jueves, 23 de octubre de 2008

El fin de Troya

Contaba en el artículo anterior que la Ilíada finaliza con la devolución del cadáver de Héctor tras las súplicas del rey Príamo a Aquiles. Sin embargo, la Guerra de Troya no finalizó con esto y, según lo que podemos encontrar en textos posteriores, el desenlace del conflicto todavía no se vislumbraba.

Aún tras haber terminado con la vida de aquel que había matado a su querido Patroclo, Aquiles continuó combatiendo con furia redoblada a favor de los aqueos, matando a importantes guerreros del bando troyano, como la amazona Pentesilea (hija del dios Ares), de la que se cuenta que se enamoró de ella cuando ésta cayó al suelo herida de muerte, por lo que de poco sirvió este repentino flechazo.


El Pelida, sin embargo, no tardó en hallar su propio fin. El joven príncipe Paris, destacado arquero, se apostó tras las murallas y disparó una certera flecha que se hundió en el talón del héroe. Llegado este momento de la narración, veo preciso comentar que Aquiles era hijo de una inmortal y de un humano, por lo que su madre, deseosa de eliminar cualquier parte mortal del cuerpo de su hijo, lo sumergió sujetándolo por el talón en las aguas de una laguna. De esta manera, el cuerpo de Aquiles se convirtió en invulnerable, con excepción del talón por el que Tetis lo había agarrado y que no había llegado a rozar el líquido. En otras versiones menos conocidas, la madre lo introdujo en un horno especial con objeto de abrasar su parte humana y transformarlo en un inmortal.

A causa de esto, el ejército aqueo perdió a uno de sus mejores guerreros, Aquiles, en cuyo honor se celebraron unos hermosos funerales. En el momento de repartir las pertenencias del joven luchador, se originó un conflicto, ya que Áyax y Odiseo reclamaban su derecho a hacer suya la armadura, además del armamento. Los objetos fueron entregados a Odiseo y Áyax enloqueció de furia.

Paris no tardó en encontrar la muerte. El causante de su fallecimiento fue Filoctetes, un arquero que le disparó una flecha envenenada. Los guerreros transportaron a Paris de vuelta a Troya, donde él pidió que llamasen a la ninfa Enone (a la que Apolo había otorgado el don de poder curar). Ambos habían compartido un largo idilio en el monte Ida a lo largo de los años adolescentes de Paris, antes de que éste la abandonase por Helena. La joven , despechada, se negó a acudir para auxiliar a Paris, pero cuando al fin recapacitó y entró en la ciudad, el príncipe ya estaba muerto. Helena fue entregada como esposa a otro hijo de Príamo, Deífobo.

Sería más adelante cuando Odiseo concibiese la idea del caballo de Troya, pese a que algunas fuentes señalan que el sagaz rey la tomó prestada de otra mente ingeniosa. Se trataba de un monumental caballo construido en madera. Un grupo de soldados aqueos se ocultó en el interior del ingenio, mientras que el resto del ejército quemó el campamento y embarcó, fingiendo marcharse de vuelta a casa. Disfrazando de ofrenda a una diosa el mortal presente, los aqueos consiguieron que los troyanos cayesen en la trampa e introdujesen el caballo en la ciudad, pese a que el adivino Laocoonte tuvo una visión y advirtió a sus compatriotas de la naturaleza del regalo, con yermo resultado.



De esta manera, creyendo ver el fin de la guerra y el calvario, los troyanos se entregaron al festejo, con todo lo que ello implica. Cuando anocheció, buena parte de los ciudadanos continuaban celebrando la supuesta victoria, mas el sueño terminó por vencerles. Ese fue el momento elegido por los aqueos para salir del caballo de madera, abrir las puertas de la ciudad para que entrase el resto del ejército (que se había acercado sigilosamente a la urbe) e iniciar una orgía de sangre, fuego y muerte. Mataron a los hombres en edad de empuñar las armas y se llevaron a las mujeres como esclavas; hay fuentes que indican que los niños corrieron la misma suerte. Los grandes guerreros aqueos se reservaron el derecho a escoger a las grandes princesas troyanas: Agamenón se llevó a Casandra y el hijo de Aquiles, Neoptólemo, tomó como cautiva a Andrómaca, la viuda de Héctor, cuyo hijo fue ejecutado para impedir que perpetuara el linaje de los monarcas troyanos. Los aqueos inmolaron a la joven Políxena sobre la tumba de Aquiles y se llevaron la anciana reina Hécuba, tras asesinar a su marido, Príamo.

La ciudad de Troya ardió como una antorcha encendida en medio de la noche, momento que ha inspirado a artistas de todas las épocas. Pese a que hay dudas y diversas hipótesis sobre su existencia o inexistencia histórica, se trata de una tragedia terrible e imponente. Una ciudad tan rica y próspera -siempre en el mito- borrada por la guerra y la barbarie de los hombres.



(I) Aquiles y la amozana Pentesilea en un vaso de cerámica griego.
(II) Caballo de Troya en una pintura atribuida a Tiepolo.
(III) La caída de Troya en una pintura de Johann Georg Trautmann.