lunes, 15 de diciembre de 2008

Apolo y Cipariso

Otro de los amados de Apolo cuyo destino puede calificarse de trágico fue Cipariso, un muchacho procedente de Quíos, del que el dios se enamoró perdidamente. Sin embargo, cuando Apolo regaló al joven una jabalina para que se iniciase en la caza (lo cual se vincula con los ritos de transición a la vida adulta), el chico acabó con la vida de un ciervo al que tenía mucho cariño, tras lo que suplicó a su amante que le permitiese llorar por siempre la muerte del animal. La divinidad, aunque llena de dolor por perder a quien tan ardientemente quería, convirtió a Cipariso en un ciprés (cabe resaltar que este árbol se vinculaba con la muerte y el luto en la civilización grecolatina).



Ovidio narra de esta manera el mito en sus Metamorfosis:

"Había un colina y sobre la colina una extensión
muy llana de campo, en la que verdeaban matas de césped.
La sombra faltaba en el lugar, después que se sentó en esta parte
el poeta nacido de dioses e hizo vibrar sus cuerdas sonoras,
vino la sombra al lugar; no faltó el árbol de Caón,
no el bosque de las Helíades, no la encina de altas hojas,
ni los tiernos tilos, ni el haya y el virginal laurel
y los frágiles avellanos, el fresno útil para las lanzas,
el abeto sin nudos, la encina curvada por las bellotas,
el agradable plátano, el arce de variados colores,
y junto a ellos los sauces habitantes del río, el loto acuático,
el boj siempre verdeante, los finos tamariscos,
el mirto bicolor y la higuera azulada por sus bayas.
También vinisteis vosotras, flexibles hiedras, y junto a vosotras
las vides con sus pámpanos, los olmos cubiertos de vides,
los fresnos, los pinos, el madroño cargado de un fruto rojo,
las palmas flexibles, premios del vencedor,
el pino recogido en sus ramas y de erizada copa, grato
a la madre de los dioses, puesto que Atis, amado por Cibeles,
se despojó aquí del hombre y se endureció aquel tronco.

Acompañó a esta multitud el ciprés que imita formas cónicas
árbol ahora, joven antes amado por aquel dios
que templa la cítara con las cuerdas y con las cuerdas el arco.
En efecto, había un enorme ciervo, sagrado para las Ninfas
que viven en los campos de Cartea, el cual con sus cuernas
anchísimas proporcionaba a su propia cabeza espesa sombra;
sus cuernos brillaban de oro y de su redondo cuello colgaban
collares de piedras preciosas que bajaban hasta sus lomos;
sobre la frente un medallón de plata atado con pequeñas correas
y de similar edad que él se movía; desde las orejas
brillaban perlas alrededor de las huecas sienes.
El ciervo, libre de temor y sin su natural timidez,
solía frecuentar las casas y ofrecer su cuello
para que lo acariciaran, incluso a manos desconocidas.
Pero con todo antes que a otros te era grato a ti Cipariso,
el más hermoso del pueblo de Ceos. Tú llevabas al ciervo
a nuevos pastos, tú al agua de una fuente cristalina,
tú, o entrelazabas flores variadas en sus cuernos,
o montado como jinete en la grupa alegre dirigías
por todos lados su tierna boca con riendas de púrpura.
Era verano y mediodía, y con el calor del sol
hervían las curvas pinzas del ribereño Cáncer:
cansado el ciervo puso su cuerpo en la hermosa tierra
y de la sombra de los árboles lograba fresco.
A éste el joven Cipariso lo traspasó, por equivocación,
con una afilada jabalina y, al verlo agonizar por la cruel herida,
decidió que quería morir. ¡Qué consuelo no le dio Febo
advirtiéndolo que lo sintiera ligeramente y según la pérdida!
Gimió aquel sin embargo pidiendo como último regalo
a los dioses el poder estar de luto siempre.
Y en cuanto la sangre se hubo consumido en incontables
llantos, sus miembros empezaron a volverse de color verde
y los cabellos, que hacía poco colgaban de su nívea frente, a
convertirse en rizada cabellera y, volviéndose rígido,
a contemplar el cielo estrellado desde su grácil copa.
Lloró y dijo con tristeza: 'Llevaré luto por ti,
tú lo llevarás por los demás y les acompañarás en su dolor'.

A tal bosque había congregado el poeta, y estaba sentado
en el centro de una reunión de fieras y una multitud de aves;
después de tantear suficientemente con el pulgar las cuerdas
que rasgaba y percibir que estaba afinando los diferentes
acordes, aunque sonaran distintos, entonó la siguiente canción [...]".

(I) Estatua en la que vemos a Cipariso y al ciervo.

3 comentarios:

Morgana LeFay dijo...

Buen post : )

Pásate por mi blog, tienes un premio. Saludos

Xose dijo...

Siempre ha sido uno de mis mitos favoritos. Al visitar Toscana lo tenía siempre en mente. Un besazo!

M@riel dijo...

Hola, Morgana:
Muchísimas gracias por el premio. Un saludo.

Hola, Xosé:
Es un mito precioso, sin lugar a dudas. Un abrazo.