lunes, 23 de junio de 2008

Hades y los Infiernos

Tras los titanes, llegamos ya a la generación de los dioses olímpicos, los cuales son inicialmente seis: Zeus y sus hermanos, todos ellos hijos de Rea y Cronos. Se trata de Hades, Poseidón, Hestia, Deméter, Hera y el propio Zeus.

Hades (Plutón en la mitología romana) no ha pasado a la historia como un dios muy luminoso o lleno de piedad y conmiseración. No se trataba de la clase de divinidad a la que uno estaría encantado de conocer. De hecho, era precisamente el dios cuya morada nadie deseaba visitar, porque Hades vivía en el mundo subterráneo, allá adonde iban las almas de los difuntos después de la muerte.

Y es que de eso se ocupaba Hades: era el dios de los muertos. Cuando Poseidón, Zeus y Hades se repartieron el universo, no salió demasiado bien parado. Mientras que Zeus se hizo con los Cielos, Poseidón se quedó con el agua y Hades, con el mundo subterráneo. En éste se situaba su vivienda: un palacio, como correspondía. La esposa de Hades era la joven Perséfone (hija de Deméter), a la que había raptado. Finalmente, accedió a tenerla consigo tan solo en los meses de invierno (lo que en la mitología explica la tristeza en su madre, Deméter, lo que lleva a las heladas y la falta de cosechas en los campos).

Este mundo subterráneo, que recibe también el nombre de Hades o de Infierno (aunque resulta más correcto designarlo como Infiernos por lo que veremos a continuación) era el lugar donde se encontraban las almas tras la muerte del cuerpo. Pero las cosas no eran tan sencillas. Al inhumar o quemar el cadáver, era preciso introducir una moneda en la boca del mismo. Se suponía que el alma, al llegar al borde del río Éstige (que conducía al Hades) debía de pagar con esta moneda a Caronte, el barquero que la llevaría hasta los Infiernos. De no tener la necesaria pieza (bastaba con un sencillo óbolo), se vería condenada a vagar por las orillas de este río.

En la entrada del Hades se encontraba Cerbero, el perro de tres cabezas que impedía la entrada de mortales y la salida de los espectros de difuntos. Las almas eran juzgadas por tres personajes: Radamantis, Éaco y Minos. En función de si la persona había tenido un comportamiento recto o no, se destinaba a las almas al Tártaro (lugar de tormentos, como los de Sísifo o Tántalo) o bien a las Islas de los Bienaventurados (cuyo nombre denota ya su carácter positivo). Sin embargo, esta idea aparece en versiones posteriores (y, si se dan cuenta, recuerda bastante a la idea de vida tras la muerte de diversas religiones y creencias, algunas muy cercanas a nosotros). Previamente, se habla del Hades como de un lugar oscuro, repleto de espectros, profundamente sombrío, que difiere en esto del descrito anteriormente.


En un pasaje de la Odisea (canto XI), el autor pone en boca de Odiseo la descripción de la manera en la que consulta a las almas de diversos difuntos, realizando en primer lugar varias ofrendas (como, por ejemplo, mil) y sacrificando luego diversos animales para atraer con su sangre a los espectros, a los cuales realiza después preguntas. Les dejo el inicio del canto:

"Y Helios se sumergió, y todos los caminos se llenaron de sombras. Entonces llegó nuestra nave a los confines de Océano de profundas corrientes, donde está el pueblo y la ciudad de los hombres Cimerios cubiertos por la oscuridad y la niebla. Nunca Helios, el brillante, los mira desde arriba con sus rayos, ni cuando va al cielo estrellado ni cuando de nuevo se vuelve a la tierra desde el cielo, sino que la noche se extiende sombría sobre estos desgraciados mortales. Llegados allí, arrastramos nuestra nave, sacamos los ganados y nos pusimos en camino cerca de la corriente de Océano, hasta que llegamos al lugar que nos había indicado Circe. Allí Perimedes y Euríloco sostuvieron las víctimas y yo saqué la aguda espada de junto a mi muslo e hice una fosa como de un codo por uno y otro lado. Y alrededor de ella derramaba las libaciones para todos los difuntos, primero con leche y miel, después con delicioso vino y, en tercer lugar, con agua. Y esparcí por encima blanca harina. Y hacía abundantes súplicas a las inertes cabezas de los muertos, jurando que, al volver a Itaca, sacrificaría en mi palacio una vaca que no hubiera parido, la que fuera la mejor, y que llenaría una pira de obsequios y que, aparte de esto, sacrificaría a sólo Tiresias una oveja negra por completo, la que sobresaliera entre nuestros rebaños. Luego que hube suplicado al linaje de los difuntos con promesas y súplicas, degollé los ganados que había llevado junto a la fosa y fluía su negra sangre. Entonces se empezaron a congregar desde el Erebo las almas de los difuntos, esposas y solteras; y los ancianos que tienen mucho que soportar; y tiernas doncellas con el ánimo afectado por un dolor reciente; y muchos alcanzados por lanzas de bronce, hombres muertos en la guerra con las armas ensangrentadas. Andaban en grupos aquí y allá, a uno y otro lado de la fosa, con un clamor sobrenatural, y a mí me atenazó el pálido terror. A continuación di órdenes a mis compañeros, apremiándolos a que desollaran y asaran las víctimas que yacían en el suelo atravesadas por el cruel bronce, y que hicieran súplicas a los dioses, al tremendo Hades y a la terrible Perséfone. Entonces saqué la aguda espada de junto a mi muslo, me senté y no dejaba que las inertes cabezas de los muertos se acercaran a la sangre antes de que hubiera preguntado a Tiresias".

(1) Busto de Hades.
(2) Grotesca imagen de Caronte en el fresco de la pared del altar mayor de la Capilla Sixtina (Juicio Final, a cargo de Miguel Ángel Buonarotti).
(3) Grabado de Gustave Doré para una edición de la Divina Comedia de Dante en el que aparece el juez Minos.

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