viernes, 22 de agosto de 2008

Ganimedes

Tras haber hablado de dos célebres muchachas amadas por Zeus, Europa y Dánae, me referiré ahora al gran amor masculino del padre de los dioses, el joven troyano Ganimedes. Se trata de un personaje de gran importancia, no tanto en los relatos mitológicos, como en diversas manifestaciones artísticas. Éstas no se corresponden tan solo con el período clásico, sino que también aparecen en épocas posteriores; por ejemplo, en pinturas renacentistas y barrocas.

En la narración mítica, Ganimedes era un muchacho frigio a veces identificado como uno de los hijos del rey. Zeus se fijó en él fortuitamente, mientras el jovencito cuidaba de los rebaños en lo alto del monte Ida. Algunos escritos lo sitúan en el mismo lugar, pero llevando a cabo otra clase de actividades. Fuera como fuese, el dios se enamoró perdidamente de Ganimedes y, como acostumbraba a suceder, no se le ocurrió la posibilidad de tratar de contenerse.

En una de las versiones del mito, Zeus envió un águila con objeto de que raptase al muchacho y lo llevase volando al Olimpo mas, según otras narraciones, él mismo se transformó en el animal con objeto de llevar a cabo el secuestro (como ya hemos visto, Zeus adoptó en numerosas una apariencia zoomorfa para acercarse a algunas de sus amantes, como Dánae, Leda o Europa). Ya en el Olimpo, el dios convirtió al joven Ganimedes en el escanciador de los dioses, además de hacerlo objeto de otras atenciones.

Existe otra narración del mito un tanto distinta. En ella, es Eos, la Aurora, quien, perseguidora de toda belleza masculina, secuestró a Ganimedes y a su hermano Titono. Zeus terminó por enamorarse del primero y por exigir su entrega a Eos, de un modo semejante a la versión anteriormente narrada. De este modo, la Aurora permaneció junto a su amado Titono, el cual recibió la ambigua suerte de no morir jamás. Lo lamentable de tal destino es que a este don no venía unido el de la eterna juventud, por lo que Titono se marchitó y empequeñeció hasta que nada visible quedó de él.

Ganimedes es todo un icono dentro de la mitología grecolatina; se trata de un ideal de jovencito hermoso, y el mito que protagoniza junto a Zeus, una narración en la que algunos estudiosos han visto un reflejo de las relaciones entre hombres adultos y muchachos. Así mismo, resultan célebres los enfados de Hera a raíz de la presencia de Ganimedes en el Olimpo, que se sitúa, junto al juicio efectuado por Paris acerca de su hermosura, como una de las causas de su animadversión hacia todo lo relacionado con Troya.


Ovidio, poeta romano, incluyó en su obra Metamorfosis unos versos dedicados a Ganimedes y a su rapto:

"El rey de los dioses ardió en otro tiempo de amor por el frigio Ganimedes y se encontró algo que Júpiter prefería ser antes de lo que era. Sin embargo, no se digna transformarse en ave, a no ser la puede llevar sus rayos [el águila es el ave de Zeus, su mensajera]. Sin demora, tras batir el aire con sus falsas alas, raptó al Ilíada, que ahora prepara las bebidas y sirve el néctar a Júpiter contra la voluntad de Juno" [libro X, versos 155-161].


En poesía griega (como en algún fragmento de Homero) aparecen referencias a Ganimedes. En la posterior obra de Luciano de Samósata, encontramos dos diálogos (Diálogos de los dioses, V y VI) que se refieren al momento del rapto del muchacho y a una posterior discusión de Zeus y Hera con respecto a la presencia de Ganimedes en el Olimpo.

(1) Ganimedes raptado por el águila de Zeus o por Zeus metamorfoseado en águila, en un cuadro de Peter Paul Rubens.
(2)Eos o la Aurora en un cuadro de William Adolphe Bouguereau.
(3) El rapto de Ganimedes en un dibujo de Michelangelo Buonarotti.
(4) Escultura en la que aparece Ganimedes como escanciador (destacar el gorro frigio que porta este personaje en diversas obras de arte) tendiendo la copa a Zeus convertido en águila.

domingo, 10 de agosto de 2008

Perseo

En el artículo anterior me referí ya al descendiente de Dánae y Zeus, Perseo. Arrojado al mar con su madre en una caja y rescatado por unos pescadores, vivió hasta su juventud en el palacio de Polidectes, el cual pretendía cortejar a Dánae fingiendo interesarse por Hipodamía. Sin embargo, el joven no tardó en hacer honor a su sangre divina lanzándose a la aventura.

Posiblemente nadie creyó inicialmente a Perseo cuando afirmó que pensaba traer como regalo para Polidectes la cabeza de la gorgona Medusa. Se trataba no ya de una misión imposible, sino de una empresa suicida. Para Polidectes, sin embargo, se trataba de la ocasión ideal en la que al fin podría dejar de preocuparse por el único que protegía a Dánae de sus intentos de seducción. Perseo, asustado o no a causa del peligro, se dirigió presto a cumplir su promesa.

Es preciso comentar que las gorgonas eran descendientes de Forcis y Ceto. No resultaban agradables a la vista: cuerpos semejantes a los de los dragones y demás bestias con apariencia de reptil, serpientes en vez de cabellos, colmillos parecidos a los del jabalí y ojos de mirada muy penetrante... tan penetrante que convertía en piedra a todo aquel que las mirase. Las tres hermanas recibían el nombre de Medusa, Esteno y Euríale.

Perseo, como joven mortal que era, no podía calificarse de justo rival de aquellos monstruos, pero, ante semejante panorama, los dioses se decidieron a ayudarlo. El muchacho se encaminó entonces a ver a las grayas, tres hermanas que compartían un solo ojo y un solo diente. Perseo les arrebató amabas cosas y, dado que sin ellas no podían ver ni comer, se avinieron a razones y respondieron a sus preguntas acerca del lugar donde se hallaban las gorgonas, que (afortunadamente) no se encontraban en el territorio que habitaban los hombres.

El dios Hermes, posiblemente admirado del ingenio y la habilidad de su hermanastro Perseo, le prestó sus sandalias aladas y una espada imposible de romper. Atenea, siempre protectora de los héroes en cuyo bando se posicionaba, le cedió un escudo y un casco que serían clave a la hora de poder vencer a las tres hermanas.

Cubierto por tan importantes obsequios de los dioses, Perseo se dirigió al encuentro de las gorgonas, encontrándolas dormidas según algunas versiones. El valioso casco del que se le había hecho entrega lo convertía en invisible y, observando siempre con ayuda del bruñido metal del escudo, el joven pudo seleccionar al ser que deseaba matar: Medusa, por ser la única mortal de las tres hermanas. Se acercó sigilosamente a ella, le cortó la cabeza con la espada de Hermes y la guardó en su bolsa, evitando mirarla directamente pues conservaba su poder de convertir a los hombres en piedra.


Como era de suponer, esto despertó a Euríale y Esteno, que se decidieron a proteger a su hermana del atacante, aunque nada pudieron hacer mientras el invisible Perseo se alejaba volando mientras de la sangre de Medusa surgía el caballo también alado
Pegaso.

Si bien Perseo se disponía a regresar al reino de Polidectes directamente, mientras volaba sobre la costa descubrió a una hermosa muchacha desnuda y atada a una roca. Evidentemente, un joven valeroso y compasivo como este héroe no podía pasar de largo y, desde luego, no hizo tal cosa, en especial cuando observó que un monstruo marino la acechaba con intención de devorarla. Rescató a la jovencita y no tardó en enterarse de su historia: era Andrómeda, hija de los reyes de aquel lugar, Etiopía. Su madre, Casiopea, se había jactado de ser más hermosa que las Nereidas y éstas, furiosas, habían pedido a Poseidón que la castigase. Para ello, el dios había enviado un monstruo a asolar la costa del reino, exigiendo como tributo la vida de la hija de los regentes. Perseo se enamoró de la muchacha y pidió su mano al rey de Etiopía. Éste no pudo negar tal favor al salvador de su hija.

De esta manera, ya con su futura esposa, Perseo regresó al reino donde se hallaba su madre y se personó en el banqete que ofrecía Polidectes, diciéndole que, tal y como había prometido, había acabado con una gorgona. El monarca se rio de él y, en ese momento, el joven extrajo la cabeza de Medusa de su bolsa y la colocó frente a Polidectes, de modo que éste se convirtió en piedra.

Desgraciadamente para Perseo y para su abuelo, las profecías de los dioses solían cumplirse (ver artículo anterior, acerca de Dánae), por lo que el muchacho terminó matando accidentalmente a su familiar en una competición de lanzamiento de disco en Larisa. Se casó con Andrómeda y, según algunas leyendas, ambos se convirtieron en origen de la raza de los persas.

(1) Busto de una gorgona, posiblemente Medusa.
(2) Perseo con la cabeza de Medusa cortada en una mano y la espada en la otra en una escultura de tipo clásico.
(3) Cabeza cortada de Medusa en un cuadro barroco de Peter Paul Rubens.
(4) Perseo resctando a Andrómeda en un fresco hallado en una casa pompeyana durante las excavaciones.

sábado, 9 de agosto de 2008

Dánae

En diversas ocasiones, de los amoríos de Zeus con mortales -y, por supuesto, con diosas- surgieron importantes héroes, semidioses y divinidades que protagonizan muy interesantes leyendas. Éste es el caso de Perseo, y de su madre, Dánae.

Dánae era una princesa de la ciudad de Argos, hija de Acrisio y Aganipe. Como descendiente del soberano, resultaba natural que se casara y diese a luz un heredero para la corona, una vez falleciese su abuelo. Desgraciadamente para el monarca, un oráculo lo informó prontamente de que el niño que daría a luz su hija lo destronaría y, por si esto fuera poco, acabará con su vida. Esta clase de oráculo es muy semejante al de la leyenda de Edipo, en el que al rey Layo se le dijo que su hijo le mataría, le arrebataría el trono de Tebas y se casaría con su esposa, Yocasta, cumpliéndose luego todo esto.

Acrisio, muy preocupado por el oráculo -las profecías y los designios de los dioses no eran un tema para bromear-, tomó una drástica decisión para evitar que éste se cumpliese: resolvió no permitir que su hija se casase y cuidar de que permaneciese virgen. Para esto, la encerró en una habitación (de bronce, según algunas versiones) y prohibió que hombre alguno se acercase a ella.


Para su desgracia, el soberano no contaba con la voluntad contraria de los dioses y, contrariamente, del rey de las divinidades: el mismo Zeus. Éste se enamoró de la muchacha y en ningún momento se le pasó por la cabeza la posibilidad de renunciar a los deseos. Como ya había hecho en otras ocasiones, decidió no presentarse tal cual era, sino que descendió en forma de lluvia de oro sobre Dánae, dejándola encinta.

Cuando Acrisio tuvo noticia del embarazo de su hija, no sintió precisamente alborozo al pensar que iba a ser abuelo, sino que montó en cólera y llegó a culpar a su hermano de lo sucedido, puesto que no se hallaba dispuesto a creer que el niño que su descendiente llevaba en el vientre era hijo de Zeus.

Así pues, aguardó pacientemente a que Dánae diese a luz y, en un gesto de inusitada crueldad, ordenó que madre e hijo fuesen encerrados en un arcón de madera. No mostró un ápice de piedad hacia la pobre muchacha, y el mueble, con sus dos familiares dentro, fue arrojado a las aguas del mar donde, suponía Acrisio, ambos se ahogarían y nadie amenazaría ya su trono.

Los designios de los dioses eran distintos. Dánae y su bebé, Perseo, tuvieron la buena fortuna de que unos pescadores hallasen la caja con ambos dentro y los rescatasen. Después de esto, fueron llevados al lugar del que procedían los pescadores (reino de Sérifos), donde se hospedaron en el hogar del dirigente: Polidectes. Éste no tardó en tratar de seducir a la joven Dánae, fingiendo estar enamorado de la princesa Hipodamía. Fue entonces cuando Perseo, imitando a los que le ofrecían regalos para que conquistase a la bella princesa, le prometió traerle la cabeza de la gorgona Medusa. Polidectes no cupo en sí de gozo: de todos eran sabido que aquella misión era imposible de cumplir para un mortal. Pero Perseo era el inteligente hijo de un dios.

(1) Dánae recibiendo a Zeus en forma de lluvia dorada en un cuadro renacentista de Tiziano.
(2) Dánae recibiendo a Zeus en forma de lluvia dorada en un cuadro de Gustave Klimt.
(3) Perseo con la cabeza de la gorgona Medusa en un fresco pompeyano.