viernes, 27 de junio de 2008

Europa

Los dioses de la mitología clásica no son modelos de absoluta perfección moral sino que, al igual que los humanos, se ven a menudo víctimas de distintas pasiones y sentimientos encontrados que, en general, parecen no afectar a los inmortales. Se equivocan, son violentos (a menudo incluso crueles), no siempre todo lo justos que deberían y, en diversos casos, profundamente veleidosos y enamoradizos.

En este sentido, el propio soberano de los dioses, Zeus, demuestra ocasionalmente sus favoritismos y hace gala de una gran crueldad a la hora de castigar a sus enemigos -incluyendo a su propio padre-. Pero, sobre todo, demuestra una completa y absoluta falta de fidelidad al matrimonio. Baste mencionar el hecho de que, de las decenas de hijos de esta divinidad, tan solo cuatro proceden también de Hera.

Las leyendas relativas a estas aventuras de Zeus son a menudo curiosas: en ellas, este dios se metamorfosea en innumerables animales y objetos (toro, águila o cisne son algunos ejemplos) o tiene problemas a causa de los celos de su esposa. Además, de estas uniones descienden numerosos héroes y dioses: Heracles, Perseo, Apolo, Artemisa,...

Una de las más célebres amantes de Zeus fue la joven llamada Europa. Esta muchacha, de indudable belleza, era una princesa hija del soberano Agenor (cuyo reino era Tiro). Además, tenía como hermano a Cadmo, el héroe que fundaría posteriormente la ciudad de Tebas, a cuyos reyes pareció perseguirlos la mala fortuna. Una familia importante, como pueden ver.
Quizá a Zeus podría haberle resultado un inconveniente el hecho de que se tratase de una vulgar mortal, por muy princesa y rica que fuese. Mas, desde luego, eso no se convirtió en un impedimento. El soberano de los dioses se enamoró perdidamente de la chica y decidió conseguirla, aunque tuviese que recurrir a una meditada estrategia. La muchacha solía jugar con sus amigas a la orilla del mar. De hecho, Zeus sabía que se trataba de una de sus distracciones favoritas y, desde luego, tuvo el ingenio suficient para aprovechar este hecho. De esta manera, Europa y sus compañeras se asombraron un día al ver acercarse una manada de toros. Es de suponer que al principio se asustaron, pero uno de estos animales, un magnífico ejemplar de pelaje blanco o pardo (según las versiones), se acercó hacia ellas mansamente. La joven protagonista se sintió al punto fascinada por el gran toro y se acercó a acariciarlo. Sorprendentemente, el sumiso animal se lo permitió y le inspiró tal confianza que la muchacha terminó por subirse al lomo de la imponente bestia.

Quizá entonces pensó que nunca debería haberlo hecho. Tan pronto se hubo aupado a la grupa, el manso toro pareció volverse loco y echó a correr hacia el mar. Las amigas de Europa no pudieron sino contemplar aterradas el espectáculo, mientras la jovencita, suponemos que muy asustada, se aferraba al animal para no caerse en la veloz carrera. La bestia se introdujo en el agua y nadó con la muchacha a la grupa hasta la isla de Creta, donde se produjo el prodigio. Y Europa tuvo ante sus ojos no ya a un toro, sino al mismísimo dios Zeus, que se acostó con ella, cumpliendo al fin sus deseos. De esta divinidad dio a luz la joven princesa a Minos y Radamantis, que juzgaban a las almas de los muertos a su llegada al Averno.


Luciano de Samósata, en sus Diálogos Marinos, XV, describe de esta adornada manera la travesía de Zeus y Europa hasta Creta, poniéndola en boca del viento Céfiro:

"Pues el mar quedó al punto sin olas, atrajo la calma y se presentaba liso; nosotros permanecíamos todos tranquilos y los acompañábamos, sin ser otra cosa que espectadores de lo que estaba ocurriendo; unos Amorcillos sobrevolaban un poco por encima del mar, de modo que a veces tocaban el agua con las puntas de sus pies; llevaban antorchas encendidas y cantaban a coro el himeneo; las Nereidas, que habían emergido del mar, cabalgaban sobre los delfines y aplaudían, semidesnudas en su mayoría; la familia de los Tritones y demás seres marinos de aspecto agradable danzaban todos en torno a la muchacha; el propio Poseidón, montado en su carro, con Anfitrite sentada a su lado, presidía gozoso el cortejo, abriendo camino a su hermano, que venía nadando; detrás de todos, dos Tritones llevaban a Afrodita sentada en una concha, esparciendo toda suerte de flores sobre la novia. Todo esto ocurrió desde Fenicia hasta Creta; pero una vez que arribó a las isla, esta no volvió a verse más el toro, sino que Zeus, tomándola de la mano, condujo a la cueva Dictea a Europa, con el rostro ruborizado y la mirada baja, pues ya sabía con qué finalidad la llevaba. Y nosotros, precipitándonos, con nuestro soplo levantábamos distintas partes del mar".