viernes, 21 de noviembre de 2008

Ícaro, de Presuntos Implicados

Haciendo referencia a mi artículo anterior acerca de Dédalo e Ícaro, les presento hoy una canción de Presuntos Implicados que se halla dedicada a este interesante personaje.

Ícaro

Ícaro
como un pequeño dios
desafiando al sol
Y ahora yo
que soy pequeño gorrión
y quiero el nido abandonar
Y aunque a veces me asuste volar
lejos del cobijo de un hogar
Sé que habrá un viento cálido más
para dejarme llevar
Ícaro
como un pequeño dios
desafiando a todo un sol
Y se marchó
tan alto como un vendaval
tan lejos como una canción
Mas envidioso el sol le abrazó
derritiendo en cera su valor
Y aunque le fue advertida la lección
Ícaro se derrumbó
Se derrumbó
Ícaro se derrumbó
se derrumbó
Y volaré bajito a ras de suelo (como pluma el viento me llevará)
Y sin perder de vista el horizonte (como pluma el viento me llevará)
Yo volaré bajito a ras de suelo (como pluma el viento me llevará)
Sin perder de vista el horizonte (como pluma el viento me llevará)
Y ahora yo
que soy pequeño gorrión
y quiero el nido abandonar
Y sé que ya
no puedo estar ya más aquí
Llegó la hora de partir
Mas aunque al este no nazca el sol
y las aves de invierno no emigren al sur
Sé que habrá un viento cálido más
para dejarme llevar
oh si si
dejarme llevar
dejarme llevar
dejarme llevar
Volaré bajito a ras de suelo (como pluma el viento me llevará)
Y sin perder de vista el horizonte (como pluma el viento me llevará)
Yo volaré bajito a ras de suelo (como pluma el viento me llevará)



El presente post está especialmente dedicado a un Ícaro de carne y hueso, cuyo nombre y sugerencias han inspirado este artículo.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Dédalo e Ícaro

Después de que Teseo lograse matar al Minotauro y huir de Creta junto a la bella hija de Minos, Ariadana, el rey se enfureció y descargó su infinito descontento sobre el arquitecto que había diseñado el laberinto. Como castigo por haber ayudado a Ariadna a salvar la vida del príncipe ateniense, encerró a Dédalo y a su hijo, Ícaro, en la que había sido la morada del monstruo.

Sin embargo, el sagaz Dédalo no tardó en hallar un modo de huir del Laberinto: diseñó un par de alas realizadas a semejanza de aquellas que portaban los pájaros, pero elaboradas con cera. A continuación, fabricó un segundo par. De esta manera, aunque resultaba imposible encontrar la puerta de entrada a aquel lugar de encierro, padre e hijo pudieron abandonar el Laberinto.


El prudente Dédealo aconsejó a su hijo que no se acercase al sol, dado que el calor del astro podría llegar a derretir las alas del muchacho. El joven, confiado, hizo caso omiso de las recomendaciones de su padre y se elevó a cada punto más. Para cuando pudo valorar la magnitud de su error, se precipitaba ya al vacío, sin alas que lo sostuvieran en el aire. El trágico final de la leyenda proporciona una cierta enseñanza moral, que puede ser interpretada de múltiples formas.


(I) Dédalo ajusta las alas de Ícaro en un cuadro de Frederick Leighton.
(II) Lamento por la muerte de Ícaro, en un cuadro de Herbert James.

sábado, 15 de noviembre de 2008

El Minotauro


Una de las leyendas más célebres dentro de la mitología griega es aquella referida al héroe Teseo y al modo en el que acabó con el ser mitad toro y mitad hombre, el llamado Minotauro. Se trata de un mito extraordinariamente conocido, que se desarrolla en dos lugares igualmente relevantes, Atenas y Creta.

No existe una sola versión acerca del origen del Minotauro, mas una de las más conocidas señala que Poseidón hizo salir un hermoso toro del mar con encargo de que el rey de Creta, Minos, lo sacrificase en honor del dios. Desgraciadamente, el monarca consideró que aquel animal era demasiado bello como para acabar degollado, así que decidió conservarlo para sí. Poseidón se enfureció e hizo que la esposa de Minos, Pasífae, se enamorase perdidamente del toro. La mujer prácticamente enloqueció de pasión y, en su arrebato, suplicó al genial arquitecto Dédalo que diseñase una vaquilla en la cual ella pudiese esconderse para engañar al toro de Poseidón y copular de esta manera con él. La unión fue consumada y Pasífae quedó encinta. Nueve meses después dio a luz a Asterión, el Minotauro, un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro. Este ser se alimentaba de carne humana y era en extremo violento, por lo que Minos, en su desesperación, obligó a Dédalo a diseñar y dirigir la construcción de un gran laberinto en el cual encerrar al monstruo.


Anteriormente, el rey cretense había declarado la guerra a los atenienses a causa del asesinato en esta tierra de uno de sus hijos. Como condición para el establecimiento de la paz, exigió al rey de Atenas que le entregase (anualmente o cada nueve años, las versiones difieren) siete muchachos y siete jovencitas atenienses como tributo y alimento para el monstruo.

Fue Teseo, el joven hijo de Egeo, rey de Atenas, quien decidió poner fin a tan cruel práctica. Para ello, exigió ser llevado como uno de los jóvenes destinados al sacrificio, pese a las protestas de su padre. Ya en Creta, consiguió seducir a la hija de Minos, Ariadna. La muchacha no pudo soportar la idea de que su amado fuese devorado por el Minotauro y suplicó a Dédalo que la ayudase. Éste le explicó lo que debía hacer y la princesa entregó un ovillo a Teseo, pidiéndole que lo desenrollase a medida que avanzaba por el laberinto para, de esta manera, poder encontrar la salida, que no era otra que la puerta por la que se entraba.

Cuando los atenienses fueron obligados a penetrar en el recinto donde se hallaba el Minotauro, el hijo de Egeo encabezó el grupo y, al encontrarse con el monstruo, lo mató con sus propias manos. Después abandonó el laberinto junto a sus compañeros y se reunió con Ariadna, a la que había prometido llevar consigo de regreso a su patria.


De esta manera, Teseo partió en una nave hacia Atenas. Con él iba la hija de Minos mas, cuando se detuvieron en una isla, la joven fue abandonada en ella, bien por un descuido del ateniense o por el expreso deseo de éste.

(I) El Minotauro es vencido por Teseo en una vasija griega.
(II) Dédalo presenta a Pasífae la vaquilla artificial en un fresco pompeyano.
(III) Teseo, con Palas Atenea junto a él, derrota al monstruo legendario en una vasija griega.

sábado, 8 de noviembre de 2008

La casa de Asterión

Completado ya este pequeño "ciclo troyano", me gustaría centrarme ahora en la interesante y sugestiva leyenda, ampliamente conocida por el público en general, de Teseo y el Minotauro. Antes de referir el mito, cosa que haré en un próximo artículo, desearía compartir con ustedes este relato del genial Borges que, además de hallarse vinculado con la mitología, es hermoso y provoca una sincera reflexión en el lector.

A modo de pequeño apunte, he de decirles que José Luis Borges fue un importante escritor argentino nacido en 1899. Aunque era originario de Nuevos Aires, vivió algunos años en Madrid. A lo largo de su vida escribió una prolífica lista de textos, en general ensayos, poesía o relatos cortos; se le recuerda como uno de los más grandes autores de Argentina. Él mismo, opinando acerca de su arte, escribió: “No soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un hombre de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y el respetado sistema de confusiones que llamamos filosofía, en forma de literatura”.
Si bien todas sus obras gozan de una gran fama, Borges es especialmente célebre por los cuentos y relatos cortos, como el que hoy les presento, en el que el autor da voz a un minotauro completamente distinto al que podemos imaginar.


La casa de Asterión

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.


(I) El minotauro visto por George F. Watts.

martes, 4 de noviembre de 2008

Árdese Troya

Con este post concluyo los artículos acerca de la Guerra de Troya, aunque, como es natural, posteriormente es muy posible que me refiera de nuevo a él -a la hora de comentar una obra artística de temática mitológica, por ejemplo- o lo rememore para tratar otras leyendas derivadas, o de algún modo vinculadas con la caída de Ilión, como son la de Eneas o la de Agamenón.

Con este post concluyo los artículos acerca de la Guerra de Troya, aunque, como es natural, posteriormente es muy posible que me refiera de nuevo a él -a la hora de comentar una obra artística de temática mitológica, por ejemplo- o lo rememore para tratar otras leyendas derivadas, o de algún modo vinculadas con la caída de Ilión, como son la de Eneas o la de Agamenón.


Árdese Troya

Ardese Troya, y sube el humo oscuro
al enemigo cielo, y entretanto,
alegre, Juno mira el fuego y llanto:
¡venganza de mujer, castigo duro!

El vulgo, aun en los templos mal seguro,
huye, cubierto de amarillo espanto;
corre cuajada sangre el turbio Janto,
y viene a tierra el levantado muro.

Crece el incendio propio el fuego extraño,
las empinadas máquinas cayendo,
de que se ven ruinas y pedazos.

Y la dura ocasión de tanto daño,
mientras vencido Paris muere ardiendo,
del griego vencedor duerme en los brazos.

(I) Helena ["la dura ocasión de tanto daño"], esposa de Menelao, en un cuadro de Evelyn de Morgan.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Troya: un filme criticado

En el año 2004 se estrenó una película titulada Troya, a todas luces basada en el mito homérico. Pese a que el filme obtuvo una considerable recaudación en taquilla, ya desde el estreno numerosos críticos se cebaron en señalar sus numerosos fallos a la hora de reflejar fielmente la rica leyenda con sus variadas vertientes. Por ejemplo, podemos destacar momentos que llaman tanto la atención como el desenlace, en el que Paris y Helena huyen de la masacre felizmente, cuando en el mito el príncipe troyano había fallecido a causa de una flecha envenenada y la joven regresaba con su esposo Menelao a Esparta.

Les dejo, para empezar, el tráiler de la película:



Adjunto un par de artículos en los que dos autores ofrecen su crítica del filme.

El primero pertenece a la periodista Cecilia Ansardo Briones:

Homero pierde la guerra

Cuando en 1985 murió el escritor italiano Ítalo Calvino, dejó entre sus textos inéditos un ensayo que con los años se ha vuelto celebérrimo. Por qué leer los clásicos aporta una lúcida argumentación que persuade sobre lo que anuncia su título: unas sostenidas razones para entregarse a la lectura de un caudal de obras consideradas clásicas en el ámbito de Occidente.

Quienes nos encontramos con su propuesta después de haber hecho nuestros particulares consumos, corroboramos muchas, si no todas, de las afirmaciones de Calvino. “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, es una verdad catedralicia para quien se ha asomado varias veces a esos libros que, leídos en la juventud (y en muchas ocasiones por la amenazante presión de los profesores), despertaron inquietudes, pero releídos, produjeron regueros de sabiduría.

En esta dimensión, un nombre como La Ilíada mueve leves escarceos en la memoria cuando se ha conocido en el bachillerato y fundamentales asociaciones cuando se ha bebido de sus páginas el sentido del honor, los arrebatos de la pasión y la fidelidad a los principios y a los juramentos, por decir lo menos. Libro para entender a un pueblo y unos comportamientos, libro para confrontar los lenguajes de la historia y de la imaginación.

Pero allá en Hollywood –ya abierto el camino y exacerbado el gusto por lo épico– a algún grupo de magnates y técnicos de cine se le ocurre apegarse al río correntoso de la epopeya homérica, olfateando la oportunidad de grandes ganancias. Toma el venerable texto de 2.600 años de antigüedad y le extrae la materia prima para una versión “espectacular” (en el sentido del adjetivo de moda) haciendo cruces, adulteraciones, combinaciones. Los acomodos al gusto del espectador de hoy son múltiples. ¿Cómo sufrir el riesgo, por ejemplo, de que el público desprecie al extraordinario Aquiles porque ama con amor de amante, no de primo o de amigo, al valiente Patroclo? ¿Para qué perder el tiempo con la vidente Casandra que profetiza la caída de Troya sin ser escuchada? Se me podría replicar que son pequeñeces, virajes y omisiones al albedrío de un recreador contemporáneo.

Entonces, metamos más adentro el escalpelo. Una historia que enfrenta a griegos bestiales, rubios como los bárbaros germánicos, voraces como cualquier pueblo depredador, con refinados y humanizados troyanos, más próximos a una fisonomía mediterránea, defensores de una vivencia patriótica y justiciera de la nacionalidad, le hace poco favor al espíritu griego que ha sobrevivido a través de sus obras clásicas. Es verdad que las naves aqueas llegaron a las playas de lo que hoy es la península de Turquía en la habitual actitud conquistadora, que el bardo ciego compuso su epopeya sobre una historia de honor y de hermandades frente a un enemigo, pero de su tejido de ficción poética emergen dioses y héroes auténticos. Seres de grandeza ideal en cualidades y pasiones.

Lo preocupante es que a partir del filme de Petersen, cuya grandiosidad se consigue con una inversión de 180 millones de dólares, la Troya que quedará en la imaginación de la juventud no será la de La Ilíada. Hoy es Homero quien pierde la guerra.

Luis Antonio de Villena publicó al respecto un artículo en El Mundo:

Troya y la Ilíada

Hollywood emprendió hace años la recuperación de géneros que fueron clásicos en su época dorada. Las películas de romanos fueron recuperadas con Gladiator; menos pulcramente las de aventuras con Piratas del Caribe, y ahora suponíamos que les llegaba el turno a las mitológicas o de peplum griego (que tuvo títulos como La batalla de Maratón y un actor emblemático, Steve Reeves, que en mi memoria hizo mucho de Hércules) con Troya, de Wolfgang Petersen, que se declara inspirada en la Ilíada, de Homero. Inspirada sí, evidentemente, pero, ¡qué poda!


A punto de abandonar ya el guaperismo juvenil (si hay planos que le muestran joven aún, otros insinúan ya su madurez física), el filme se diría hecho a mayor gloria de Brad Pitt (Aquiles), convincente guerrero y convincentemente atractivo.

No hay duda de que Troya es una película eficaz, con muchos efectos especiales de ordenador (que, aunque aún funcionan, llegarán a cansar o a no decir nada) y mucho uso de primeros planos para acrecentar el dramatismo. El viejo Peter O'Toole está muy bien (y muy él) en el papel de Príamo, rey de Troya.

Pero, ¿existe una guerra de Troya, una Ilíada sin mitología, sin intervención de los dioses? Con la suficiencia de creer que al imperio yanqui le valen sólo las escenas de guerra y la omnímoda valentía de sus guerreros -con casco y grebas-, Petersen abusa en Troya (más que en Gladiator) de las peleas y los mandobles, olvidando -salvo ciertos primeros planos o composiciones pictóricas de signo prerrafaelita, pocos- que estas películas históricas o pseudohistóricas tenían algo más que guerra.

Cierto, Helena es muy guapa, Patroclo también y Paris (el causante de todo) resulta creíble, pero todos ellos no pasan de secundarios, pese a su papel relevante en la Ilíada. Y es que ése es el problema de esta película: Homero está rasurado a gusto del norteamericano medio.

Algunos errores o ausencias: la guerra de Homero dura 10 años, no unas semanas, la Ilíada narra el final de la guerra. Príamo no era viudo, sino que tenía a su mujer, Hécuba. Además de otra hija profetisa, Casandra. Briseida era una concubina de Aquiles (no sobrina de Príamo) y Aquiles -como tantos guerreros dorios de entonces- era bisexual y compartía a Briseida con Patroclo, que no era su primo, sino su amante. Y dioses y diosas aparecen de continuo para ayudar a troyanos o a griegos o teucros y argivos, según la denominación homérica.

Teniendo en cuenta que no hay Casandra ni Hécuba, ni dioses ni diosas, ¿qué queda de la Ilíada? Guerra condensada, cierta magnificencia visual, Héctor -bien- y Pitt (Aquiles), magnífico guerrero que se cabrea por la muerte de Patroclo (como en el original). Sólo que allí Patroclo guerrea con su consentimiento -Aquiles anda mohíno- y en la película escapa a hurtadillas como un niño malo.No es eso. Sobra guerra y falta mito. O sea, muchísimo.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Príamo y Aquiles

No podía concluír mi recopilación de textos pertenecientes a la Ilíada sin recordar un fragmento del último canto, desde mi punto de vista completamente impresionante y conmovedor en todos los sentidos. Veremos a Príamo, el gran rey de la magnífica Troya, postrado a los pies del asesino de Héctor, su hijo, para conseguir la devolución del cadáver del príncipe, ultrajado durante días por Aquiles y garantizar así sus exequias fúnebres y su entrada en el Hades.


"
Cuando esto hubo dicho, Hermes se encaminó al vasto Olimpo. Príamo saltó del carro a tierra, dejó a Ideo con el fin de que cuidase de los caballos y mulas, y fue derecho a la tienda en que moraba Aquiles, caro a Zeus. Le halló dentro y sus amigos estaban sentados aparte; sólo dos de ellos, el héroe Automedonte y Álcimo, vástago de Ares, le servían, pues acababa de cenar; y, si bien ya no comía ni bebía, aun la mesa continuaba puesta. El gran Príamo entró sin ser visto, se acercó a Aquiles, le abrazó las rodillas y besó aquellas manos terribles, homicidas, que habían dado muerte a tantos hijos suyos. Como quedan atónitos los que, hallándose en la casa de un rico, ven llegar a un hombre que, poseído de la cruel Ofuscación, mató en su patria a otro varón y ha emigrado a país extraño, de igual manera se asombró Aquiles de ver al deiforme Príamo; y los demás se sorprendieron también y se miraron unos a otros. Y Príamo suplicó a Aquiles, dirigiéndole estas palabras:

Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo y ha llegado al funesto umbral de la vejez. Quizá los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien te salve del infortunio y de la ruina; pero al menos aquél, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de día en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré hijos excelentes en la espaciosa Troya, puedo decir que de ellos ninguno me queda. Cincuenta tenía cuando vinieron los aqueos: diez y nueve procedían de un solo vientre; a los restantes diferentes mujeres los dieron a luz en el palacio. A los más el furibundo Ares les quebró las rodillas; y el que era único para mí, pues defendía la ciudad y sus habitantes, a ése tú lo mataste poco ha, mientras combatía por la patria, a Héctor, por quien vengo ahora a las naves de los aqueos, a fin de redimirlo de ti, y traigo un inmenso rescate. Pero, respeta a los dioses, Aquiles, y apiádate de mí, acordándote de tu padre; que yo soy todavía más digno de piedad, puesto que me atreví a lo que ningún otro mortal de la tierra: a llevar a mi boca la mano del hombre matador de mis hijos.


Así habló. A Aquiles le vino deseo de llorar por su padre; y, asiendo de la mano a Príamo, le apartó suavemente. Entregados uno y otro a los recuerdos, Príamo, caído a los pies de Aquiles, lloraba copiosamente por Héctor, matador de hombres; y Aquiles lloraba unas veces a su padre y otras a Patroclo; y el gemir de entrambos se alzaba en la tienda. Mas así que el divino Aquiles se hartó de llanto y el deseo de sollozar cesó en su alma y en sus miembros, se alzó de la silla, tomó por la mano al viejo para que se levantara, y, mirando compasivo su blanca cabeza y su blanca barba, le dijo estas aladas palabras:


‑¡Ah, infeliz! Muchos son los infortunios que tu ánimo ha soportado. ¿Cómo osaste venir solo a las naves de los aqueos, a los ojos del hombre que te mató tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Mas, ea, toma asiento en esta silla; y, aunque los dos estamos afligidos, dejemos reposar en el alma las penas, pues el triste llanto para nada aprovecha. Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir en la tristeza, y sólo ellos están descuitados. En los umbrales del palacio de Zeus hay dos toneles de dones que el dios reparte: en el uno están los males y en el otro los bienes. Aquél a quien Zeus, que se complace en lanzar rayos, se los da mezclados, unas veces topa con la desdicha y otras con la buena ventura; pero el que tan sólo recibe penas vive con afrenta, una gran hambre le persigue sobre la divina tierra y va de un lado para otro sin ser honrado ni por los dioses ni por los hombres. Así las deidades hicieron a Peleo claros dones desde su nacimiento: aventajaba a los demás hombres en felicidad y riqueza, reinaba sobre los mirmidones, y, siendo mortal, le dieron por mujer una diosa. Pero también la divinidad le impuso un mal: que no tuviese hijos que reinaran luego en el palacio. Tan sólo engendró uno, a mí, cuya vida ha de ser breve; y no le cuido en su vejez, porque permanezco en Troya, muy lejos de la patria, para entristecerte a ti y a tus hijos. Y dicen que también tú, oh anciano, fuiste dichoso en otro tiempo; y que en el espacio que comprende Lesbos, donde reinó Mácar, y más arriba la Frigia hasta el Helesponto inmenso, descollabas entre todos por tu riqueza y por tu prole. Mas, desde que los dioses celestiales te trajeron esta plaga, se suceden alrededor de la ciudad las batallas y las matanzas de hombres. Lo sufre resignado y no dejes que de tu corazón se apodere incesante pesar, pues nada conseguirás afligiéndote por tu hijo, ni lograrás que se levante, antes tendrás que padecer un nuevo mal.


Respondió en seguida el anciano Príamo, semejante a un dios:


‑No me hagas sentar en esta silla, alumno de Zeus, mientras Héctor yace insepulto en la tienda. Entrégamelo cuanto antes para que lo contemple con mis ojos, y tú recibe el cuantioso rescate que te traemos. Ojalá puedas disfrutar de él y volver al patrio suelo, ya que ahora me has dejado vivir y ver la luz del sol.


Mirándole con torva faz, le dijo Aquiles, el de los pies ligeros:


o ‑¡No me irrites más, oh anciano! Tengo acordado entregarte a Héctor, pues para ello Zeus me envió como mensajera la madre que me dio a luz, la hija del anciano del mar. Comprendo también, oh Príamo, y no se me oculta, que un dios te trajo a las veleras naves de los aqueos; porque ningún mortal, aunque estuviese en la flor de la juventud, se atrevería a venir al ejército, ni entraría sin ser visto por los centinelas, ni desatrancaa con facilidad nuestras puertas. Abstente, pues, de exacerbar los dolores de mi corazón; no sea que a ti, oh anciano, no te respete en mi tienda, aunque siendo mi suplicante, y viole las órdenes de Zeus.


Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. El Pelida, saltando como un león, salió de la tienda, y no se fue solo, pues le siguieron dos de sus servidores: el héroe Automedonte y Álcimo, que eran los compañeros a quienes más apreciaba desde que había muerto Patroclo. En seguida desengancharon caballos y mulas, introdujeron el heraldo, vocero del anciano, haciéndole sentar en una silla, y quitaron del lustroso carro los inmensos rescates de la cabeza de Héctor. Tan sólo dejaron dos mantos y una túnica bien tejida, para envolver el cadáver antes que lo entregara para que lo llevasen a casa. Aquiles llamó entonces a las esclavas y les mandó que lo lavaran y ungieran, trasladándolo a otra parte para que Príamo no viese a su hijo; no fuera que, afligiéndose al verlo, no pudiese reprimir la cólera en su pecho a irritase el corazón de Aquiles, y éste lo matara, quebrantando las órdenes de Zeus. Lavado ya y ungido con aceite, las esclavas lo cubrieron con la túnica y el hermoso palio, después el mismo Aquiles lo levantó y colocó en un lecho, y por fin los compañeros lo subieron al lustroso carro. Y el héroe suspiró y dijo, nombrando a su amigo:


‑No te enojes conmigo, oh Patroclo, si en el Hades te enteras de que he entregado el divino Héctor a su padre; pues me ha traído un rescate digno, y de él te dedicaré la debida parte.


Habló así el divino Aquiles y volvió a la tienda. Se sentó en la silla, labrada con mucho arte, de que antes se había levantado y que se hallaba adosada al muro, y en seguida dirigió a Príamo estas palabras:


‑Tu hijo, oh anciano, rescatado está, como pedías: yace en un lecho, y al despuntar la aurora podrás verlo y llevártelo. Ahora pensemos en cenar, pues hasta Níobe, la de hermosas trenzas, se acordó de tomar alimento cuando en el palacio murieron sus dos vástagos: seis hijas y seis hijos florecientes. A éstos Apolo, airado contra Níobe, los mató disparando el arco de plata; a aquéllas les dio muerte Ártemis, que se complace en tirar flechas; porque la madre osaba compararse con Leto, la de hermosas mejillas, y decía que ésta sólo había dado a luz dos hijos, y ella había tenido muchos; y los de la diosa, no siendo más que dos, acabaron con todos los de Níobe. Nueve días permanecieron tendidos en su sangre, y no hubo quien los enterrara porque el Cronión a la gente la había vuelto de piedra; pero, al llegar el décimo, los dioses celestiales los sepultaron. Y Níobe, cuando se hubo cansado de llorar, pensó en el alimento. Se halla actualmente en las rocas de los montes yermos de Sípilo, donde, según dice, están las grutas de las ninfas que bailan junto al Aqueloo, y aunque convertida en piedra, devora aún los dolores que las deidades le causaron. Mas, ea, divino anciano, cuidemos también nosotros de comer, y más tarde, cuando hayas transportado el hijo a Ilio, podrás hacer llanto sobre el mismo, y será por ti muy llorado.


En diciendo esto, el veloz Aquiles se levantó y degolló una blanca oveja; sus compañeros la desollaron y prepararon bien como era debido; la descuartizaron con arte, y, cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente y los retiraron del fuego. Automedonte repartió pan en hermosas cestas, y Aquiles distribuyó la carne. Ellos alargaron la diestra a los manjares que tenían delante; y, cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Príamo Dardánida admiró la estatura y el aspecto de Aquiles, pues el héroe parecía un dios; y, a su vez, Aquiles admiró a Príamo Dardánida, contemplando su noble rostro y escuchando sus palabras. Y, cuando se hubieron deleitado, mirándose el uno al otro, el anciano Príamo, semejante a un dios, dijo el primero:


‑Mándame ahora, sin tardanza, a la cama, oh alumno de Zeus, para que, acostándonos, gocemos del dulce sueño. Mis ojos no se han cerrado desde que mi hijo murió a tus manos, pues continuamente gimo y devoro innumerables congojas, revolcándome por el estiércol en el recinto del patio. Ahora he probado la comida y rociado con el negro vino la garganta, pues desde entonces nada había probado.


Dijo. Aquiles mandó a sus compañeros y a las esclavas que pusieran camas debajo del pórtico, las proveyesen de hermosos cobertores de púrpura, extendiesen sobre ellos tapetes y dejasen encima afelpadas túnicas para abrigarse. Las esclavas salieron de la tienda llevando antorchas en sus manos, y aderezaron diligentemente dos lechos. Y Aquiles, el de los pies ligeros, chanceándose, dijo a Príamo:


‑Acuéstate fuera de la tienda, anciano querido; no sea que alguno de los caudillos aqueos venga, como suelen, a consultarme sobre sus proyectos; si alguno de ellos lo viera durante la veloz y obscura noche, podría decirlo en seguida a Agamenón, pastor de pueblos, y quizás se diferia la entrega del cadáver. Mas, ea, habla y dime con sinceridad durante cuántos días quieres hacer honras al divino Héctor, para, mientras tanto, permanecer yo mismo quieto y contener el ejército.


Le respondió en seguida el anciano Príamo, semejante a un dios:


‑Si quieres que yo pueda celebrar los funerales del divino Héctor, haciendo lo que voy a decirte, oh Aquiles, me dejarías complacido. Ya sabes que vivimos encerrados en la ciudad; y la leña hay que traerla de lejos, del monte, y los troyanos tienen mucho miedo. Durante nueve días lo lloraremos en el palacio, el décimo lo sepultaremos y el pueblo celebrará el banquete fúnebre, el undécimo le erigiremos un túmulo y el duodécimo volveremos a pelear, si necesario fuere.


Le contestó el divino Aquiles, el de los pies ligeros:


‑Se hará como dispones, anciano Príamo, y suspenderé la guerra tanto tiempo como me pides".


(I) Príamo muere a manos del hijo de Aquiles, Neoptólemo.