viernes, 1 de mayo de 2009

Pigmalión y Galatea

Narraré hoy una nueva leyenda que tiene por protagonista a Galatea, pero el lector no debe confundirse: no se trata de la oceánide Galatea de mi post anterior (Fábula de Polifemo y Galatea), sino de una mujer considerablemente distinta.

El protagonista de este mito es Pigmalión, un rey chipriota que poseía una extraordinaria habilidad para la escultura. Sus obras eran tan hermosas y realistas que parecían personas vivas. Sin embargo, Pigmalión se sentía profundamente desgraciado, ya que a lo largo de su vida había tratado de encontrar a una mujer conforme a sus expectativas, sin lograrlo.

Por este motivo, el rey artista decidió esculpir una estatua que representase a aquella mujer que tanto ansiaba encontrar. Mas el hombre cometió con ello un terrible error: su obra era tan bella y perfecta que acabó enamorándose perdidamente de aquel pedazo de piedra esculpida. La Fortuna, sin embargo, le sonrió por primera vez: Afrodita convirtió a la estatua en una hermosa muchacha, Galatea, que se convirtió en la esposa de Pigmalión.

Ovidio plasmó de este modo el mito en sus Metamorfosis (para leer el mito completo, hagan click aquí).

Los labios le besa, y que se le devuelve cree y le habla y la sostiene

y está persuadido de que sus dedos se asientan en esos miembros

por ellos tocados, y tiene miedo de que, oprimidos,

no le venga lividez a sus miembros, y ora ternuras le dedica, ora,

gratos a las niñas, presentes le lleva a ella de conchas y torneadas piedrecillas

y pequeñas aves y flores mil de colores, y lirios y pintadas pelotas y,

de su árbol caídas, lágrimas de las Helíades; orna también con vestidos su cuerpo: da a sus dedos gemas, da largos colgantes a su cuello;

en su oreja ligeras perlas, cordoncillos de su pecho cuelgan:

todo decoroso es; ni desnuda menos hermosa parece.

La coloca a ella en unas sábanas de concha de Sidón teñidas,

y la llama compañera de su lecho, y su cuello, reclinado,

en plumas mullidas, como si de sentirlas hubiera, recuesta.

«El festivo día de Venus, de toda Chipre el más celebrado,

había llegado, y recubiertos sus curvos cuernos de oro,

habían caído golpeadas en su nívea cerviz las novillas

y los inciensos humaban, cuando, tras cumplir él su ofrenda,

ante las aras se detuvo y tímidamente: «Si, dioses, dar todo podéis,

que sea la esposa mía, deseo» -sin atreverse a «la virgen

de marfil» decir- Pigmalión, «semejante», dijo, «a la de marfil».

Sintió, como que ella misma asistía, Venus áurea, a sus fiestas,

los votos aquellos qué querían, y, en augurio de su amiga divinidad,

la llama tres veces se acreció y su punta por los aires trujo.

Cuando volvió, los remedos busca él de su niña

y echándose en su diván le besó los labios: que estaba templada le pareció;

le allega la boca de nuevo, con sus manos también los pechos le toca.

Tocado se ablanda el marfil y depuesto su rigor en él se asientan

sus dedos y cede, como la del Himeto al sol,

se reblandece la cera y manejada con el pulgar se torna

en muchas figuras y por su propio uso se hace usable.

Mientras está suspendido y en duda se alegra y engañarse teme,

de nuevo su amante y de nuevo con la mano, sus votos vuelve a tocar;

un cuerpo era: laten tentadas con el pulgar las venas.

Entonces en verdad el Pafio, plenísimas, concibió el héroe

palabras con las que a Venus diera las gracias,

y sobre esa boca finalmente no falsa su boca puso y, por él dados,

esos besos la virgen sintió y enrojeció y su tímida luz hacia las luces.



(I) Pigmalión y Galatea en un cuadro de Jean Leon Gerome.

3 comentarios:

El llano Galvín dijo...

Precioso mito! Parece que hay más de un Pigmalión en busca de su Galatea.
Un beso!!!

Ana Trigo dijo...

Es un mito precioso, M@riel. My fair lady, con Audry Hepburn es una de mis pelis favoritas. Un abrazo!

Ego dijo...

Llamarse Galatea es un lastre en este mundo. Pigmalión tuvo suerte, aunque no siempre los dioses son tan generosos.
Eso por no hablar de Apolo, al cual desprecio con toda mi alma.
Si quieres que lo despreciemos mano a mano, te invito a mi rincón.
Un (b)eso y un Cancerbero