martes, 28 de octubre de 2008

Aquiles y Patroclo

Tras estos dos últimos artículos dedicados a explorar el interesante mundo de la influencia del mito de Troya en la música actual, les invito a regresar al texto homérico para explorar uno de los momentos más intensos, dramáticos y decididamente imprescindibles: aquel en el que se celebran los funerales en honor de Patroclo.


De la relación entre Patroclo y Aquiles se ha elucubrado largo y tendido. En general, se coincide en que los unía una fortísima amistad y un gran sentido de unión; se han llegado a ver connotaciones amorosas en este intenso vínculo. De un modo u otro, la mayor parte de los estudiosos no hablan de una relación
erastés-erómeno, entre un adulto y un muchacho, ampliamente citada y situada en el marco de la antigua Grecia. Más bien, se cree que pudo tratarse de una relación en la que la amistad, el compañerismo y el amor se fundían, haciéndose casi indisociables.

Les dejo hoy el inicio del canto XXIII, penúltimo de la
Ilíada, el cual está dedicado en su práctica totalidad a los funerales de Patroclo:

"Así gemían los troyanos en la ciudad. Los aqueos, una vez llegados a las naves y al Helesponto, se fueron a sus respectivos bajeles. Pero a los mirmidones no les permitió Aquiles que se dispersaran; y, puesto en medio de los belicosos compañeros, les dijo:


‑¡Mirmidones, de rápidos corceles, mis compañeros amados! No desatemos del yugo los solípedos corceles; acerquémonos con ellos y los carros a Patroclo, y llorémoslo, que éste es el honor que a los muertos se les debe. Y cuando nos hayamos saciado de triste llanto, desunciremos los caballos y aquí mismo cenaremos todos.


Así habló. Ellos seguían a Aquiles en compacto grupo y gemían con frecuencia. Y sollozando dieron tres vueltas alrededor del cadáver con los caballos de hermoso pelo: Tetis se hallaba entre los guerreros y les excitaba el deseo de llorar. Regadas de lágrimas quedaron las arenas, regadas de lágrimas se veían las armaduras de los hombres. ¡Tal era el héroe, causa de fuga para los enemigos, de quien entonces padecían soledad! Y el Pelida comenzó entre ellos el funeral lamento colocando sus manos homicidas sobre el pecho de su amigo:


‑¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades! Ya voy a cumplirte cuanto te prometiera: he traído arrastrando el cadáver de Héctor, que entregaré a los perros para que lo despedacen cruelmente; y degollaré ante tu pira a doce hijos de troyanos ilustres, por la cólera que me causó tu muerte.


Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino Héctor, lo tendió boca abajo en el polvo, cabe al lecho del Menecíada. Se quitaron todos la luciente armadura de bronce, desuncieron los corceles de sonoros relinchos, y se sentaron en gran número cerca de la nave del Eácida, el de los pies ligeros, que les dio un banquete funeral espléndido. Muchos bueyes blancos, ovejas y balantes cabras palpitaban al ser degollados con el hierro; gran copia de grasos puercos, de albos dientes, se asaban, extendidos sobre la llama de Hefesto; y en tomo del cadáver la sangre corría en abundancia por todas partes.


Los reyes aqueos llevaron al Pelida, el de los pies ligeros, que tenía el corazón afligido por la muerte del compañero, a la tienda de Agamenón Atrida, después de persuadirlo con mucho trabajo; ya en ella, mandaron a los heraldos, de voz sonora, que pusieron al fuego un gran trípode por si lograban que aquél se lavase las manchas de sangre y polvo. Pero Aquiles se negó obstinadamente, a hizo, además, un juramento:


‑¡No, por Zeus, que es el supremo y más poderoso de los dioses! No es justo que el baño moje mi cabeza hasta que ponga a Patroclo en la pira, le erija un túmulo y me corte la cabellera; porque un pesar tan grande no volverá lamas a sentirlo mi corazón mientras me cuente entre los vivos. Ahora celebremos el triste banquete; y, cuando se descubra la aurora, manda, oh rey de hombres, Agamenón, que traigan leña y la coloquen como conviene a un muerto que baja a la región sombría, para que pronto el fuego infatigable consuma y haga desaparecer de nuestra vista el cadáver de Patroclo, y los guerreros vuelvan a sus ocupaciones.


Así dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Dispuesta con prontitud la cena, comieron todos, y nadie careció de su respectiva porción. Mas, después que hubieron satisfecho de comida y de bebida al apetito, se fueron a dormir a sus tiendas. Se quedó el Pelida con muchos mirmidones, dando profundos suspiros, a orillas del estruendoso mar, en un lugar limpio donde las olas bañaban la playa; pero no tardó en vencerlo el sueño, que disipa los cuidados del ánimo, esparciéndose suave en torno suyo; pues el héroe había fatigado mucho sus fornidos miembros persiguiendo a Héctor alrededor de la ventosa Ilio. Entonces vino a encontrarle el alma del mísero Patroclo, semejante en un todo a éste cuando vivía, tanto por su estatura y hermosos ojos, como por las vestiduras que llevaba; y, poniéndose sobre la cabeza de Aquiles, le dijo estas palabras:


‑¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí mientras vivía, y ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que pueda pasar las puertas del Hades; pues las almas, que son imágenes de los difuntos, me rechazan y no me permiten que atraviese el río y me junte con ellas; y de este modo voy errante por los alrededores del palacio, de anchas puertas, de Hades. Dame la mano, te lo pido llorando; pues ya no volveré del Hades cuando hayáis entregado mi cadáver al fuego. Ni ya, gozando de vida, conversaremos separadamente de los amigos; pues me devoró la odiosa muerte que el hado, cuando nací, me deparara. Y tu destino es también, oh Aquiles semejante a los dioses, morir al pie de los muros de los nobles troyanos. Otra cosa te diré y encargaré, por si quieres complacerme. No dejes mandado, oh Aquiles, que pongan tus huesos separados de los míos: ya que juntos nos hemos criado en tu palacio, desde que Menecio me llevó de Opunte a vuestra casa por un deplorable homicidio ‑cuando encolerizándome en el juego de la taba maté involuntariamente al hijo de Anfidamante‑, y el caballero Peleo me acogió en su morada, me crió con regalo y me nombró tu escudero; así también, una misma urna, la ánfora de oro que te dio tu veneranda madre, guarde nuestros huesos.


Le respondió Aquiles, el de los pies ligeros:


‑¿Por qué, cabeza querida, vienes a encargarme estas cosas? Te obedeceré y lo cumpliré todo como lo mandas. Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves instantes, para saciarnos de triste llanto.


En diciendo esto, le tendió los brazos, pero no consiguió asirlo: se disipó el alma como si fuese humo y penetró en la tierra dando chillidos. Aquiles se levantó atónito, dio una palmada y exclamó con voz lúgubre:


‑¡Oh dioses! Cierto es que en la morada de Hades quedan el alma y la imagen de los que mueren, pero la fuerza vital desaparece por entero. Toda la noche ha estado cerca de mí el alma del mísero Patroclo, derramando lágrimas y despidiendo suspiros, para encargarme lo que debo hacer; y era muy semejante a él cuando vivía".


Posteriormente, el cuerpo de Patroclo fue incinerado en una impresionante pira funeraria; en honor del muerto, los aqueos sacrificaron algunos animales y varios muchachos troyanos de cuna noble. Tal y como era costumbre, se celebraron juegos para honrar el alma del difunto, a cuyos ganadores les fueron entregados premios.

(I) Menelao sujeta el cuerpo exangüe de Patroclo.

domingo, 26 de octubre de 2008

Caballo de Troya

Gracias al comentario de una de las lectoras de esta bitácora, Rocío, he dedicido colgar hoy esta canción del grupo Tierra Santa, en mi empeño de continuar mostrando hasta qué punto esta leyenda ha influenciado a grupos modernos de dispares estilos. Me gustaría aprovechar para agradecer a todos aquellos que dejan constancia de su paso por este blog y de sus pensamientos en la sección de comentarios. Realmente animan a continuar escribiendo y enriquecen en gran medida la bitácora.

Les dejo, en primer lugar, la letra:

Caballo de Troya

Dicen que en Troya
una batalla empezó
forjando así su leyenda
y que diez años pasó
sitiada por la ambición
de poseer la ciudad

Al no poderla invadir
los griegos fueron marchando
pero antes de irse de allí
un gran regalo quedó

Un griego les convenció
que era un regalo de un dios
y de que abrieran las puertas
un gran caballo asomó en su interior
una trampa con piel de madera

En Troya todos creyeron
que habían vencido
pero la noche llegó
y el enemigo ganó

¡Caballo, de Troya!
Cabalga la historia
regalo de un dios.

¡Caballo, de Troya!
Su piel y su nombre
leyenda forjó

¡Caballo, de Troya!
Están escondidos
dentro en su interior
esperan la noche
para la traición

[Parte instrumental]

¡Caballo, de Troya!
Cabalga la historia
regalo de un dios

¡Caballo, de Troya!
Su piel y su nombre
leyenda forjó

¡Caballo, de Troya!
Están escondidos
dentro en su interior
esperan la noche
para la traición

Y, a continuación, el vídeo con imágenes de la película Troya:

sábado, 25 de octubre de 2008

Y entonces se hizo el silencio

Es asombroso ver en qué medida podemos hallar la huella de los humanos dioses y de los divinos mortales de las leyendas antiguas en distintas obras artísticas de diversas épocas. Sin embargo, a pocos se les ocurre la posibilidad de que grupos de rock o heavy metal hayan bebido de las fuentes mitológicas a la hora de componer sus letras.

Hoy les presento una curiosa canción del grupo alemán Blind Guardian, íntimamente relacionada con el tema de estos artículos, la Guerra de Troya. Se trata de aproximadamente quince minutos de música con su correspondiente letra, por lo que he desechado la idea de colgar los versos en inglés con su traducción al castellano, optando por la a mi juicio más positiva variante: colocar a continuación la letra traducida.

Y entonces se hizo el silencio

Gírate y mira los campos de llamas

Lleva a través
de un lugar lejano.
Está en su camino.
Él traerá la decadencia
(no te muevas porque las cosas irán peor
el fin está más cerca cada día)
en tonos de gris.
Estamos sentenciados a encararnos con la noche.
La luz está fuera de vista.

Desde que hemos traspasado el punto sin retorno,
alabamos la luz de las estrellas,
esperamos por la luna;
el cielo está vacío.
Solos en lo desconocido
nos dirigimos a ninguna parte.

Hemos sido traicionados
por el viendo y la lluvia.
Las sagradas salas frías y vacías.
El sacrificio hecho no debe de ser en vano.
Con Roma vendrá la venganza.

Vivimos una mentira
bajo la luna que muere;
el de rostro pálido se ríe de la condena,
se entrega al gozo.

Se está escapando de las manos.
El telón final caerá.
Escucha mi voz.
No hay elección.
No hay otro camino fuera de este.
Lo descubrirás.

No nos arrepentimos,
así que muchos hombres han muerto,
pero ahora él se ha ido.
Id fuera y cogedle.
La cabeza del loco será tuya.
No nos arrepentimos.
Alguien más muere tras la máscara
Id fuera y cogedle.
El sabueso de Orión brilla con fuerza.

No pienses que es momento de detener la caza.
en torno al círculo;
tan solo deja de correr
en torno al círculo.
No sabes que el destino ha sido decidido
por los dioses;
siente la distancia
fuera del alcance

Bienvenida al fin.
Contempla tu destino, Casandra.
Tú has de caer,
como yo he tropezado en el campo
Hermana mía,
la muerte es algo cierto.
Me encuentro en lugares oscuros.
Me encuentro arrastrado lejos.
Y el ‘otro mundo’
el otro ‘otro mundo' aparece.

Me encuentro, ella muere en vano.
No puedo ser libre.
Estoy cayendo.
Como el tiempo corre más rápido,
[nos] arrastra hacia el desastre.
El barquero esperará por ti,
querida.

Y entonces se hizo el silencio.
Tan solo una voz del otro mundo.
Como una hoja en un mundo helado,
los recuerdos desaparecerán
Leyendas y poemas perdidos.
Toda la gloria y la belleza desaparecerán.
Quizá mi atribulada alma encuentre descanso por un tiempo.
En el momento de la muerte sonreiré.
Es el triunfo de la vergüenza y la enfermedad.
En el fin,
Ilíada

Alzo mis brazos y alabo el día.
Rompe el hechizo, muéstrame el camino.
En la caída,
la llama de Troya brillará intensamente

Los recién nacidos traerían ruina para la ciudadela
La muerte de los recién nacidos serán una bendición para todos nosotros

¿Buena elección?
¿Mala elección?
Fuera de las tres.

Has elegido miseria.
Poder y sabiduría
niegas.
Mala elección.

La guerra es la única respuesta,
cuando el amor conquiste el temor
La sentencia ha sido dictada.
hacia lo más justo.
El elegante dice:
‘Él cae lamentablemente’.

Peligro.
Teme el calor de la pasión, padre rey.
No le dejes permanecer dentro.
No la dejes permanecer dentro.
Deseo, lujuria, obsesión;
traerán muerte.
No podemos echarlos
una vez ya están dentro

Ella es como el sol cuando nace;
eclipsa a la luna en la noche;
preciosa como la luz de las estrellas,
traerá un precio altísimo

En la oscuridad crece la semilla de la derrota del hombre.
Envidia.
Puedo ver el final claramente.
Puedo ver el final claramente.
Puedo ver el final claramente.

El hilo de la vida se hila.
La moneda es colocada bajo mi lengua.
Nunca desistir.
Nunca ceder.
Permanece en nuestro lado.
Así podremos vencer.
Nunca desistir.
Nunca ceder.
Permanece en nuestro lado.
El tiempo de la vieja luna vendrá pronto.

Ningún lugar al que correr.
Ningún lugar en el que ocultarse.
Nada que perder.
Unidos aguantaremos,
nos enfrentaremos a la tormenta
creada por un hombre.

Troya, Troya, Troya, Toya.

Y como el león
mata al hombre,
yo soy el lobo
y tú, el cordero.

La sagrada Troya caerá.
En torno a las murallas
la fe se hace añicos, los cuerpos caen.

Ningún lugar al que correr.
Ningún lugar en el que ocultarse.
Nada que perder.
Unidos aguantaremos.
Todos para uno y uno para todos.
Viviremos para ser eliminados.

Vivimos.
Morimos.

Alzo mis brazos y alabo el día.
Rompe el hechizo muéstrame el camino.
En la caída.
La llama de Troya brillará intensamente.

Vagamos en la oscuridad.
Se extiende la visión.
Estaremos perdidos si tú crees.
Troya en la oscuridad.
Hay un frío vacío en nuestros corazones;
lo que ellos han alejado
que no podemos traer de vuelta.

Echarán abajo el muro para hacerlo entrar;
creen realmente en la mentira;
con flores dan la bienvenida al viejo enemigo.

La pesadilla debe terminar.
Ya no hay temor.
Ven a unirte a nuestros cantos
y baila ahora con nosotros.
La pesadilla debe terminar.
Ya no hay temor.
La guerra ha terminado, para siempre.

Sin esperanza.
El ciego conduce al ciego.
Continúa
hacia el futuro imaginado que se niega.
Yegua o semental.
Hay mucho más dentro.
Estamos dentro, en la matanza.
Moriremos alegremente.

Leyendas y poemas perdidos.
Toda la gloria y la belleza desaparecerán.
Quizá mi atribulada alma encuentre descanso por un tiempo.
En el momento de la muerte sonreiré.
Es el triunfo de la vergüenza y la enfermedad.
En el fin,
Ilíada.

Leyendas y poemas perdidos.
Toda la gloria y la belleza desaparecerán.
Quizá mi atribulada alma encuentre descanso por un tiempo.
En el momento de la muerte sonreiré.
Es el triunfo de la vergüenza y la enfermedad.
En el fin...

Su sagrada luz brilla,
así que la sentencia ha sido dictada.
Estamos condenados, aunque el juicio se halla lejos.
El estallido de la fatalidad.
Padre,
tu atractivo hijo está dirigiendo el hogar.

Dirigiendo el hogar.

Todavía sopla el viento,
calma y silencio,
trae noticias de un lugar lejano.

Impensable.
No puedo expulsarlo,
no puedo expulsarlo de mi mente.

Dolor y derrota.
Dolor y derrota.

Aquí les dejo el vídeo, en el que podrán escuchar la canción:



Muchas gracias a Jaume, del maravilloso blog Homo Bonus, por su contribución y ayuda con la traducción. ¡Justo es reconocerlo!

jueves, 23 de octubre de 2008

El fin de Troya

Contaba en el artículo anterior que la Ilíada finaliza con la devolución del cadáver de Héctor tras las súplicas del rey Príamo a Aquiles. Sin embargo, la Guerra de Troya no finalizó con esto y, según lo que podemos encontrar en textos posteriores, el desenlace del conflicto todavía no se vislumbraba.

Aún tras haber terminado con la vida de aquel que había matado a su querido Patroclo, Aquiles continuó combatiendo con furia redoblada a favor de los aqueos, matando a importantes guerreros del bando troyano, como la amazona Pentesilea (hija del dios Ares), de la que se cuenta que se enamoró de ella cuando ésta cayó al suelo herida de muerte, por lo que de poco sirvió este repentino flechazo.


El Pelida, sin embargo, no tardó en hallar su propio fin. El joven príncipe Paris, destacado arquero, se apostó tras las murallas y disparó una certera flecha que se hundió en el talón del héroe. Llegado este momento de la narración, veo preciso comentar que Aquiles era hijo de una inmortal y de un humano, por lo que su madre, deseosa de eliminar cualquier parte mortal del cuerpo de su hijo, lo sumergió sujetándolo por el talón en las aguas de una laguna. De esta manera, el cuerpo de Aquiles se convirtió en invulnerable, con excepción del talón por el que Tetis lo había agarrado y que no había llegado a rozar el líquido. En otras versiones menos conocidas, la madre lo introdujo en un horno especial con objeto de abrasar su parte humana y transformarlo en un inmortal.

A causa de esto, el ejército aqueo perdió a uno de sus mejores guerreros, Aquiles, en cuyo honor se celebraron unos hermosos funerales. En el momento de repartir las pertenencias del joven luchador, se originó un conflicto, ya que Áyax y Odiseo reclamaban su derecho a hacer suya la armadura, además del armamento. Los objetos fueron entregados a Odiseo y Áyax enloqueció de furia.

Paris no tardó en encontrar la muerte. El causante de su fallecimiento fue Filoctetes, un arquero que le disparó una flecha envenenada. Los guerreros transportaron a Paris de vuelta a Troya, donde él pidió que llamasen a la ninfa Enone (a la que Apolo había otorgado el don de poder curar). Ambos habían compartido un largo idilio en el monte Ida a lo largo de los años adolescentes de Paris, antes de que éste la abandonase por Helena. La joven , despechada, se negó a acudir para auxiliar a Paris, pero cuando al fin recapacitó y entró en la ciudad, el príncipe ya estaba muerto. Helena fue entregada como esposa a otro hijo de Príamo, Deífobo.

Sería más adelante cuando Odiseo concibiese la idea del caballo de Troya, pese a que algunas fuentes señalan que el sagaz rey la tomó prestada de otra mente ingeniosa. Se trataba de un monumental caballo construido en madera. Un grupo de soldados aqueos se ocultó en el interior del ingenio, mientras que el resto del ejército quemó el campamento y embarcó, fingiendo marcharse de vuelta a casa. Disfrazando de ofrenda a una diosa el mortal presente, los aqueos consiguieron que los troyanos cayesen en la trampa e introdujesen el caballo en la ciudad, pese a que el adivino Laocoonte tuvo una visión y advirtió a sus compatriotas de la naturaleza del regalo, con yermo resultado.



De esta manera, creyendo ver el fin de la guerra y el calvario, los troyanos se entregaron al festejo, con todo lo que ello implica. Cuando anocheció, buena parte de los ciudadanos continuaban celebrando la supuesta victoria, mas el sueño terminó por vencerles. Ese fue el momento elegido por los aqueos para salir del caballo de madera, abrir las puertas de la ciudad para que entrase el resto del ejército (que se había acercado sigilosamente a la urbe) e iniciar una orgía de sangre, fuego y muerte. Mataron a los hombres en edad de empuñar las armas y se llevaron a las mujeres como esclavas; hay fuentes que indican que los niños corrieron la misma suerte. Los grandes guerreros aqueos se reservaron el derecho a escoger a las grandes princesas troyanas: Agamenón se llevó a Casandra y el hijo de Aquiles, Neoptólemo, tomó como cautiva a Andrómaca, la viuda de Héctor, cuyo hijo fue ejecutado para impedir que perpetuara el linaje de los monarcas troyanos. Los aqueos inmolaron a la joven Políxena sobre la tumba de Aquiles y se llevaron la anciana reina Hécuba, tras asesinar a su marido, Príamo.

La ciudad de Troya ardió como una antorcha encendida en medio de la noche, momento que ha inspirado a artistas de todas las épocas. Pese a que hay dudas y diversas hipótesis sobre su existencia o inexistencia histórica, se trata de una tragedia terrible e imponente. Una ciudad tan rica y próspera -siempre en el mito- borrada por la guerra y la barbarie de los hombres.



(I) Aquiles y la amozana Pentesilea en un vaso de cerámica griego.
(II) Caballo de Troya en una pintura atribuida a Tiepolo.
(III) La caída de Troya en una pintura de Johann Georg Trautmann.

martes, 21 de octubre de 2008

Aquiles y Héctor en Cruz y Raya

Mencionaba en el artículo anterior la infinita furia de Aquiles hacia Héctor tras la muerte del joven guerrero Patroclo. Se trata de un tema que ha inspirado tanto serios versos -como los de la Ilíada- hasta música de un grupo de rock. Y, por supuesto, en el mundo televisivo han tratado de hacernos reír como una cómica versión del momento por lo demás sumamente dramático, que en realidad parodia la semejante escena de la película Troya (2003), a cuyos errores, fallos en la reinterpretación del mito y contados puntos positivos me remitiré más adelante.

Les dejo hoy un par de vídeos, en primer lugar la escena de
Troya en la que se basa la parodia y que puede relacionarse fácilmente con el mito:



A continuación, la divertida parodia de Cruz y Raya:



¡Disfrútenlos!

sábado, 18 de octubre de 2008

Una aproximación al conflicto

Mencionaba en el artículo anterior las causas de la Guerra de Troya y la manera en la que distintos líderes y guerreros se dirigieron a la de Ilión con el propósito de recuperar a Helena. La muchacha, por su parte, fue acogida por la corte de Troya, aunque podemos suponer que no todos los nobles y cortesanos se hallaban de acuerdo con la actuación de Paris, y mucho menos con la peligrosa presencia de la joven en la ciudad.


El conflicto entre aqueos y troyanos se extendió a lo largo de diez años, en los cuales hubo bajas en ambos bandos, pero ninguna derrota significativa hasta llegar a los últimos meses. La narración de la guerra gira en torno a figuras tan importantes como la de Agamenón -poderoso rey de Micenas y hermano del agraviado Menelao-o la de Odiseo -soberano de Ítaca-. Acerca de ellos no me parece adecuado extenderme ahora, sino dedicarles unos cuantos artículos a posteriori, con el fin de, en lugar de elaborar un breve esbozo, proporcionar al lector todos los datos que puedan interesarle. ¡Quedo por tanto comprometida a escribirlos!

Hace unos cuantos posts, me refería al primer canto de la Ilíada, el que se inicia con las celebérrimas palabras "Canta, ¡oh, musa!, la cólera del Pelida Aquiles". Esto me da pie a comentar que la Ilíada de Homero, contrariamente a lo que un no iniciado en los placeres de la literatura clásica podría pensar, no comienza con una descripción de las causas de la Guerra de Troya, sino que Homero nos sitúa ya en un momento del conflicto: la furia de Aquiles al serle
arrebatada su cautiva. Me parece adecuado partir de este punto de la historia y seguir el texto homérico.

En los siguientes cantos, se narran episodios de interés como puede ser la propuesta de Agamenón a sus tropas, sugiriéndoles el regreso a casa con la intención de probar su lealtad. Por su parte, entre los troyanos el ambiente comenzaba a enrarecerse y algunos comenzaban ya a protestar por el peligro que significaba tener a Helena en la ciudad. Paris se decidió a hacer un alarde de valor retando a Menelao a un combate singular, proponiéndole que el que venciese se quedaría con la joven. Paris fue vencido por el rey espartano, pero la diosa Afrodita lo salvó de la muerte. A lo largo de los siguientes meses se sucedieron los enfrentamientos, tanto en forma de nuevos combates singulares (por ejemplo, el del príncipe troyano Héctor y el aqueo Áyax) como entre ambos ejércitos, cobrándose la muerte de muchos y muy valientes combatientes.


Sin embargo, el ejército aqueo pronto se dio cuenta de que sin la presencia del gran guerrero Aquiles en el campo de batalla, era muy probable que los troyanos terminasen por declararse vencedores. Una serie de acontecimientos propició el envío de una embajada formada por Fénix y Odiseo, además de otros importantes guerreros, al lugar donde se hallaba el Pelida. Desgraciadamente, Aquiles se negó a sumarse de nuevo al combate. Entretanto, los guerreros aqueos y troyanos dejaron su huella en la epopeya homérica: Teucro, arquero, causó numerosas bajas entre los troyanos; el ilíada Dolón fue soprendido por un grupo de espionaje griego y ejecutado; sobrevino la muerte de los tracios y del rey Reso; Macaón y Eurípilo resultaron heridos por las certeras flechas de Paris; todo ello en el contexto de la continua batalla en las zonas cercanas a Troya. Al mismo tiempo, también guerreaban los dioses que se habían posicionado a favor o en contra de un determinado bando, ayudando o perjudicando a los humanos según su capricho.

Ante la insistente negativa de Aquiles a sumarse al combate, el íntimo amigo y compañero del guerrero, Patroclo, pidió a éste permiso para ponerse la armadura del Pelida después de que Héctor y su ejército incendiasen una de las naves aqueas, confiados a causa la ausencia de Aquiles. Aunque preocupado, el hijo de Tetis accedió y Patroclo partió a la batalla en el carro de su compañero. Sembró el pánico entre las filas de troyanos, llegando a matar al rey de Lidia -hijo de Zeus, además-, pero fue herido por el guerreo Euforbo, tras lo que el príncipe Héctor se acercó para arrebatarle la vida. Inmediatamente, los troyanos trataron de hacerse con la armadura que portaba Patroclo para conservarla como un signo de victoria, y en torno al cadáver se libró un verdadero combate. Aunque los aqueos no lograron conservar la armadura, sí fueron capaces de rescatar el cuerpo sin vida del joven guerrero, y Menelao consiguió matar a Euforbo. Los griegos llevaron el cadáver de Patroclo al campamento y se lo entregaron a Aquiles, el cual se sumió en un estado de profunda tristeza. Su madre, Tetis, pidió al dios Hefesto que le fabricase una nueva armadura, a lo que el divino herrero accedió, y Agamenón logró reconciliarse finalmente con el Pelida, al que devolvió el botín que le había arrebatado.


Zeus permitió poco después a los dioses intervenir de nuevo en la batalla, lo que decidió el curso de un combate entre Aquiles y Eneas, en el que éste último fue salvado por Poseidón. El Pelida luchó con denuedo y mató a numerosos troyanos en los siguientes días, tras lo cual pudo enfrentarse a aquel con cuya vida deseaba acabar para vengar la muerte de Patroclo: el príncipe troyano Héctor. Se enfrentaron en combate singular, del que Héctor trató de huir, siendo confundido por la diosa Atenea, que le hizo ver que su hermano Deífobo acudía a auxiliarlo, lo que no era cierto. Aquiles lo mató y, en lugar de entregar el cadáver para que fuese adecuadamente incinerado y pudiese viajar al Hades, lo ató a su carro y lo arrastró dando varias vueltas a la ciudadde Ilión, tras lo que regresó al campamento griego e hizo lo propio en torno a la pira funeraria de Patroclo. Tan solo las desgarradas súplicas del rey Príamo, que acudió clandestinamente a la tienda de Aquiles, lograron que el héroe devolviese el cuerpo a Troya y decretase una tregua de cerca de doce días para que recibiese las exequias fúnebres. A partir de entonces se reanudarían los combates y llegaría, al fin, la esperada caída de la ciudad, que Homero no describe en su Ilíada.

(I) La cólera de Aquiles en un cuadro de Tiépolo
(II) Escultura contemporánea de Teucro.
(III) Regreso del cuerpo de Héctor a Troya en un sarcófago romano.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Causas de la Guerra de Troya

A la hora de hablar de un determinado conflicto -y en especial de un conflicto de tal envergadura como la Guerra de Troya- resulta natural referirse a las causas o, aún más habitual, a los causantes. La Guerra de Troya no tuvo un único desencadenante; contemplando la leyenda, puede hablarse de una sucesión de hechos, a veces predecidos por algunos personajes (aquí encontramos la idea de predestinación y de posibilidad de que unas personas escogidas sean capaces de contemplar con claridad el futuro). Se trata de una cadena de situaciones unidas a menudo por la relación de causa-consecuencia, motivo por el que comenzaré el artículo con el episodio designado en general como origen último del conflicto bélico (no ha que perder de vista, además, la enconada antipatía o la notoria simpatía que determinados dioses sentían hacia Troya).


Aunque cambian algunos detalles en función del autor clásico al que consultemos (de lo que acerca de ello escribió Homero apenas conservamos nada, pero Ovidio le dedica al epiodio un largo fragmento en sus Metamorfosis). El suceso tuvo lugar durante la boda de Peleo y Tetis (un dato importante: se trata de los progenitores de Aquiles, héroe que luego tendría un destacado papel durante el conflicto bélico). Todos los dioses habían sido invitados a la ceremonia y al opulento banquete que después de ella se celebraría, con una excepción: Eris, la Discordia. Como resulta evidente, ninguna futura feliz pareja de casados desearía tener como invitada a una divinidad como ésta. Sin embargo, la vengativa y malvada Eris no se contentó con enfurecerse y contemplar la alegría de los dioses y mortales que festejaban el feliz acontecimiento, sino que, sibilinamente, dejó caer una manzana de oro sobre la mesa. En la fruta, con letras aún más brillantes, se hallaba escrita la frase "Para la más bella". Inmediatamente, las diosas Afrodita, Hera y Atenea trataron de apropiarse de la manzanita, no tardando en comenzar a discutir -y prácticamente a pelear- por ella.

Al darse cuenta del conflicto, las diosas pidieron al resto de las divinidades que actuasen como jueces y determinasen quien de ellas gozaba de una mayor hermosura. Mas los dioses, o bien no supieron qué decir, o bien no desearon posicionarse, por lo que se les ocurrió que la decisón recayera sobre un mortal. A la hora de elegir al mejor juez, seleccionaron a un joven príncipe troyano, Paris, ante el cual se presentaron Atenea, Afrodita y Hera en todo su esplendor. Evidentemente, el muchacho se sintió abrumado ante la visión de las tres diosas desnudas y se mostró indeciso, por lo que las divinidades se apresuraron a tratar de que las favoreciese. Atenea le prometió sabiduría y Hera, poder, pero ninguna de las dos pudo competir con lo que le ofreció Afrodita: el amor de la mujer más bella del mundo. Paris no tuvo dificultades para decidirse.


Sin embargo, la promesa de Afrodita planteaba un considerable problema: la mujer más hermosa del mundo era Helena, esposa del rey espartano Menelao. Por mediación de la diosa o no, cuando Paris partió del hogar del monarca, en el que se había hospedado en calidad de embajador, se llevó a Helena consigo. Se discute si se trató de un "rapto" en el sentido más estricto de la palabra o una huida pactada mas, de un modo u otro, cuando Menelao descubrió la ausencia de su esposa, se enfureció.

Antes de que Helena fuese entregada en matrimonio a Menelao, la muchacha tuvo numerosos pretendientes a causa de su hermosura. Reyes e importantes hombres de distintas polis acudieron para tratar de casarse con la jovencita, por lo que, para evitar el conflicto y posible derramamiento de sangre, el sagaz Odiseo decidió que se elegiría por sorteo al afortunado y que el resto de los pretendientes habría de comprometerse a defender al futuro marido y a luchar junto a él en caso de que su mujer le fuese arrebatada. Esta es la justificación clásica de que tantos hombres se embarcasen hacia Troya para tratar de recuperar a Helena.

(I) Tetis suplicando a Zeus en un cuadro de Jean Auguste Dominique Ingres.
(II) Interpretación del juicio de Paris de Paul Cézanne.

martes, 14 de octubre de 2008

Canta, ¡oh, musa!, la cólera del Pelida Aquiles

"Canta, oh musa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —se cumplía la voluntad de Zeus—desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Zeus y de Leto. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste y los hombres perecían por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises.

Este, deseando redimir a su hija, se había presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas del flechador Apolo que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:

'¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria. Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, al flechador Apolo'.

Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetase al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate: mas el Atrida Agamemnón, a quien no plugo el acuerdo, le mandó en mala hora con amenazador lenguaje:

'Que yo no te encuentre, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque demores tu partida, ya porque vuelvas luego; pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y compartiendo mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte sano y salvo'.

Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Sin despegar los labios, se fue por la orilla del estruendoso mar, y en tanto se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, hijo de Leto, la de hermosa cabellera:

'¡Oyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, e imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esmintio! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas!'

Tal fue su plegaria. La oyó Febo Apolo, e, irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche. Se sentó lejos de las naves, tiró una flecha, y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus mortíferas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo, Aquiles convocó al pueblo a junta: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los dánaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:

'¡Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si escapamos de la muerte; pues si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños —también el sueño procede de Zeus— para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá apartar de nosotros la peste".

De esta manera da inicio el poeta Homero a su extensa epopeya llamada Ilíada, mundialmente conocida, en la que refleja la Guerra de Troya, estremeciendo y emocionado aún a los actuales lectores con versos tan hermosos como los de su último canto, en el que el rey Príamo suplica a Aquiles la devolución del cadáver de su hijo Héctor. Pero no adelantemos los acontecimientos.

Hoy cuelgo un fragmento del primer canto de la epopeya (en total son veinticuatro). En él no se nos explican las causas de la Guerra de Troya, ni siquiera se narra el comienzo de la misma. Homero nos inicia en esta fascinante leyenda en el momento en el que el padre de Criseida, la joven cautiva de Agamenón, suplica la devolución de la muchacha y, al negarse el rey aqueo, acude a Apolo, el cual asola con la peste el ejército griego hasta que, siguiendo los vaticinios del adivino Calcante, la chica es entregada de nuevo a su progenitor. Sin embargo, el enfurecido Agamenón no se conforma con la pérdida del botín de guerra y arrebata a Aquiles la esclava Briseida. Los motivos de la cólera del héroe son palpables; llega ésta a tal punto que Aquiles se niega a participar en la batalla y se retira a las naves, no cediendo en su empeño de no volver a la lucha a lo largo de un considerable período de tiempo.

(I) Aquiles en un relieve de corte clásico.

jueves, 9 de octubre de 2008

La canción griega (Luis Barros)

Soy consciente de que la mayor parte de mis lectores siente un cierto placer con los temas relativos al mundo clásico, por lo que hoy me he decidido a colgar esta canción que escuché por primera vez hace unos meses y que me hizo sonreír.

Me parecía inadecuado colocarla en Hijos de Marte por haberlo consagrado -sin augurios, sacrificios o presencia de los sacerdotes de alguna divinidad, los dioses me perdonen- al Imperio Romano. Como indico en el título de este artículo, la presente canción se refiere a la civilización griega y, más concretamente, a todos esos grandes nombres que han llenado ensayos y estudios de todo tipo y que aún hoy, y esperemos que por mucho tiempo, permanecen vivos en nuestra memoria individual y colectiva. Desde grandes poetas -como Hesíodo y sus hermosos versos- hasta filósofos de renombre -como Sócrates o Parménides-. Y es que, aunque se trate de una bitácora dedicada a los dioses clásicos, ¿no son estos preclaros individuos verdaderas "divinidades", al menos en la disciplina a la que se dedicaron?

Al margen de que la letra de la canción no nos cuente una historia ni se halle claramente cohesionada, en las palabras de Luis Barros subyace como simple y gran pilar la cultura griega en todos sus referentes. Cada uno de los nombres enunciados viene acompañado de una pequeña frase, siempre tratando de conservar la rima y la musicalidad de todo el conjunto. Las palabras que siguen a cada personaje suscitan en muchas ocasiones la sonrisa y, en un gran número de casos, invitan a la reflexión y al recuerdo de la vida y obra de los grandes hombres (y de la gran mujer, Safo) que se mencionan a lo largo de los versos. Entre las pocas conclusiones nuevas a extraer, hallamos una bien importante: a Luis Barros, compositor y cantante, no le falta sentido del humor.




Como ya he anunciado anteriormente, en días posteriores proseguiré con la serie de artículos dedicados a la Guerra de Troya y todo lo relacionado con ella, ciclo iniciado con Casandra, pero no continuado todavía.

Ítaca, de Kavafis

Veíamos hace unos cuantos artículos la manera en la que la mitología clásica ha influenciado a autores posteriores e incluso a artistas de nuestros días. Si en aquel post me refería a un hermoso poema de Oscar Wilde, hoy les dejo estos versos del genial Kavafis, que toma como base y decorado el tema de la Odisea (regreso de Odiseo/Ulises a su isla, Ítaca, tras la Guerra de Troya, viéndose obligado a afrontar mil y un peligros y problemas). Lo interesante es que este magnífico escritor trasciende el mito para legarnos una enseñanza. Si bien la meta, Ítaca, es importante, lo que realmente nos hace crecer y aparece como de mayor relevancia es el camino que nos lleva hasta ella. Una hermosa metáfora literaria que han tratado otros autores a lo largo de la historia de la literatura.

A modo de pequeño apunte biográfico, he de comentar que Constantinos Kavafis fue uno de los más importantes autores griegos de la literatura del siglo XX, nacido en 1863 y fallecido en 1933. Destacó por su poesía, en la que incluyó elementos de épocas pasadas, tanto en relación a la civilización clásica como a la cultura bizantina, y otros destalles relacionados con períodos modernos, las ideas y los temas que trata han de incluirse en las grandes experiencias del hombre, y en los problemas existenciales relacionados con el ser humano. Criticaba muy duramente su obra y mantuvo una ética propia en su vida y en sus escritos, rechazando, por ejemplo, tendencias nacionalistas.

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Poseidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Poseidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.


(I) Imagen del escritor Kavafis.

jueves, 2 de octubre de 2008

Casandra

Ya en la Ilíada y en la Odisea aparecía la figura de Casandra, joven princesa hija de Príamo y Hécuba (últimos reyes de Troya antes de que ésta fuese arrasada). Consagrada como sacerdotisa del dios Apolo, que favoreció a Ilión durante la guerra, éste se enfureció después de que ella lo rechazase. Previamente, la muchacha le había prometido entregarse a él a cambio del don de la profecía y los augurios. El dios cumplió su parte de la promesa, pero Casandra se negó a hacer tal cosa y Apolo la castigó de un modo cruel y peculiar. En lugar de retirarle el don entregado, permitó que lo conservase, pero la maldijo, provocando que nadie creyese en sus vaticinaciones. De esta manera, Casandra predijo la caída de Troya y alertó a los ciudadanos, pero nadie le hizo caso. Poco después fue violada por Áyax en el templo de Atenea; la diosa se enfureció ante tal sacrilegio -en medio del frenesí el guerrero llegó a derribar una estatuilla de la diosa- y condujo a Áyax a un violento final a su regreso a la patria. Tomada como cautiva por Agamenón y llevada a Micenas, vislumbró su propio asesinato a manos de, Clitemnestra, la esposa del rey de la ciudad. Murió de esta manera sin sorpresa, sabiendo lo que sucedería; meditándolo fríamente, es más terrible que hacerlo con total ignorancia.

Ismael Serrano compuso una canción con este título,
Casandra, y la incluyó en su álbum Sueños de un hombre despierto. Como puede verse en la letra, algo tiene que ver con la leyenda citada, pese a que el desenlace de la narración es mucho menos trágico gracias en parte al giro que el autor da a la historia incluida en la canción.

Aquí les dejo la letra de
Casandra:

Casandra vio en sueños el futuro.
En la sombra de una pesadilla Casandra leyó
los versos de ese poema que aún no han escrito
los dioses que, riendo, la hirieron con su maldición.
Supo del hambre y de las guerras de siempre,
de bufones celebrando el odio, bailando entre hogueras,
de despedidas y de monstruos minerales
bebiendo insaciables la savia dulce del planeta.

Casandra vio a hombres y mujeres
dormitando en sus burbujas
tras las máscaras del miedo.
Mas también vio la luz del alba
asomar por la cancela que nadie jamás abrió.
Supo que aún quedaban esperanzas,
que otros sueños la esperaban.
Casandra habló a todos de sus sueños
mas nadie la oyó.

Nadie creyó en Casandra y sus visiones
y la gente sólo vio en su augurio delirio y locura.
La condenaron a vagar perdida y sola.
Herejía es mostrar la verdad descarnada y desnuda.
Abandonada tras los años la encontró
un muchacho que andaba buscando esperanza y respuestas.
Casandra habló con pasión de sus presagios
y de la luz del amanecer brillando tras la puerta.

-Creo en ti Casandra. No estás loca.
Se besaron y en su boca florecieron madreselvas.
-Dulce Casandra, ponte de pie.
-Yo te he conocido antes. Quizá te soñé.
Hay quien duda ya y cree en la leyenda.
Juntos buscarán la puerta.
Dulce mañana.
Yo, no se tú...
creo en Casandra.

Y aquí coloco el vídeo correspondiente:



Una pequeña aclaración:
Hoy no me he detenido a narrar las leyendas vinculadas con Casandra, como son el saqueo deTroya o la tragedia de Agamenón, historias hermosas y dramáticas de la mitología grecolatina que honrarían el blog de cualquier amante de la cultura clásica. En los próximos días trataré de dedicarles unos cuantos artículos.

(I) Casandra en un cuadro de Evelyn de Morgan.