miércoles, 15 de octubre de 2008

Causas de la Guerra de Troya

A la hora de hablar de un determinado conflicto -y en especial de un conflicto de tal envergadura como la Guerra de Troya- resulta natural referirse a las causas o, aún más habitual, a los causantes. La Guerra de Troya no tuvo un único desencadenante; contemplando la leyenda, puede hablarse de una sucesión de hechos, a veces predecidos por algunos personajes (aquí encontramos la idea de predestinación y de posibilidad de que unas personas escogidas sean capaces de contemplar con claridad el futuro). Se trata de una cadena de situaciones unidas a menudo por la relación de causa-consecuencia, motivo por el que comenzaré el artículo con el episodio designado en general como origen último del conflicto bélico (no ha que perder de vista, además, la enconada antipatía o la notoria simpatía que determinados dioses sentían hacia Troya).


Aunque cambian algunos detalles en función del autor clásico al que consultemos (de lo que acerca de ello escribió Homero apenas conservamos nada, pero Ovidio le dedica al epiodio un largo fragmento en sus Metamorfosis). El suceso tuvo lugar durante la boda de Peleo y Tetis (un dato importante: se trata de los progenitores de Aquiles, héroe que luego tendría un destacado papel durante el conflicto bélico). Todos los dioses habían sido invitados a la ceremonia y al opulento banquete que después de ella se celebraría, con una excepción: Eris, la Discordia. Como resulta evidente, ninguna futura feliz pareja de casados desearía tener como invitada a una divinidad como ésta. Sin embargo, la vengativa y malvada Eris no se contentó con enfurecerse y contemplar la alegría de los dioses y mortales que festejaban el feliz acontecimiento, sino que, sibilinamente, dejó caer una manzana de oro sobre la mesa. En la fruta, con letras aún más brillantes, se hallaba escrita la frase "Para la más bella". Inmediatamente, las diosas Afrodita, Hera y Atenea trataron de apropiarse de la manzanita, no tardando en comenzar a discutir -y prácticamente a pelear- por ella.

Al darse cuenta del conflicto, las diosas pidieron al resto de las divinidades que actuasen como jueces y determinasen quien de ellas gozaba de una mayor hermosura. Mas los dioses, o bien no supieron qué decir, o bien no desearon posicionarse, por lo que se les ocurrió que la decisón recayera sobre un mortal. A la hora de elegir al mejor juez, seleccionaron a un joven príncipe troyano, Paris, ante el cual se presentaron Atenea, Afrodita y Hera en todo su esplendor. Evidentemente, el muchacho se sintió abrumado ante la visión de las tres diosas desnudas y se mostró indeciso, por lo que las divinidades se apresuraron a tratar de que las favoreciese. Atenea le prometió sabiduría y Hera, poder, pero ninguna de las dos pudo competir con lo que le ofreció Afrodita: el amor de la mujer más bella del mundo. Paris no tuvo dificultades para decidirse.


Sin embargo, la promesa de Afrodita planteaba un considerable problema: la mujer más hermosa del mundo era Helena, esposa del rey espartano Menelao. Por mediación de la diosa o no, cuando Paris partió del hogar del monarca, en el que se había hospedado en calidad de embajador, se llevó a Helena consigo. Se discute si se trató de un "rapto" en el sentido más estricto de la palabra o una huida pactada mas, de un modo u otro, cuando Menelao descubrió la ausencia de su esposa, se enfureció.

Antes de que Helena fuese entregada en matrimonio a Menelao, la muchacha tuvo numerosos pretendientes a causa de su hermosura. Reyes e importantes hombres de distintas polis acudieron para tratar de casarse con la jovencita, por lo que, para evitar el conflicto y posible derramamiento de sangre, el sagaz Odiseo decidió que se elegiría por sorteo al afortunado y que el resto de los pretendientes habría de comprometerse a defender al futuro marido y a luchar junto a él en caso de que su mujer le fuese arrebatada. Esta es la justificación clásica de que tantos hombres se embarcasen hacia Troya para tratar de recuperar a Helena.

(I) Tetis suplicando a Zeus en un cuadro de Jean Auguste Dominique Ingres.
(II) Interpretación del juicio de Paris de Paul Cézanne.

4 comentarios:

Isabel Romana dijo...

La Discordia sembrando cizaña entre las vanidosas. ¡Bonito papel nos otorgan a las mujeres...! Con todo, esta historia es maravillosa... Me han gustado mucho los cuadros que has incluído. Para este tema nunca falta inspiración artística. Besos, querida amiga.

Román dijo...

¡Que bonitos temas eliges, Mariel!
Leer tu blog es un placer y mirar las preciosas pinturas que encuentras para ilustrarlos, una gozada. Me he permitido incluirte en mi lista de blogs para que no se me escape ninguna de las siguientes entrada que nos regales.
Gracias por tu sensibilidad y buen hacer.
Román

M@riel dijo...

Hola, Isabel:
Es asombroso el modo en el que las leyendas antiguas todavía conservan la capacidad de emocionarnos; a veces tratan temas tan atemporales que es imposible resistirse a ellas. Besos también para ti.

M@riel dijo...

Hola, Román:

De igual modo, no puedo yo menos que agradecerte estos elogiosos comentarios en mi blog, así como que me hayas enlazado desde el tuyo, cosa que yo también haré con tu bitácora si no tienes inconveniente. Saludos.