martes, 30 de septiembre de 2008

Endimión, de Oscar Wilde

La leyenda de Endimión se halla directamente relacionada con la de Selene, diosa de la luna. Ésta se enamoró del joven y hermoso pastor; con él tuvo varios descendientes según algunas versiones del mito. No pudiendo soportar que envejeciera y muriera, Selene suplicó a Zeus que permitiese a su amado vivir eternamente. El deseo le fue concedido, pero Endimión se sumió en un sueño del que ya nunca despertaría, aunque Selene continuó acudiendo diariamente a visitarlo y a observarlo mientras dormía.

El escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900) no destacó precisamente por sus textos poéticos (aunque obras como Rávena o La balada de la cárcel de Reading fueron y son positivamente valoradas por los críticos), sino por sus contribuciones a otros ámbitos de la literatura, como el teatro. Sin embargo, en los inicios de su carrera, poco tiempo después de abandonar Oxford con unas calificaciones envidiables, publicó un libro de poemas en el que se incluía el que da título al artículo. Pese a que todavía no había desarrollado su propio estilo a la hora de escribir ni gozaba el texto de la madurez de obras posteriores, se trata de unos versos hermosos.

Endimión

De los manzanos cuelgan frutos de oro,
y en Arcadia los pájaros cantan sonoramente;
las ovejas echadas balan en el redil,
la cabra salvaje corre por la selva.
Pero ayer confesó su amor
y sé que volverá a mí.
¡Oh luna que surges, oh señora luna,
haz de centinela con mi amante!
Es imposible que no le conozcas,
porque lleva calzado de púrpura;
es imposible que no le conozcas,
porque porta el cayado pastoril
y es tan dulce como una paloma,
y su cabellera es negra y rizada.

La tórtola ha cesado ya en sus llamadas
dirigidas a su servidor de rojas patas.
El lobo gris merodea en torno al establo.
El senescal cantor del lirio
yace dormido en la corola de éste,
y las colinas violetas están sepultadas
en tinieblas por todas partes.
¡Oh luna que surges, oh santa luna!,
detente sobre la cúspide de Helice,
y si ves a mi verdadero amor,
¡ah!, si ves el calzado de púrpura, el cayado
y el avellano, la negra cabellera del joven
y la piel de cabra enrollada en su brazo,
dile que le espero aquí, en la granja
donde brilla la mecha de cañas.

El rocío que cae es frío y glacial,
y ningún pájaro canta en la Arcadia.
Los pequeños faunos han abandonado la colina
y hasta el asfódelo fatigado
ha cerrado sus puertas de oro;
y, sin embargo, mi amante no vuelve junto a mí.
¡Falsa luna, falsa luna! ¡Oh luna que palideces!
¿Adónde ha ido mi fiel amante?
¿Dónde se encuentran los labios bermejos,
el cayado del pastor, el calzado de púrpura?
¿Para qué despliegas ese estandarte de plata?
¿Por qué envolverte en ese velo de brumas agitadas?
¡Ah, tú eres la que posees al joven Endimión,
tú eres la que posees esos labios destinados al beso!


(I) Selene contempla a Endimión dormido en un cuadro de Sebastiano Ricci.

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