jueves, 20 de noviembre de 2008

Dédalo e Ícaro

Después de que Teseo lograse matar al Minotauro y huir de Creta junto a la bella hija de Minos, Ariadana, el rey se enfureció y descargó su infinito descontento sobre el arquitecto que había diseñado el laberinto. Como castigo por haber ayudado a Ariadna a salvar la vida del príncipe ateniense, encerró a Dédalo y a su hijo, Ícaro, en la que había sido la morada del monstruo.

Sin embargo, el sagaz Dédalo no tardó en hallar un modo de huir del Laberinto: diseñó un par de alas realizadas a semejanza de aquellas que portaban los pájaros, pero elaboradas con cera. A continuación, fabricó un segundo par. De esta manera, aunque resultaba imposible encontrar la puerta de entrada a aquel lugar de encierro, padre e hijo pudieron abandonar el Laberinto.


El prudente Dédealo aconsejó a su hijo que no se acercase al sol, dado que el calor del astro podría llegar a derretir las alas del muchacho. El joven, confiado, hizo caso omiso de las recomendaciones de su padre y se elevó a cada punto más. Para cuando pudo valorar la magnitud de su error, se precipitaba ya al vacío, sin alas que lo sostuvieran en el aire. El trágico final de la leyenda proporciona una cierta enseñanza moral, que puede ser interpretada de múltiples formas.


(I) Dédalo ajusta las alas de Ícaro en un cuadro de Frederick Leighton.
(II) Lamento por la muerte de Ícaro, en un cuadro de Herbert James.

2 comentarios:

Morgana LeFay dijo...

Uno de los mitos más interesantes.....Saludos

M@riel dijo...

Hola, Morgana:

Sí, tienes razón, es un mito fascinante. Un saludo.