera envió a esta bestia mitológica a obstruir el camino a Tebas debido a que los habitantes de esta ciudad permanecieron incólumes ante el crimen de Layo. Sin embargo, en este punto los estudiosos no se ponen de acuerdo. En otras versiones, es Ares, Hades o Dioniso quienes se revelan responsables de la presencia del terrorífico ser.


De un modo u otro, Layo se encontró con un doble problema, aún pese al muy cuestionable origen del segundo, que trataré posteriormente por no referirse tanto a los orígenes de Edipo. En la mayor parte de las versiones del mito, el rey no habló a su mujer de lo profetizado por el oráculo. De este modo, tras evitarla durante un tiempo muy consciente del peligro que entraña para ambos el tener un posible hijo varón, yació con ella hallándose ebrio. En otras frecuentes versiones, Layo tomó conciencia de la maldición al darse cuenta de que el hijo que deseaba tener se hacía esperar, acudió al oráculo de Delfos, el cual por medio de una profecía le reveló el terrible destino que se le avecinaba. Yocasta quedó encinta y dio a luz al descendiente de Layo. Para horror del rey de Tebas, se trataba de un varón. Inmediatamente, el soberano ordenó que el pequeño fuera asesinado. Sin embargo, los hechos discurrirían en una línea muy diferente.


Algunas versiones señalan que fue el amor de madre de Yocasta lo que la movió a impedir el infanticidio. En otra leyenda más conocida, Layo ordenó a un hombre que abandonase a su hijo en el Citerón (monte cercano) con intención de que muriera, probablemente ordenándole también que acabase directamente con la vida del pequeño. Sin embargo, este anónimo personaje se compadeció del bebé y sencillamente le abandonó, dejándole con los tobillos agujereados y una cuerda uniéndolos, lo que causó la hinchazón que derivaría, según la tradición, en el nombre del personaje.

La muerte parecía cuanto menos segura para Edipo. Sin embargo, como suele suceder en muchas de estas leyendas (si se detienen un momento a pensar en nuestra propia tradición seguro que encuentran alguna), algo le salvó del inminente final. Un pastor encontró al bebé y, apiadándose del niño, lo llevó frente a aquellos que gobernaban el lugar donde vivía. Y, de este modo, Edipo fue adoptado por los reyes de Corinto, Pólibo y Mérope (en otras versiones, Peribea).

(I) Vasija del Louvre, datada varios siglos antes de Cristo, en la que se representa tanto a la Esfinge como a Edipo.
(II) Edipo niño en brazos de un pastor en una escultura que pueden encontrar en el Museo del Louvre.

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