viernes, 27 de junio de 2008

Europa

Los dioses de la mitología clásica no son modelos de absoluta perfección moral sino que, al igual que los humanos, se ven a menudo víctimas de distintas pasiones y sentimientos encontrados que, en general, parecen no afectar a los inmortales. Se equivocan, son violentos (a menudo incluso crueles), no siempre todo lo justos que deberían y, en diversos casos, profundamente veleidosos y enamoradizos.

En este sentido, el propio soberano de los dioses, Zeus, demuestra ocasionalmente sus favoritismos y hace gala de una gran crueldad a la hora de castigar a sus enemigos -incluyendo a su propio padre-. Pero, sobre todo, demuestra una completa y absoluta falta de fidelidad al matrimonio. Baste mencionar el hecho de que, de las decenas de hijos de esta divinidad, tan solo cuatro proceden también de Hera.

Las leyendas relativas a estas aventuras de Zeus son a menudo curiosas: en ellas, este dios se metamorfosea en innumerables animales y objetos (toro, águila o cisne son algunos ejemplos) o tiene problemas a causa de los celos de su esposa. Además, de estas uniones descienden numerosos héroes y dioses: Heracles, Perseo, Apolo, Artemisa,...

Una de las más célebres amantes de Zeus fue la joven llamada Europa. Esta muchacha, de indudable belleza, era una princesa hija del soberano Agenor (cuyo reino era Tiro). Además, tenía como hermano a Cadmo, el héroe que fundaría posteriormente la ciudad de Tebas, a cuyos reyes pareció perseguirlos la mala fortuna. Una familia importante, como pueden ver.
Quizá a Zeus podría haberle resultado un inconveniente el hecho de que se tratase de una vulgar mortal, por muy princesa y rica que fuese. Mas, desde luego, eso no se convirtió en un impedimento. El soberano de los dioses se enamoró perdidamente de la chica y decidió conseguirla, aunque tuviese que recurrir a una meditada estrategia. La muchacha solía jugar con sus amigas a la orilla del mar. De hecho, Zeus sabía que se trataba de una de sus distracciones favoritas y, desde luego, tuvo el ingenio suficient para aprovechar este hecho. De esta manera, Europa y sus compañeras se asombraron un día al ver acercarse una manada de toros. Es de suponer que al principio se asustaron, pero uno de estos animales, un magnífico ejemplar de pelaje blanco o pardo (según las versiones), se acercó hacia ellas mansamente. La joven protagonista se sintió al punto fascinada por el gran toro y se acercó a acariciarlo. Sorprendentemente, el sumiso animal se lo permitió y le inspiró tal confianza que la muchacha terminó por subirse al lomo de la imponente bestia.

Quizá entonces pensó que nunca debería haberlo hecho. Tan pronto se hubo aupado a la grupa, el manso toro pareció volverse loco y echó a correr hacia el mar. Las amigas de Europa no pudieron sino contemplar aterradas el espectáculo, mientras la jovencita, suponemos que muy asustada, se aferraba al animal para no caerse en la veloz carrera. La bestia se introdujo en el agua y nadó con la muchacha a la grupa hasta la isla de Creta, donde se produjo el prodigio. Y Europa tuvo ante sus ojos no ya a un toro, sino al mismísimo dios Zeus, que se acostó con ella, cumpliendo al fin sus deseos. De esta divinidad dio a luz la joven princesa a Minos y Radamantis, que juzgaban a las almas de los muertos a su llegada al Averno.


Luciano de Samósata, en sus Diálogos Marinos, XV, describe de esta adornada manera la travesía de Zeus y Europa hasta Creta, poniéndola en boca del viento Céfiro:

"Pues el mar quedó al punto sin olas, atrajo la calma y se presentaba liso; nosotros permanecíamos todos tranquilos y los acompañábamos, sin ser otra cosa que espectadores de lo que estaba ocurriendo; unos Amorcillos sobrevolaban un poco por encima del mar, de modo que a veces tocaban el agua con las puntas de sus pies; llevaban antorchas encendidas y cantaban a coro el himeneo; las Nereidas, que habían emergido del mar, cabalgaban sobre los delfines y aplaudían, semidesnudas en su mayoría; la familia de los Tritones y demás seres marinos de aspecto agradable danzaban todos en torno a la muchacha; el propio Poseidón, montado en su carro, con Anfitrite sentada a su lado, presidía gozoso el cortejo, abriendo camino a su hermano, que venía nadando; detrás de todos, dos Tritones llevaban a Afrodita sentada en una concha, esparciendo toda suerte de flores sobre la novia. Todo esto ocurrió desde Fenicia hasta Creta; pero una vez que arribó a las isla, esta no volvió a verse más el toro, sino que Zeus, tomándola de la mano, condujo a la cueva Dictea a Europa, con el rostro ruborizado y la mirada baja, pues ya sabía con qué finalidad la llevaba. Y nosotros, precipitándonos, con nuestro soplo levantábamos distintas partes del mar".

martes, 24 de junio de 2008

Hera, esposa de Zeus y madre de los dioses

Hera, importante divinidad hija también de Cronos y Rea, estaba casada con su propio hermano, Zeus (estas relaciones incestuosas no son escasas en la mitología grecolatina). Se la suele representar de un modo regio y elegante, como soberana de los dioses. La diosa correspondiente en el panteón romano es Juno.

La esposa de Zeus protagoniza un sinnúmero de leyendas en relación, precisamente, a las relaciones extramatrimoniales de su marido, no precisamente escasas. De hecho, del elevado número de personajes engendrados por Zeus, tan solo cuatro desciende de su legítima mujer: Ares (dios de la guerra), Hefesto (al que Hera precipita desde el monte Olimpo cuando nace a causa de su fealdad), Ilitía (diosa del nacimiento) y Hebe (escanciadora del néctar de los dioses hasta la llegada de Ganimedes).

Hera no vio en ningún momento con buenos ojos estas frecuentes aventuras de su marido. De hecho, se enfurecía terriblemente cada vez que descubría la existencia de una nueva amante, llegando a ensañarse con los hijos ilegítimos del soberano de los dioses (por ejemplo, con Heracles, al que causó numerosos problemas). Siendo así, no es extraño que Zeus intentase de ocultar a su mujer algunas de sus relaciones, pero Hera fue siempre una diosa muy sagaz, que no se dejaba engañar por disfraces o transformaciones. Las discusiones de los dos miembros de la pareja solían ser bastante violentas y surgían a menudo a raíz de este asunto.

Tiene una destacada importancia en la Guerra de Troya y los acontecimientos derivados (por supuesto, en las obras vinculadas: Ilíada y Odisea, atribuidas a Homero; Eneida, de Publio Virgilio Marón). Se posiciona en contra de los troyanos a causa del profundo enfado debido a que Paris no le entregase a ella la manzana de oro con la inscripción "Para la más bella", sino a Afrodita. En la Eneida se posiciona en contra de Eneas, intentando por todos los medios que no se establezca en la región del Lacio.


En la mitología romana, como sucede también en considerable medida en la griega, la diosa Juno se vincula con la fertilidad, de modo que el mes cuyo nombre procede del de la diosa se considera un buen momento para los matrimonios. Además, se trataba de una divinidad de importancia para las matronas romanas. Existían unas fiestas, las Matronalia, que incluían culto a la diosa Juno por parte de las mujeres y que tenían lugar a principios de marzo.Formaba parte de la llamada Tríada Capitolina: Júpiter (Zeus), Minerva (Atenea) y Juno (Hera).

(1) Escultura clásica de Hera.
(2) Fresco de Annibale Carraci en el cual aparecen Zeus y Hera.
(3) Moneda romana con figura femenina e inscripción IVNO REGINA: Reina Juno.

Hestia, la casta guardiana del hogar

Hestia (la romana Vesta) no fue una diosa protagonista de innumerables leyendas, mas, sin embargo, se trataba de una divinidad amable, tranquila y compasiva (lo que, en comparación con algunos de sus familiares, es todo un logro), sin aparente tacha. Se trataba de una diosa protectora del hogar, el cual se consagraba por completo a Hestia.

Esta divinidad es célebre por haber hecho firme voto de permanecer siempre virgen -como sucedería luego con Artemisia y Atenea, también en el empeño de continuar doncellas-. Permaneció siempre en su hogar, manteniendo la paz y la armonía. Nunca llegó a ceder a proposición amorosa alguna, ni siquiera cuando Poseidón y Apolo le pidieron matrimonio. Se trataba de una divinidad muy respetada, que solo sufrió una agresión cuando Príapo, completamente borracho, trató de violarla mientras ella dormía tras una fiesta en compañía de los demás dioses. Afortunadamente, Vesta se despertó a tiempo y aulló de tal modo que Príapo se vio obligado a huir. En este sentido, Hestia era una diosa protectora (se creía que castigaría a aquel que tratase de forzar a alguien que se hallase bajo su protección).


Si ya en Grecia Hestia fue una diosa importante, su correspondiente en la mitología romana la superó con creces. Vesta era una divinidad esencial en el panteón latino. Las sacerdotisas consagradas a su culto -las vestales- eran elegidas entre las niñas de clase patricia de entre ocho y once años. Pasaban diez preparándose e iniciándose en el culto a la diosa, otros diez como servidoras de ella y los diez restantes como maestras de las novicias. Durante este tiempo, las vestales habían de mantenerse vírgenes: para ellas estaba completamente vetado el mantener relaciones sexuales. Pasados los treinta años, eran libres de contraer matrimonio o abandonar el servicio de la diosa, aunque muchas de ellas permanecían en el templo.

La vestal acusada de impura era sometida a un juicio en el cual aparecía la figura del pontifex maximus, máximo cargo religioso en Roma. De ser hallada culpable, su amante sería ejecutado (probablemente muerto a azotes) y ella sería amortajada como un cadáver y llevada en procesión fúnebre hasta una cámara funeraria. La mujer era abandonada en ella y se le dejaba algo de comida, agua y una lucerna, sellando luego la tumba. De esta manera, la vestal era literalmente enterrada viva. Ningún verdugo podía poner su mano sobre el cuerpo consagrado de la sacerdotisa; de ser culpable, sería Vesta quien provocaría su muerte.

Las vestales tenían una gran importancia social en Roma: ocupaban lugares de honor en espectáculos y acontecimientos públicos, procedían de familias nobiliarias y no eran precisamente pobres. Vestían de blanco, color de la pureza, y una de sus más importantes misiones era mantener encendido el fuego sagrado, la llama de Vesta. Vivían en la llamada Casa de las Vestales. Los retos del templo, uno de los pocos de forma circular, son aún hoy visibles en el Foro romano.

(1)Escultura de la diosa Hestia.
(2) Decoración de una vasija griega con [de izquierda a derecha] Zeus, Ganimedes y Hestia.
(3) Virgen vestal en un cuadro de Frederick Leighton.

Deméter, responsable de la fertilidad de la Tierra

Deméter (Ceres en la mitología romana) es la diosa relacionada con la vegetación y la fertilidad de la tierra, ella es la responsable del nacimiento de las plantas y el crecimiento de las cosechas. No es extraño, por tanto, que el culto a esta divinidad se relacione con los ciclos naturales de nacimiento en primavera-muerte en invierno, y vuelta a empezar en el nuevo año. Deméter destaca fundamentalmente por la leyenda que atañe a su hija Perséfone (Proserpina en la mitología romana) y que tiene una gran importancia en su culto.

Perséfone era, según se contaba, una joven muy hermosa. Tan bella que el propio dios de los muerto, Hades, se enamoró perdidamente de ella. Y como no parecía tener demasiadas oportunidades de casarse con ella por las buenas, decidió emplear la violencia. De esta manera, emergió de la tierra y raptó a la muchacha mientras ésta se divertía tranquilamente. Una experiencia traumática, desde luego.

Más debió de serlo para su madre. Deméter, enterada prontamente de lo sucedido, suplicó a Zeus (que, por cierto, era el padre de Perséfone, tras haberse unido a su hermana, lo que no es poco habitual entre estos dioses, como ya se ha visto) que obligase a Hades a devolver a la joven. El dios de los muertos no parecía dispuesto a complacer a la desolada diosa. Deméter se entristeció notablemente y, a causa de todo esto, la vegetación se marchitó y las cosechas murieron rápidamente. Una terrible hambruna asoló todo el territorio: la diosa de la fértil tierra y la vegetación, en su congoja, había convertido las tierras en páramos yermos, plagados de vegetales marchitos.


Esta situación no podía prolongarse, al menos en caso de que los dioses no quisieran ver caer muertos a los mortales. Por tanto, Zeus se encaró con Hades y lo obligó a permitir que la pobre Perséfone regresase con su madre, acompañada por Hermes desde el Inframundo hasta la superficie. Mas, poco antes, el astuto dios había hecho que la joven probase un alimento del reino de los muertos -unas pepitas de granada- que la obligaban a regresar llegado el invierno. De este modo se explicaba que, una vez en esta época del año, toda la vegetación se marchitase (el dolor de la pobre Deméter por el hecho de que su hija regresase con Hades era muy intenso), mientras que, con el regreso de Perséfone en primavera, la tierra florecía de nuevo.

Existía un importante culto a Deméter y Perséfone, relacionado en buena parte de este mito: se trataba de los llamados Misterios de Eleusis, que tuvieron gran popularidad ya en la Grecia antigua y que sobrevivieron una vez conquistada esta por los romanos (al menos hasta que Teodosio, en su obsesivo afán de extender el cristianismo y erradicar cualquier referencia al paganismo hizo derribar templos en ciudades como Olimpia y prohibió terminantemente cultos como el de los Misterios de Eleusis). En ellos, los iniciados participaban en rituales exclusivamente secretos excepto para ellos y por una serie de ritos de purificación.

(1) Deméter en una escultura clásica.
(2) Hades raptando a Perséfone en un cuadro de Luca Giordano.
(3) Perséfone de vuelta del Inframundo junto al dios Hermes, recibida por su madre Deméter, en un cuadro de Frederick Leighton.

lunes, 23 de junio de 2008

Poseidón, soberano de las aguas

Derrocado ya Cronos por Zeus (a imagen de lo que el primero había hecho con su padre Urano), Poseidón, Zeus y Hades se reparten el universo, quedándose Poseidón con lo relativo a los mares y los océanos. Se ocupó de gobernarlos, provocando tempestades y calmas a placer (y, evidentemente, causando amplios estragos de cuando en cuando, especialmente a aquellos personajes que no terminaban de agradarle).
En algunas leyendas, se atribuye a Poseidón (Neptuno en la mitología romana) la paternidad de los Cíclopes (aunque, como ya ha sido citado, en otras éstos se suponen descendientes de Gea y Urano, lo que nos lleva a un período muy anterior). Uno de ellos tiene un papel destacado en el regreso a casa del pobre Odiseo: se trata de Polifemo.

Este cíclope no se comporta, precisamente, como un honrado huésped del viajero y sus acompañantes, puesto que devora a varios de los compañeros de Odiseo. De hecho, toda la expedición hubiera acabado en el estómago del cíclope de no haber sido por el ingenio de Odiseo, que se ocupó de emborrachar a Polifemo, cegarlo con un poste de madera afilado (recordemos que solo tenía un ojo) y escapar con sus compañeros escondidos bajo las ovejas del cíclope. El héroe terminó la faena burlándose del cíclope: cuando éste le preguntó su nombre, respondió diciendo que se llamaba "Nadie". De esta manera, Polifemo volvió con sus compañeros gritando algo parecido a "Nadie me ha cegado" o "Nadie me ha atacado", con la consiguiente hilaridad general. Odiseo debió de reírse a gusto mientras abandonaba la isla con sus compañeros.


Pero las risas le salieron caras al ingenioso héroe. El hijo de Poseidón corrió a ver a su padre que, como dios de las aguas, se ocupó con gran celo de dificultar aún más si cabe el regreso de Odiseo a Ítaca, que duró unos veinte años.

Ésta no es la única relación de Poseidón con la Guerra de Troya o con la misma ciudad. Este dios se hallaba muy en contra de esta urbe. Todo comenzó cuando él y Apolo fueron obligados a servir al rey Laomedonte, que desconocía su naturaleza divina. Apolo se ocupaba de apacentar los rebaños troyanos, mientras que Poseidón edificaba la célebre muralla de Ilión (lo que la convertiría en prácticamente inexpugnable). Sin embargo, el avaricioso Laomedonte se negó a pagarles terminado ya el trabajo.

Apolo enterró rápidamente su odio y, de hecho, se posicionó a favor de Troya durante la guerra, pero Poseidón estaba demasiado furioso. Por ello, envió un monstruo a que asolase las cercanías de Troya y causase destrozos, exigiendo el sacrificio de la hija de Laomedonte, Hesíone, para aplacar a la bestia. El rey no sabía qué hacer: por una parte, no deseaba entregar a su hija a aquella monstruosa criatura pero, como soberano, tampoco podía dejar que su ciudad y sus ciudadanos viesen su fin. La solución llegó como caída del cielo. Heracles acertó a personarse en Ilión y ofrecerse a terminar con el monstruo, exigiendo como pago los dos caballos divinos de Troya (aquellos que Zeus había entregado al soberano Ilo a cambio del adolescente Ganimedes, hermoso hijo de este rey). Laomedonte, desesperado, aceptó, pero, a la hora de la verdad, volvió a hacer gala de una inconmensurable tacañería y se negó a entregar lo acordado.

Heracles se enfureció y, pasado un tiempo, regresó con un pequeño ejército, saqueando la ciudad. Entregó a Hesíone en matrimonio a uno de sus amigos, el guerrero Telamón y, en buena parte para aplacer la tristeza de la novia, le ofreció salvar de la esclavitud al prisionero que ella eligiese. La joven seleccionó a su hermano Podarces, un muchacho en aquel entonces, único superviviente de la casa real. Heracles, a pesar de hallarse un tanto contrariado ante la idea de permitir que un miembro de la familia real continuase vivo y libre, aceptó. Hesíone pagó como precio simbólico un velo por la libertad de su hermano, cuyo nombre fue a partir de entonces Príamo: el soberano de Troya cuando se desencadenó la guerra.

(1) Poseidón en una escultura que adorna un monumento público.
(2) Odiseo en la cueva del cíclope Polifemo, hijo de Poseidón, en un cuadro de Jacob Jordaens, pintor barroco.
(3) Apolo de Belvedere, escultura de los Museos Vaticanos.

Hades y los Infiernos

Tras los titanes, llegamos ya a la generación de los dioses olímpicos, los cuales son inicialmente seis: Zeus y sus hermanos, todos ellos hijos de Rea y Cronos. Se trata de Hades, Poseidón, Hestia, Deméter, Hera y el propio Zeus.

Hades (Plutón en la mitología romana) no ha pasado a la historia como un dios muy luminoso o lleno de piedad y conmiseración. No se trataba de la clase de divinidad a la que uno estaría encantado de conocer. De hecho, era precisamente el dios cuya morada nadie deseaba visitar, porque Hades vivía en el mundo subterráneo, allá adonde iban las almas de los difuntos después de la muerte.

Y es que de eso se ocupaba Hades: era el dios de los muertos. Cuando Poseidón, Zeus y Hades se repartieron el universo, no salió demasiado bien parado. Mientras que Zeus se hizo con los Cielos, Poseidón se quedó con el agua y Hades, con el mundo subterráneo. En éste se situaba su vivienda: un palacio, como correspondía. La esposa de Hades era la joven Perséfone (hija de Deméter), a la que había raptado. Finalmente, accedió a tenerla consigo tan solo en los meses de invierno (lo que en la mitología explica la tristeza en su madre, Deméter, lo que lleva a las heladas y la falta de cosechas en los campos).

Este mundo subterráneo, que recibe también el nombre de Hades o de Infierno (aunque resulta más correcto designarlo como Infiernos por lo que veremos a continuación) era el lugar donde se encontraban las almas tras la muerte del cuerpo. Pero las cosas no eran tan sencillas. Al inhumar o quemar el cadáver, era preciso introducir una moneda en la boca del mismo. Se suponía que el alma, al llegar al borde del río Éstige (que conducía al Hades) debía de pagar con esta moneda a Caronte, el barquero que la llevaría hasta los Infiernos. De no tener la necesaria pieza (bastaba con un sencillo óbolo), se vería condenada a vagar por las orillas de este río.

En la entrada del Hades se encontraba Cerbero, el perro de tres cabezas que impedía la entrada de mortales y la salida de los espectros de difuntos. Las almas eran juzgadas por tres personajes: Radamantis, Éaco y Minos. En función de si la persona había tenido un comportamiento recto o no, se destinaba a las almas al Tártaro (lugar de tormentos, como los de Sísifo o Tántalo) o bien a las Islas de los Bienaventurados (cuyo nombre denota ya su carácter positivo). Sin embargo, esta idea aparece en versiones posteriores (y, si se dan cuenta, recuerda bastante a la idea de vida tras la muerte de diversas religiones y creencias, algunas muy cercanas a nosotros). Previamente, se habla del Hades como de un lugar oscuro, repleto de espectros, profundamente sombrío, que difiere en esto del descrito anteriormente.


En un pasaje de la Odisea (canto XI), el autor pone en boca de Odiseo la descripción de la manera en la que consulta a las almas de diversos difuntos, realizando en primer lugar varias ofrendas (como, por ejemplo, mil) y sacrificando luego diversos animales para atraer con su sangre a los espectros, a los cuales realiza después preguntas. Les dejo el inicio del canto:

"Y Helios se sumergió, y todos los caminos se llenaron de sombras. Entonces llegó nuestra nave a los confines de Océano de profundas corrientes, donde está el pueblo y la ciudad de los hombres Cimerios cubiertos por la oscuridad y la niebla. Nunca Helios, el brillante, los mira desde arriba con sus rayos, ni cuando va al cielo estrellado ni cuando de nuevo se vuelve a la tierra desde el cielo, sino que la noche se extiende sombría sobre estos desgraciados mortales. Llegados allí, arrastramos nuestra nave, sacamos los ganados y nos pusimos en camino cerca de la corriente de Océano, hasta que llegamos al lugar que nos había indicado Circe. Allí Perimedes y Euríloco sostuvieron las víctimas y yo saqué la aguda espada de junto a mi muslo e hice una fosa como de un codo por uno y otro lado. Y alrededor de ella derramaba las libaciones para todos los difuntos, primero con leche y miel, después con delicioso vino y, en tercer lugar, con agua. Y esparcí por encima blanca harina. Y hacía abundantes súplicas a las inertes cabezas de los muertos, jurando que, al volver a Itaca, sacrificaría en mi palacio una vaca que no hubiera parido, la que fuera la mejor, y que llenaría una pira de obsequios y que, aparte de esto, sacrificaría a sólo Tiresias una oveja negra por completo, la que sobresaliera entre nuestros rebaños. Luego que hube suplicado al linaje de los difuntos con promesas y súplicas, degollé los ganados que había llevado junto a la fosa y fluía su negra sangre. Entonces se empezaron a congregar desde el Erebo las almas de los difuntos, esposas y solteras; y los ancianos que tienen mucho que soportar; y tiernas doncellas con el ánimo afectado por un dolor reciente; y muchos alcanzados por lanzas de bronce, hombres muertos en la guerra con las armas ensangrentadas. Andaban en grupos aquí y allá, a uno y otro lado de la fosa, con un clamor sobrenatural, y a mí me atenazó el pálido terror. A continuación di órdenes a mis compañeros, apremiándolos a que desollaran y asaran las víctimas que yacían en el suelo atravesadas por el cruel bronce, y que hicieran súplicas a los dioses, al tremendo Hades y a la terrible Perséfone. Entonces saqué la aguda espada de junto a mi muslo, me senté y no dejaba que las inertes cabezas de los muertos se acercaran a la sangre antes de que hubiera preguntado a Tiresias".

(1) Busto de Hades.
(2) Grotesca imagen de Caronte en el fresco de la pared del altar mayor de la Capilla Sixtina (Juicio Final, a cargo de Miguel Ángel Buonarotti).
(3) Grabado de Gustave Doré para una edición de la Divina Comedia de Dante en el que aparece el juez Minos.

lunes, 16 de junio de 2008

Los titanes

Describía hace ya un par de entradas el modo en el que Cronos consigue eliminar a su padre de en medio, tras lo cual he publicado un par de artículos sobre otros personajes de importancia. Me parece que es momento de comenzar con el siguiente escalón de esta cosmología: los titanes.
Quien ostenta ahora el poder es Cronos, el hijo de Gea y del despuesto Urano. Éste quedará como un titán un tanto cruel, pero su correspondiente romano, Saturno, es ya otro cantar. Creo importante centrarme en primer lugar en la figura de Saturno.

Este nombre procede de la palabra latina "satus", que significa "sembrado". En la religión romana, tiene un gran significado. Es el soberano de lo designado como la Edad de Oro, ese período que se pierde en las brumas del pasado, en el cual no había guerras ni dificultades y todo era un verdadero paraíso. Roma, en sus orígenes, es fundamentalmente agrícola y, como no puede ser de otra manera, este Saturno se halla vinculado con la agricultura: es quien muestra a los hombres cómo extraer el fruto de la tierra. Aparecen templos dedicados a su culto ya en el siglo V a.C. La Edad de Oro aparece ya en mitología griega -es venerada por el ya mencionado poeta Hesíodo- y Cronos es en realidad, según algunos eruditos, un dios prehelénico.

Además, y ya como curiosidad, se celebran en Roma unas fiestas en honor de Saturno: la Saturnalia. Ésta tiene lugar entre el diecisiete y el veinticinco de diciembre. Durante la misma, el pueblo se deja llevar por la alegría, se otorgan mayores libertades a los esclavos, se ofrecen regalos a familiares y amigos...


El Cronos griego, original, es quizá un tanto más desagradable. Se iguala en lo tiránico a su propio padre. Del mismo modo que éste, se une a su hermana Rea y ella concibe a varios hijos. Sin embargo, Cronos alberga grandes temores hacia la posibilidad de que sus descendientes le arrebaten el trono. Y resuelve el problema de un modo no demasiado paternal: tan pronto Rea da a luz a un nuevo bebé, Cronos lo engulle rápidamente. La pobre titánide, una vez nace su sexto hijo, Zeus, decide que ya ha sido suficiente. Por ello, toma al niño y, en lugar de entregarlo a su hermano, lo lleva a la isla de Creta, ayudada por su madre Gea. En este lugar, el bebé es criado por las ninfas, las cuales lo ocultan y lo alimentan con leche y miel.

Una vez crece, Zeus se decide a liberar a sus hermanos y obliga a su padre a expulsarlos a todos. Ahora son ya seis hermanos: Hestia, Deméter, Hera, Zeus, Poseidón y Hades. Liderados por Zeus, se enfrentan a los titanes en una larga guerra (la Titanomaquia) que se extiende a lo largo de diez años. Para reforzar el bando de los dioses, se libera a los tres cíclopes y a los gigantes de tres brazos (todos vástagos de Gea) del abismo del Tártaro. Los titanes son finalmente derrotados. Si podría haberse esperado que Zeus se comportase piadosamente, éste iguala en crueldad a su padre y a su abuelo: condena a los titanes a los infiernos, donde son encerrados y custodiados.

De esta manera, la era de los titanes deja paso a la de los olímpicos, aquella en la que el soberano es Zeus y el lugar donde habitan los dioses es, supuestamente, el monte Olimpo. Además de los seis hermanos originales, en total aparecerán doce dioses principales, amén de otras deidades, semidioses, ninfas, dríades, oceánides, nereidas, héroes,...

(1) Relieve en el que aparece el Saturno romano con atributos relativos a la agricultura.
(2) La diosa Rea en una estatua que adorna un hermoso parque.
(3) Cronos devorando a uno de sus hijos en un cuadro de Peter Paul Rubens.
(4) Efigie de Zeus en una estatera de plata.

domingo, 15 de junio de 2008

Nix y Eris

Pasando revista a los descendientes directos de Caos, nos encontramos con Nix, una de las primeras hijas. De hecho, en algunos mitos previos y poemas, se la considera como anterior incluso a Caos, parte del origen mismo.

El culto a Nix estaba extendido por diversas zonas de Grecia, e incluso de Asia Menor. Además de eso, tiene una gran importancia en los muy misteriosos cultos órficos. Existen abundantes poemas de este tipo en los cuales se la describe como a una diosa provista de un par de alas negras (que se identifican como atributo), habitando el Averno durante el día, para, al anochecer, salir a extender su reinado.

Nix se une a su hermano Érebo, otro de los descendientes de Caos, y aparecen éter y Hémera. Sin embargo, en otras versiones, encontramos referencias a otros dioses engendrados por Nix sin que aparezca varón en la concepción: Momo (la Culpa), Filotes (el Cariño), Ceres (la Condena; no confundir con la Ceres de la mitología latina, que tiene equivalente en Deméter), Geras (la Vejez) y Apate (el Engaño).

Nix engendra en solitario a una diosa que no será muy amada por los humanos, cuyo simple nombre inspirará temor: Eris, la Discordia. Esta divinidad tiene como misión la de sembrar, efectivamente, la discordia entre los hombre. Pero es astuta y sutil. Nunca se muestra directamente ante los seres humanos, sino que los envenena haciendo que se sientan demasiado orgullosos de sí mismos, provocado que caigan en la prepotencia y en las ideas de superioridad. De este modo origina todo tipo de envidias y disputas entre las personas, y se crece en ello. Es una diosa de la la discordia, y esto se manifiesta en su propio aspecto. Además, se cree que influye en el interior de los hombres y es causa de tristezas e incluso de locura, además de todo tipo de malestares físicos. Encantadora, ¿no creen?


Eris es causa de uno de los episodios mitológicos que más páginas han hecho llenar, tanto a poetas como a estudiosos: la Guerra de Troya. Aunque (como en todo conflicto de importancia) hay todo un revuelo en torno a quién tiene la culpa de que se inicie (que si el seductor Paris, que si la complaciente Helena, que si el incauto Menelao, que si el inconsciente Príamo, que si la maquinadora Afrodita, que si el ambicioso Agamenón), en el origen último está Eris.

Eris, como creo que ya ha quedado sentado, no es una diosa muy agradable. Desde luego, no es la clase de invitado de una boda que alguien desearía, siempre y cuando quiera que la ceremonia vaya bien. Esto es lo que piensan Peleo y Tetis (padres de Aquiles) a la hora de organizar su matrimonio. Por ello, no incluyen a Eris en la lista de invitados. Y la diosa, por evidentes razones, se enfurece. Al banquete son invitados un gran número de divinidades. Cuando la festividad está ya muy animada, de repente cae sobre la mesa una manzana dorada (¿recuerdan aquello de la manzana de la discordia?) con una inscripción: "Para la más bella". Nada pasaría de no ser porque Hera, Atenea y Afrodita se abalanzan al mismo tiempo sobre la fruta. Pronto comienzan a discutir por ella, y el conflicto sube de tono. Ante el temor de que las diosas lleguen a las manos, los presentes les proponen que sea un mortal quien juzgue cuál de ellas es la más hermosa.


Pero, ¿qué mortal? Se deciden por Paris, un tierno príncipe adolescente que cría rebaños en el monte Ida, cerca de Troya (si recordamos a Ganimedes, debe de ser cosa de familia). El chico se asusta al ver aparecer a las tres divinidades acompañadas de Hermes. Hera, decidida a hacerse con la victoria, le promete poder y soberanía si le entrega a ella la manzana; Atenea se decide por ofrecerle sabiduría. Pero Afrodita vence al jurarle que le entregará el amor de la mujer más bella del mundo. Y esa mujer es Helena, legítima esposa del rey espartano Menelao.

(1) Cuadro de Willian Adolphe Bouguereau en el cual observamos a Nix.
(2) Cuadro de Luca Giordano en e
l que vemos la zona del Infierno con las almas de los difuntos llegando en la barca de Caronte; Nix aparece en la zona superior derecha.
(3) Cuadro de Peter Paul Rubens; en él, el joven Paris decide junto a Hermes cuál de las tres diosas (Hera, Atenea y Afrodita) es la merecedora de la manzana dorada.

sábado, 14 de junio de 2008

Las Erinias

Las Erinias proceden, como he señalado ya en un artículo interior, de la sangre caída de Urano cuando éste es castrado por su hijo Cronos. Su nombre tiene significado en griego: "las furiosas". Curiosamente, en la mitología romana son ya las Furias y hoy en día éste es un término muy conocido para designarlas. La mención de sus nombres inspira ya un cierto miedo: Alecto, significa Implacable; Megera, significa Envidia y Tisífone, que significa Venganza. Muy halagüeño, como pueden ver.

Estas tres hechiceras tenían una misión temible: vengar el mal cometido por los seres humanos. Son representadas en muchas ocasiones en compañía de serpientes (incluso en iconografía posterior, como la aparecida en grabados dantescos). Actúan con justicia, pero resultan crueles e implacables. Se arman con látigos y antorchas; hay que destacar que, además de perseguir a los malhechores, atormentan a los condenados en el Tártaro.

Las Erinias persiguen a los convictos de muy diversos crímenes (vinculados con la religión y la hospitalidad, por ejemplo) mas, en general, se dedican a atormentar a culpable de delitos de sangre, en especial los relacionados con la propia familia o el clan. Los acosan sin descanso, hasta hacerlos enloquecer.

Las Erinias tienen un papel destacado en una leyenda de gran importancia en la saga micénica. Recordemos que cuando Agamenón regresa de Troya con su nueva esclava y amante, Casandra (hija de Príamo y Hécuba), una Clitemnestra enfurecida tras el sacrificio de su hija Ifigenia y las infidelidades maritales, asesina a ambos con ayuda de su nuevo amante. Será su hijo Orestes quien vengue el crimen, matando a su propia madre. Pero esto es matricidio, un terrible delito de sangre, y las Erinias se lanzan a la persecución del joven. Todos los dioses, que consideran relativamente legítima la venganza tomada por Orestes, tratan de persuadirlas para que dejen tranquilo al chico. Las Furiosas no parecen dispuestas a aceptar, llegando a pedir "sangre por sangre" (una idea de la justicia que va desde el Código de Hammurabi hasta la mitología clásica, como puede verse) en el santuario de Apolo. Solo los dioses consiguen salvar la vida de Orestes, proponiendo que sea juzgado en el Areópago, el tribunal situado en Atenas, verdadera referencia en toda Grecia. La propia Atenea, la justa Atenea, termina por absolver a Orestes.


¡Y entonces sucede lo impensable! Las Erinias dejan de ser las Furiosas y se convierten en las Euménides, protectoras de las suplicantes, benévolas y definitivamente aplacadas. Pero... ¡ojo! Esta leyenda es discutida; el culto a las tres Euménides se da en algunos territorios y se identifica por paralelismos (como la figura de las tres hechiceras) como las Euménides. Sin embargo, la teoría que he expuesto largamente está recogida por Esquilo en "Las Euménides", una obra teatral que les recomiendo fervientemente. De igual modo, si quieren saber más en esta línea, "Electra", de Sófocles y "Orestes", de Eurípides, son de gran relevancia.

Una pequeña anécdota para culminar. Recientemente ha aparecido en el mercado literario un libro realmente interesante, todo un best-seller, titulado "Las benévolas", de Jonathan Littell (que también les recomiendo, especialmente si les gustan los asuntos de la II Guerra Mundial). En él, un oficial nazi nos muestra el Holocausto desde el prisma del verdugo, sin ningún asomo de arrepentimiento, las furias acosadoras completamente acalladas. ¿Les suena?

(1) Estatuilla clásica que representa a una de las Erinias.
(2) Cuadro de William Adolphe Bouguereau en el que vemos a Orestes atormentado por las Erinias tras el asesinato de su madre Clitemnestra (que aparece a su lado con un puñal hundido en el pecho).

miércoles, 11 de junio de 2008

Las primeras divinidades

Mencionado ya el concepto del Caos primigenio, procederé a introducir al lector en los primeros dioses, que proceden (son "hijos") de este Caos. Todos estos dioses se corresponden y encarnan elementos base, como la Tierra, el Mar, el Deseo, el Infierno,...

La primera descendiente de Caos es Gea, la Tierra. Se identifica como la Madre Tierra y es centro de diversos cultos; además de esto, llega a vincularse con la fundación del oráculo de Delfos.
Esta diosa origina, sin que en ello intervenga varón alguno, a dos nuevos dioses: Urano (el Cielo) y Ponto (el Mar).

Urano y su madre se unen y de esta unión nacerán múltiples y muy relevantes personajes. Hay que destacar que Urano es el soberano, el gobernante de todo lo existente, como luego lo serán Cronos (Saturno) y Zeus (Júpiter), su hijo y su nieto, respectivamente. La unión entre el Cielo y la Tierra no aparece tan solo en esta cosmología, sino que es origen en otras muchas.

Entre los hijos de del Cielo y la Tierra destacan los diferentes titanes, siguiente generación. Además, tres monstruos: los Cíclopes (Arges, Brontes y Estérope). A causa de su rebelión contra su padre, Urano, son condenados al Tártaro. Sobre los Cíclopes existe otra leyenda, que afirma que eran pastores nómadas que vivían cerca de Nápoles (con uno de ellos, Polifemo, se encuentra Odiseo en su periplo de regreso a Ítaca). De Gea y Urano viene también la muy importante Mnemósine, de cuya unión con Zeus vienen las nueve musas.



En lo que sucede a continuación existen dos versiones acerca de las causas. La leyenda cuenta -y en este punto las dos variantes se concilian- que Cronos castra a su padre Urano con una hoz de sílex que le entrega su madre (material que recuerda a una cultura primitiva). Hecho motivado, según algunos afirman, por el deseo de venganza de la Tierra debido a que Urano enviase al Tártaro a sus hijos, los Cíclopes. Otra versión, bastante más extendida, explica que a causa del ininterrumpido amor de Urano, los hijos de Gea no pueden salir de la matriz de su madre y que Cronos, deseoso de ayudar a la Tierra, castra a su padre y lo depone finalmente, convirtiéndose en quien ostenta el poder.

Pero las cosas no quedan aquí. Los genitales de Urano caen en el Mediterráneo y, de la espuma que se origina, aparece una diosa: Afrodita (cuyo nombre viene de la palabra griega que significa "espuma"). En otras versiones, ella es hija de Zeus y, por tanto, aparecida muy posteriormente. Por otra parte, de la sangre y el semen del Cielo surgen seres tan hermosos como las ninfas, pero otros tan horrendos como los gigantes. Destacan las Erinias, las Vengadoras también llamadas furias.

De este modo, con un Cronos poderoso tras haber derrocado a su padre, damos paso al siguiente grupo de la genealogía: los titanes.

(1) Un Cíclope en un grabado barroco.

(2) La diosa Afrodita en su nacimiento en un cuadro de William Adolphe Bouguereau.

viernes, 6 de junio de 2008

El origen (introducción)


En la mayor parte de las culturas -por no decir en todas- existe una leyenda, un mito, una narración fantástica con toques habitualmente religiosos que explica el origen de lo existente. Desde las civilizaciones mesopotámicas hasta el antiguo Egipto. Desde las culturas precolombinas hasta la India y China. Los griegos, desde luego, no fueron menos en esto. Existe una larga tradición, con diversas versiones y variantes, del nacimiento de los dioses y, muy posteriormente, los mortales.

Hesíodo fue un poeta griego que recogió en su poema épico, llamado "Teogonía" (observar la partícula "theos", que alude a la divinidad) la narración más popular de este origen. Y, además, describió la genealogía completa no solo de los dioses, sino que también de las dos generaciones anteriores, previas a las divinidades olímpicas.

Esto de crear un árbol genealógico para interrelacionar dioses, titanes y otras divinidades más primigenias no es una idea propia de Hesíodo o de la cultura griega, sino que aparece en muchas otras culturas. Me parece esencial iniciar esta publicación con una vista al origen, a las primeras generaciones anteriores a los Olímpicos, que trataré de ir estructurando a partir de la visión general en el presente artículo.

El origen de todo es el Caos. Tanto los filósofos como los mitógrafos han hablado de el desorden absoluto de los elementos, un montón de materia sin orden ni concierto, algo incalificable de otra cosa que de Caos.

Los dioses que surgen de Caos son divinidades que se adjudican a elementos determinados. Los hijos de Caos son, por rama directa, Gea (la tierra), Nix (la noche) y Érebo (la oscuridad). De estos, pero en el mismo nivel cosmológico, anterior a los titanes, proceden Urano (el cielo), Ponto (el mar), Éter (luz) y Hémera (día). En la tradición recogida por Hesíodo, que puede llegar a contradecirse con otras leyendas a menudo posteriores, de Caos surge también Eros (hijo de Afrodita en diferentes versiones) y Tártaro (Inframundo).
En el segundo nivel de la cosmología están los titanes, que proceden de Urano y Gea. Son Océano, Tetis, Crío, Hiperión, Tía, Jápeto, Tetis, Mnemósine, Ceo, Febo, Rea y Cronos. Además, de un modo u otro, también surgen los cíclopes, las erinias, gigantes, melíades,...

Tras la derrota de Cronos en la Titanomaquia -guerra de los titanes contra dioses olímpicos con diversos posicionamientos de los participantes- el poder queda en manos de Zeus, dios miembro de esta tercera parte de la cosmología. Y es aquí donde aparece toda una sucesión de dioses olímpicos, bien por ser hermanos de Zeus, bien por ser hijos -legítimos o no- del mismo o de otras divinidades,... Muchos de estos personajes protagonizan diversas leyendas, a menudo relacionadas con una ciudad en concreto -y así surgen las sagas troyanas y tebanas, por ejemplo-.

(1) El dios Zeus en una escultura clásica.
(2) Eros con piel de león en una escultura de estilo neoclásico.

jueves, 5 de junio de 2008

Bienvenida

Inicio hoy este nuevo blog, complementario a mi otra bitácora, Hijos de Marte, en el que, como completa enamorada del mundo clásico, me dispongo a recompilar narraciones mitológicas y hacerles partícipes de ellas.

La mitología es una parte esencial del mundo antiguo. No solo nos habla de religiones y cultos, sino que a veces es incluso reflejo de teorías, de costumbres, de maneras de contemplar la vida. Platón empleó mitos ya existentes en sus diálogos para introducir algunas opiniones acerca de cuestiones tan abstractas como el amor o el alma.

Los mitos grecorromanos aún hoy conservan el poder de emocionarnos y estremecernos, de transportarnos a ese mundo de lo fantástico y lo real. A lo largo de toda la historia, incluso en los momentos más plenamente cristianos, los pintores, escultores, artistas de todo tipo han continuado empleando estas historias. Desde la Venus de Milos hasta la de Boticelli. Desde el Apolo de Belvedere hasta el de Jean Broc.

Es imposible pensar en la civilización clásica y no recordar la mitología. ¡No caigamos nosotros en la estupidez de olvidarla!