viernes, 19 de diciembre de 2008

Sandro Botticelli y la mitología

En prácticamente todos los artículos de este blog he tratado de incluir alguna obra artística directamente relacionada con la leyenda en cuestión, tratando de mostrar la manera en la que los motivos de la mitología grecolatina perviven en la pintura y la escultura posteriores.

Hallamos ejemplos de esto en el Renacimiento, Barroco, Clasicismo, Romanticismo, Neoclasicismo, etc. Hoy me gustaría compartir con ustedes un par de vídeos acerca de dos obras de Sandro Botticelli (pintor renacentista italiano); en ellos se analizan los rasgos mitológicos de estas pinturas.


Acerca de La primavera:



Acerca de El nacimiento de Venus:


miércoles, 17 de diciembre de 2008

Premio Blog Dorado

Aunque con dos días de retraso, desearía agradecer a Morgana, del interesante blog Ávalon, la entrega del Premio Blog Dorado a esta bitácora.



De la misma manera, me corresponde otorgar a mí el premio y, pese a que nunca me ha agradado realizar selecciones, citaré seis blogs que me maravillan, no sin antes advertir al lector que no se trata de los únicos que me resultan sumamente interesantes (para conocerlos, consultar mi
Blogroll o la lista de las bitácoras que sigo):

El Arte del Arte
, porque el arte es algo sublime, a través de lo cual a lo largo de la historia los seres humanos nos hemos expresado de innumerables formas, siempre con un ideal estético de fondo.
El Llano Galvín, porque en esta bitácora hallan cabida desde fragmentos de textos filosóficos del siglo
XIX hasta referencias a los muebles romanos hallados en Pompeya. Se trata de una bitácora donde adquirir no pocos conceptos.
Homo Bonus Peritus Dicendi, porque me impresionan sinceramente los maravillosos artículos de este blogger. Aunque a menudo suelo fijarme un tanto más en aquellos que se refieren a textos clásicos, sus traducciones y comentarios de otros fragmentos latinos también me agradan.
Sententiae Discipulorum, porque, como estudiante de latín, admiro y agradezco la labor de estos cuatro
bloggers, que escriben en la hermosa lengua del Imperio Romano todo tipo de textos, desde reseñas de películas hasta recetas de cocina.
Filohelenismo, porque, aunque yo sea una verdadera
filorromana, también amo la cultura helénica y disfruto de lo lindo con los textos de esta bitácora, tanto aquellos que nos hablan de Artistóteles como otros que se refieren a canciones en griego moderno.
Mar Nahar, porque en este blog se plasman de una manera admirable diferentes aspectos de la vida y la cultura -pretérita y no tan lejana en el tiempo- orientales. Pese a que reconozco que suelo leer más acerca de la civilización occidental, me resultaría muy triste no interesarme -y no recomendar a mis lectores- un blog tan rico en datos como éste.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Apolo y Cipariso

Otro de los amados de Apolo cuyo destino puede calificarse de trágico fue Cipariso, un muchacho procedente de Quíos, del que el dios se enamoró perdidamente. Sin embargo, cuando Apolo regaló al joven una jabalina para que se iniciase en la caza (lo cual se vincula con los ritos de transición a la vida adulta), el chico acabó con la vida de un ciervo al que tenía mucho cariño, tras lo que suplicó a su amante que le permitiese llorar por siempre la muerte del animal. La divinidad, aunque llena de dolor por perder a quien tan ardientemente quería, convirtió a Cipariso en un ciprés (cabe resaltar que este árbol se vinculaba con la muerte y el luto en la civilización grecolatina).



Ovidio narra de esta manera el mito en sus Metamorfosis:

"Había un colina y sobre la colina una extensión
muy llana de campo, en la que verdeaban matas de césped.
La sombra faltaba en el lugar, después que se sentó en esta parte
el poeta nacido de dioses e hizo vibrar sus cuerdas sonoras,
vino la sombra al lugar; no faltó el árbol de Caón,
no el bosque de las Helíades, no la encina de altas hojas,
ni los tiernos tilos, ni el haya y el virginal laurel
y los frágiles avellanos, el fresno útil para las lanzas,
el abeto sin nudos, la encina curvada por las bellotas,
el agradable plátano, el arce de variados colores,
y junto a ellos los sauces habitantes del río, el loto acuático,
el boj siempre verdeante, los finos tamariscos,
el mirto bicolor y la higuera azulada por sus bayas.
También vinisteis vosotras, flexibles hiedras, y junto a vosotras
las vides con sus pámpanos, los olmos cubiertos de vides,
los fresnos, los pinos, el madroño cargado de un fruto rojo,
las palmas flexibles, premios del vencedor,
el pino recogido en sus ramas y de erizada copa, grato
a la madre de los dioses, puesto que Atis, amado por Cibeles,
se despojó aquí del hombre y se endureció aquel tronco.

Acompañó a esta multitud el ciprés que imita formas cónicas
árbol ahora, joven antes amado por aquel dios
que templa la cítara con las cuerdas y con las cuerdas el arco.
En efecto, había un enorme ciervo, sagrado para las Ninfas
que viven en los campos de Cartea, el cual con sus cuernas
anchísimas proporcionaba a su propia cabeza espesa sombra;
sus cuernos brillaban de oro y de su redondo cuello colgaban
collares de piedras preciosas que bajaban hasta sus lomos;
sobre la frente un medallón de plata atado con pequeñas correas
y de similar edad que él se movía; desde las orejas
brillaban perlas alrededor de las huecas sienes.
El ciervo, libre de temor y sin su natural timidez,
solía frecuentar las casas y ofrecer su cuello
para que lo acariciaran, incluso a manos desconocidas.
Pero con todo antes que a otros te era grato a ti Cipariso,
el más hermoso del pueblo de Ceos. Tú llevabas al ciervo
a nuevos pastos, tú al agua de una fuente cristalina,
tú, o entrelazabas flores variadas en sus cuernos,
o montado como jinete en la grupa alegre dirigías
por todos lados su tierna boca con riendas de púrpura.
Era verano y mediodía, y con el calor del sol
hervían las curvas pinzas del ribereño Cáncer:
cansado el ciervo puso su cuerpo en la hermosa tierra
y de la sombra de los árboles lograba fresco.
A éste el joven Cipariso lo traspasó, por equivocación,
con una afilada jabalina y, al verlo agonizar por la cruel herida,
decidió que quería morir. ¡Qué consuelo no le dio Febo
advirtiéndolo que lo sintiera ligeramente y según la pérdida!
Gimió aquel sin embargo pidiendo como último regalo
a los dioses el poder estar de luto siempre.
Y en cuanto la sangre se hubo consumido en incontables
llantos, sus miembros empezaron a volverse de color verde
y los cabellos, que hacía poco colgaban de su nívea frente, a
convertirse en rizada cabellera y, volviéndose rígido,
a contemplar el cielo estrellado desde su grácil copa.
Lloró y dijo con tristeza: 'Llevaré luto por ti,
tú lo llevarás por los demás y les acompañarás en su dolor'.

A tal bosque había congregado el poeta, y estaba sentado
en el centro de una reunión de fieras y una multitud de aves;
después de tantear suficientemente con el pulgar las cuerdas
que rasgaba y percibir que estaba afinando los diferentes
acordes, aunque sonaran distintos, entonó la siguiente canción [...]".

(I) Estatua en la que vemos a Cipariso y al ciervo.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Apolo y Dafne

Los amores de Apolo fueron por regla general sumamente trágicos; concluyeron con la muerte o el abandono sin remedio del ser amado y la gran desdicha del dios a causa de esto. Hace unos cuantos meses me refería al joven espartano Jacinto y a su relación con la hermosa divinidad; hoy será protagonista del artículo la bella Dafne, personaje de una de las leyendas más célebres en relación a Apolo.


El origen de este suceso hemos de buscarlo en una disputa entre Eros y Apolo, a juzgar por lo que poetas como Ovidio nos cuentan. Parece ser que el travieso y a veces vengativo dios del amor, deseando hacer sufrir a Apolo, disparó una flecha dorada al dios, que se enamoró perdidamente de una joven ninfa llamada Dafne. Todo hubiera seguido un curso favorable de no ser porque Eros apuntó también al corazón de Dafne, mas haciendo impactar en esta ocasión una flecha de plomo.

De este modo, Apolo sintió una repentina e irreflenable pasión por la muchacha y corrió tras ella suplicándole que le concediese su amor. Dafne, que no sentía más que repulsión y odio hacia el dios a causa de la flecha de Eros, trató de huir. Ambos corrieron largo trecho hasta que, cuando la joven se dio cuenta de que estaba a punto de caer en manos de Apolo, suplicó ayuda a Zeus, que la convirtió en un laurel.

Apolo se vio obligado a asistir a la transformación de su amada en un árbol, sin que pudiese hacer nada. Por mucho que se abrazase al tronco o acariciase una y otra vez la hojas, la bella Dafne nunca volvería a ser una muchacha. Por ello, el dios arrancó una rama y trenzó con ella una corona de laurel, a partir de entonces símbolo de la divinidad.

El mito de Apolo y Dafne ha sido frecuentemente representado en el arte de distintos períodos, desde los frescos desde la antigua Pompeya hasta el arte conceptual del siglo XX, simbolista y cercano a la abstracción.

El poeta romano Ovidio incluyó este hermoso mito en su obra
Metamorfosis; de hecho, se trata de una de las leyendas más célebres de las incluidas en esta obra. Dejo aquí un fragmento:

Del que más iba a hablar con tímida carrera la Peneia
huye, y con él mismo sus palabras inconclusas deja atrás,
entonces también pareciendo hermosa; desnudaban su cuerpo los vientos,
y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias a ellas,
y leve el aura atrás daba, empujándolos, sus cabellos,
y se acreció su hermosura con la huida. Pero entonces no soporta más
perder sus ternuras el joven dios y, como aconsejaba
el propio amor, a tendido paso sigue sus plantas.
Como el perro en un vacío campo cuando una liebre, el galgo,
ve, y éste su presa con los pies busca, aquélla su salvación:
el uno, como que está al cogerla, ya, ya tenerla
espera, y con su extendido morro roza sus plantas;
la otra en la ignorancia está de si ha sido apresada, y de los propios
mordiscos se arranca y la boca que le toca atrás deja:
así el dios y la virgen; es él por la esperanza raudo, ella por el temor.
Aun así el que persigue, por las alas ayudado del amor,
más veloz es, y el descanso niega, y la espalda de la fugitiva
acecha, y sobre su pelo, esparcido por su cuello, alienta.
Sus fuerzas ya consumidas palideció ella y, vencida
por la fatiga de la rápida huida, contemplando las peneidas ondas:
“Préstame, padre”, dice, “ayuda; si las corrientes numen tenéis,
por la que demasiado he complacido, mutándola pierde mi figura.”
Apenas la plegaria acabó un entumecimiento pesado ocupa su organismo,
se ciñe de una tenue corteza su blando tórax,
en fronda sus pelos, en ramas sus brazos crecen,
el pie, hace poco tan veloz, con morosas raíces se prende,
su cara copa posee: permanece su nitor solo en ella.
A ésta también Febo la ama, y puesta en su madero su diestra
siente todavía trepidar bajo la nueva corteza su pecho,
y estrechando con sus brazos esas ramas, como a miembros,
besos da al leño; rehúye, aun así, sus besos el leño.
Al cual el dios: “Mas puesto que esposa mía no puedes ser,
el árbol serás, ciertamente”, dijo, “mío. Siempre te tendrán
a ti mi pelo, a ti mis cítaras, a ti, laurel, nuestras aljabas.
Tú a los generales lacios asistirás cuando su alegre voz
el triunfo cante, y divisen los Capitolios las largas pompas.
En las jambas augustas tú misma, fidelísisma guardiana,
ante sus puertas te apostarás, y la encina central guardarás,
y como mi cabeza es juvenil por sus intensos cabellos,
tú también perpetuos siempre lleva de la fronda los honores.”
Había acabado Peán: con sus recién hechas ramas la láurea
asiente y, como una cabeza, pareció agitar su copa.

(1) Escultura de Apolo y Dafne por Gian Lorenzo Bernini.

martes, 2 de diciembre de 2008

Flight of Icarus

Tras unos cuantos días sin publicar, cuelgo hoy una canción de Iron Maiden con el mismo tema de mi artículo anterior: la leyenda de Ícaro.

Flight of Icarus

As the sun breaks above the ground
An old man stands on the hill
As the ground warms to the first rays of light
A birdsong shatters the still

His eyes are ablaze
See the madman in his gaze

Fly on your way like an eagle
Fly as high as the sun
On your wings like an eagle
Fly and touch the sun

Now the crowd breaks and a young boy appears
Look the old man in his eyes
As he spreads his wings and shouts at the crowd
'In the name of God my father I fly'

His eyes seem so glazed
As he flies on the wings of a dream
Now he knows his father betrayed
Now his wings burn to ashes to ashes his grave

Fly on your way like an eagle
Fly as high as the sun
On your wings like an eagle
Fly and touch the sun

El vuelo de Ícaro

Mientras el sol surge de la tierra
Un anciano permanece en la colina
Mientras la tierra se calienta con los primeros rayos de luz
Una canción alada hace pedazos la quietud

Sus ojos llamean
Contempla la locura en su mirada [la mirada del loco]

Vuela siguiendo tu rumbo como un águila
Vuela tan alto como el sol
Con tus alas, como un águila
Vula hasta tocar el sol

Ahora la muchedumbre se abre y aparece un muchacho
Mira al anciano en sus ojos
Mientras extiende sus alas y grita a la multitud
'Vuelo en nombre de Dios, mi padre'

Sus ojos parecen tan vidriosos
Mientras vuela en las alas de un sueño
Ahora conoce a su padre engañado
Ahora sus alas arden y se convierten en cenizas para su sepultura

Vuela siguiendo tu rumbo como un águila
Vuela tan alto como el sol
Con tus alas, como un águila
Vuela hasta tocar el sol


viernes, 21 de noviembre de 2008

Ícaro, de Presuntos Implicados

Haciendo referencia a mi artículo anterior acerca de Dédalo e Ícaro, les presento hoy una canción de Presuntos Implicados que se halla dedicada a este interesante personaje.

Ícaro

Ícaro
como un pequeño dios
desafiando al sol
Y ahora yo
que soy pequeño gorrión
y quiero el nido abandonar
Y aunque a veces me asuste volar
lejos del cobijo de un hogar
Sé que habrá un viento cálido más
para dejarme llevar
Ícaro
como un pequeño dios
desafiando a todo un sol
Y se marchó
tan alto como un vendaval
tan lejos como una canción
Mas envidioso el sol le abrazó
derritiendo en cera su valor
Y aunque le fue advertida la lección
Ícaro se derrumbó
Se derrumbó
Ícaro se derrumbó
se derrumbó
Y volaré bajito a ras de suelo (como pluma el viento me llevará)
Y sin perder de vista el horizonte (como pluma el viento me llevará)
Yo volaré bajito a ras de suelo (como pluma el viento me llevará)
Sin perder de vista el horizonte (como pluma el viento me llevará)
Y ahora yo
que soy pequeño gorrión
y quiero el nido abandonar
Y sé que ya
no puedo estar ya más aquí
Llegó la hora de partir
Mas aunque al este no nazca el sol
y las aves de invierno no emigren al sur
Sé que habrá un viento cálido más
para dejarme llevar
oh si si
dejarme llevar
dejarme llevar
dejarme llevar
Volaré bajito a ras de suelo (como pluma el viento me llevará)
Y sin perder de vista el horizonte (como pluma el viento me llevará)
Yo volaré bajito a ras de suelo (como pluma el viento me llevará)



El presente post está especialmente dedicado a un Ícaro de carne y hueso, cuyo nombre y sugerencias han inspirado este artículo.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Dédalo e Ícaro

Después de que Teseo lograse matar al Minotauro y huir de Creta junto a la bella hija de Minos, Ariadana, el rey se enfureció y descargó su infinito descontento sobre el arquitecto que había diseñado el laberinto. Como castigo por haber ayudado a Ariadna a salvar la vida del príncipe ateniense, encerró a Dédalo y a su hijo, Ícaro, en la que había sido la morada del monstruo.

Sin embargo, el sagaz Dédalo no tardó en hallar un modo de huir del Laberinto: diseñó un par de alas realizadas a semejanza de aquellas que portaban los pájaros, pero elaboradas con cera. A continuación, fabricó un segundo par. De esta manera, aunque resultaba imposible encontrar la puerta de entrada a aquel lugar de encierro, padre e hijo pudieron abandonar el Laberinto.


El prudente Dédealo aconsejó a su hijo que no se acercase al sol, dado que el calor del astro podría llegar a derretir las alas del muchacho. El joven, confiado, hizo caso omiso de las recomendaciones de su padre y se elevó a cada punto más. Para cuando pudo valorar la magnitud de su error, se precipitaba ya al vacío, sin alas que lo sostuvieran en el aire. El trágico final de la leyenda proporciona una cierta enseñanza moral, que puede ser interpretada de múltiples formas.


(I) Dédalo ajusta las alas de Ícaro en un cuadro de Frederick Leighton.
(II) Lamento por la muerte de Ícaro, en un cuadro de Herbert James.

sábado, 15 de noviembre de 2008

El Minotauro


Una de las leyendas más célebres dentro de la mitología griega es aquella referida al héroe Teseo y al modo en el que acabó con el ser mitad toro y mitad hombre, el llamado Minotauro. Se trata de un mito extraordinariamente conocido, que se desarrolla en dos lugares igualmente relevantes, Atenas y Creta.

No existe una sola versión acerca del origen del Minotauro, mas una de las más conocidas señala que Poseidón hizo salir un hermoso toro del mar con encargo de que el rey de Creta, Minos, lo sacrificase en honor del dios. Desgraciadamente, el monarca consideró que aquel animal era demasiado bello como para acabar degollado, así que decidió conservarlo para sí. Poseidón se enfureció e hizo que la esposa de Minos, Pasífae, se enamorase perdidamente del toro. La mujer prácticamente enloqueció de pasión y, en su arrebato, suplicó al genial arquitecto Dédalo que diseñase una vaquilla en la cual ella pudiese esconderse para engañar al toro de Poseidón y copular de esta manera con él. La unión fue consumada y Pasífae quedó encinta. Nueve meses después dio a luz a Asterión, el Minotauro, un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro. Este ser se alimentaba de carne humana y era en extremo violento, por lo que Minos, en su desesperación, obligó a Dédalo a diseñar y dirigir la construcción de un gran laberinto en el cual encerrar al monstruo.


Anteriormente, el rey cretense había declarado la guerra a los atenienses a causa del asesinato en esta tierra de uno de sus hijos. Como condición para el establecimiento de la paz, exigió al rey de Atenas que le entregase (anualmente o cada nueve años, las versiones difieren) siete muchachos y siete jovencitas atenienses como tributo y alimento para el monstruo.

Fue Teseo, el joven hijo de Egeo, rey de Atenas, quien decidió poner fin a tan cruel práctica. Para ello, exigió ser llevado como uno de los jóvenes destinados al sacrificio, pese a las protestas de su padre. Ya en Creta, consiguió seducir a la hija de Minos, Ariadna. La muchacha no pudo soportar la idea de que su amado fuese devorado por el Minotauro y suplicó a Dédalo que la ayudase. Éste le explicó lo que debía hacer y la princesa entregó un ovillo a Teseo, pidiéndole que lo desenrollase a medida que avanzaba por el laberinto para, de esta manera, poder encontrar la salida, que no era otra que la puerta por la que se entraba.

Cuando los atenienses fueron obligados a penetrar en el recinto donde se hallaba el Minotauro, el hijo de Egeo encabezó el grupo y, al encontrarse con el monstruo, lo mató con sus propias manos. Después abandonó el laberinto junto a sus compañeros y se reunió con Ariadna, a la que había prometido llevar consigo de regreso a su patria.


De esta manera, Teseo partió en una nave hacia Atenas. Con él iba la hija de Minos mas, cuando se detuvieron en una isla, la joven fue abandonada en ella, bien por un descuido del ateniense o por el expreso deseo de éste.

(I) El Minotauro es vencido por Teseo en una vasija griega.
(II) Dédalo presenta a Pasífae la vaquilla artificial en un fresco pompeyano.
(III) Teseo, con Palas Atenea junto a él, derrota al monstruo legendario en una vasija griega.

sábado, 8 de noviembre de 2008

La casa de Asterión

Completado ya este pequeño "ciclo troyano", me gustaría centrarme ahora en la interesante y sugestiva leyenda, ampliamente conocida por el público en general, de Teseo y el Minotauro. Antes de referir el mito, cosa que haré en un próximo artículo, desearía compartir con ustedes este relato del genial Borges que, además de hallarse vinculado con la mitología, es hermoso y provoca una sincera reflexión en el lector.

A modo de pequeño apunte, he de decirles que José Luis Borges fue un importante escritor argentino nacido en 1899. Aunque era originario de Nuevos Aires, vivió algunos años en Madrid. A lo largo de su vida escribió una prolífica lista de textos, en general ensayos, poesía o relatos cortos; se le recuerda como uno de los más grandes autores de Argentina. Él mismo, opinando acerca de su arte, escribió: “No soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un hombre de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y el respetado sistema de confusiones que llamamos filosofía, en forma de literatura”.
Si bien todas sus obras gozan de una gran fama, Borges es especialmente célebre por los cuentos y relatos cortos, como el que hoy les presento, en el que el autor da voz a un minotauro completamente distinto al que podemos imaginar.


La casa de Asterión

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.


(I) El minotauro visto por George F. Watts.

martes, 4 de noviembre de 2008

Árdese Troya

Con este post concluyo los artículos acerca de la Guerra de Troya, aunque, como es natural, posteriormente es muy posible que me refiera de nuevo a él -a la hora de comentar una obra artística de temática mitológica, por ejemplo- o lo rememore para tratar otras leyendas derivadas, o de algún modo vinculadas con la caída de Ilión, como son la de Eneas o la de Agamenón.

Con este post concluyo los artículos acerca de la Guerra de Troya, aunque, como es natural, posteriormente es muy posible que me refiera de nuevo a él -a la hora de comentar una obra artística de temática mitológica, por ejemplo- o lo rememore para tratar otras leyendas derivadas, o de algún modo vinculadas con la caída de Ilión, como son la de Eneas o la de Agamenón.


Árdese Troya

Ardese Troya, y sube el humo oscuro
al enemigo cielo, y entretanto,
alegre, Juno mira el fuego y llanto:
¡venganza de mujer, castigo duro!

El vulgo, aun en los templos mal seguro,
huye, cubierto de amarillo espanto;
corre cuajada sangre el turbio Janto,
y viene a tierra el levantado muro.

Crece el incendio propio el fuego extraño,
las empinadas máquinas cayendo,
de que se ven ruinas y pedazos.

Y la dura ocasión de tanto daño,
mientras vencido Paris muere ardiendo,
del griego vencedor duerme en los brazos.

(I) Helena ["la dura ocasión de tanto daño"], esposa de Menelao, en un cuadro de Evelyn de Morgan.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Troya: un filme criticado

En el año 2004 se estrenó una película titulada Troya, a todas luces basada en el mito homérico. Pese a que el filme obtuvo una considerable recaudación en taquilla, ya desde el estreno numerosos críticos se cebaron en señalar sus numerosos fallos a la hora de reflejar fielmente la rica leyenda con sus variadas vertientes. Por ejemplo, podemos destacar momentos que llaman tanto la atención como el desenlace, en el que Paris y Helena huyen de la masacre felizmente, cuando en el mito el príncipe troyano había fallecido a causa de una flecha envenenada y la joven regresaba con su esposo Menelao a Esparta.

Les dejo, para empezar, el tráiler de la película:



Adjunto un par de artículos en los que dos autores ofrecen su crítica del filme.

El primero pertenece a la periodista Cecilia Ansardo Briones:

Homero pierde la guerra

Cuando en 1985 murió el escritor italiano Ítalo Calvino, dejó entre sus textos inéditos un ensayo que con los años se ha vuelto celebérrimo. Por qué leer los clásicos aporta una lúcida argumentación que persuade sobre lo que anuncia su título: unas sostenidas razones para entregarse a la lectura de un caudal de obras consideradas clásicas en el ámbito de Occidente.

Quienes nos encontramos con su propuesta después de haber hecho nuestros particulares consumos, corroboramos muchas, si no todas, de las afirmaciones de Calvino. “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, es una verdad catedralicia para quien se ha asomado varias veces a esos libros que, leídos en la juventud (y en muchas ocasiones por la amenazante presión de los profesores), despertaron inquietudes, pero releídos, produjeron regueros de sabiduría.

En esta dimensión, un nombre como La Ilíada mueve leves escarceos en la memoria cuando se ha conocido en el bachillerato y fundamentales asociaciones cuando se ha bebido de sus páginas el sentido del honor, los arrebatos de la pasión y la fidelidad a los principios y a los juramentos, por decir lo menos. Libro para entender a un pueblo y unos comportamientos, libro para confrontar los lenguajes de la historia y de la imaginación.

Pero allá en Hollywood –ya abierto el camino y exacerbado el gusto por lo épico– a algún grupo de magnates y técnicos de cine se le ocurre apegarse al río correntoso de la epopeya homérica, olfateando la oportunidad de grandes ganancias. Toma el venerable texto de 2.600 años de antigüedad y le extrae la materia prima para una versión “espectacular” (en el sentido del adjetivo de moda) haciendo cruces, adulteraciones, combinaciones. Los acomodos al gusto del espectador de hoy son múltiples. ¿Cómo sufrir el riesgo, por ejemplo, de que el público desprecie al extraordinario Aquiles porque ama con amor de amante, no de primo o de amigo, al valiente Patroclo? ¿Para qué perder el tiempo con la vidente Casandra que profetiza la caída de Troya sin ser escuchada? Se me podría replicar que son pequeñeces, virajes y omisiones al albedrío de un recreador contemporáneo.

Entonces, metamos más adentro el escalpelo. Una historia que enfrenta a griegos bestiales, rubios como los bárbaros germánicos, voraces como cualquier pueblo depredador, con refinados y humanizados troyanos, más próximos a una fisonomía mediterránea, defensores de una vivencia patriótica y justiciera de la nacionalidad, le hace poco favor al espíritu griego que ha sobrevivido a través de sus obras clásicas. Es verdad que las naves aqueas llegaron a las playas de lo que hoy es la península de Turquía en la habitual actitud conquistadora, que el bardo ciego compuso su epopeya sobre una historia de honor y de hermandades frente a un enemigo, pero de su tejido de ficción poética emergen dioses y héroes auténticos. Seres de grandeza ideal en cualidades y pasiones.

Lo preocupante es que a partir del filme de Petersen, cuya grandiosidad se consigue con una inversión de 180 millones de dólares, la Troya que quedará en la imaginación de la juventud no será la de La Ilíada. Hoy es Homero quien pierde la guerra.

Luis Antonio de Villena publicó al respecto un artículo en El Mundo:

Troya y la Ilíada

Hollywood emprendió hace años la recuperación de géneros que fueron clásicos en su época dorada. Las películas de romanos fueron recuperadas con Gladiator; menos pulcramente las de aventuras con Piratas del Caribe, y ahora suponíamos que les llegaba el turno a las mitológicas o de peplum griego (que tuvo títulos como La batalla de Maratón y un actor emblemático, Steve Reeves, que en mi memoria hizo mucho de Hércules) con Troya, de Wolfgang Petersen, que se declara inspirada en la Ilíada, de Homero. Inspirada sí, evidentemente, pero, ¡qué poda!


A punto de abandonar ya el guaperismo juvenil (si hay planos que le muestran joven aún, otros insinúan ya su madurez física), el filme se diría hecho a mayor gloria de Brad Pitt (Aquiles), convincente guerrero y convincentemente atractivo.

No hay duda de que Troya es una película eficaz, con muchos efectos especiales de ordenador (que, aunque aún funcionan, llegarán a cansar o a no decir nada) y mucho uso de primeros planos para acrecentar el dramatismo. El viejo Peter O'Toole está muy bien (y muy él) en el papel de Príamo, rey de Troya.

Pero, ¿existe una guerra de Troya, una Ilíada sin mitología, sin intervención de los dioses? Con la suficiencia de creer que al imperio yanqui le valen sólo las escenas de guerra y la omnímoda valentía de sus guerreros -con casco y grebas-, Petersen abusa en Troya (más que en Gladiator) de las peleas y los mandobles, olvidando -salvo ciertos primeros planos o composiciones pictóricas de signo prerrafaelita, pocos- que estas películas históricas o pseudohistóricas tenían algo más que guerra.

Cierto, Helena es muy guapa, Patroclo también y Paris (el causante de todo) resulta creíble, pero todos ellos no pasan de secundarios, pese a su papel relevante en la Ilíada. Y es que ése es el problema de esta película: Homero está rasurado a gusto del norteamericano medio.

Algunos errores o ausencias: la guerra de Homero dura 10 años, no unas semanas, la Ilíada narra el final de la guerra. Príamo no era viudo, sino que tenía a su mujer, Hécuba. Además de otra hija profetisa, Casandra. Briseida era una concubina de Aquiles (no sobrina de Príamo) y Aquiles -como tantos guerreros dorios de entonces- era bisexual y compartía a Briseida con Patroclo, que no era su primo, sino su amante. Y dioses y diosas aparecen de continuo para ayudar a troyanos o a griegos o teucros y argivos, según la denominación homérica.

Teniendo en cuenta que no hay Casandra ni Hécuba, ni dioses ni diosas, ¿qué queda de la Ilíada? Guerra condensada, cierta magnificencia visual, Héctor -bien- y Pitt (Aquiles), magnífico guerrero que se cabrea por la muerte de Patroclo (como en el original). Sólo que allí Patroclo guerrea con su consentimiento -Aquiles anda mohíno- y en la película escapa a hurtadillas como un niño malo.No es eso. Sobra guerra y falta mito. O sea, muchísimo.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Príamo y Aquiles

No podía concluír mi recopilación de textos pertenecientes a la Ilíada sin recordar un fragmento del último canto, desde mi punto de vista completamente impresionante y conmovedor en todos los sentidos. Veremos a Príamo, el gran rey de la magnífica Troya, postrado a los pies del asesino de Héctor, su hijo, para conseguir la devolución del cadáver del príncipe, ultrajado durante días por Aquiles y garantizar así sus exequias fúnebres y su entrada en el Hades.


"
Cuando esto hubo dicho, Hermes se encaminó al vasto Olimpo. Príamo saltó del carro a tierra, dejó a Ideo con el fin de que cuidase de los caballos y mulas, y fue derecho a la tienda en que moraba Aquiles, caro a Zeus. Le halló dentro y sus amigos estaban sentados aparte; sólo dos de ellos, el héroe Automedonte y Álcimo, vástago de Ares, le servían, pues acababa de cenar; y, si bien ya no comía ni bebía, aun la mesa continuaba puesta. El gran Príamo entró sin ser visto, se acercó a Aquiles, le abrazó las rodillas y besó aquellas manos terribles, homicidas, que habían dado muerte a tantos hijos suyos. Como quedan atónitos los que, hallándose en la casa de un rico, ven llegar a un hombre que, poseído de la cruel Ofuscación, mató en su patria a otro varón y ha emigrado a país extraño, de igual manera se asombró Aquiles de ver al deiforme Príamo; y los demás se sorprendieron también y se miraron unos a otros. Y Príamo suplicó a Aquiles, dirigiéndole estas palabras:

Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo y ha llegado al funesto umbral de la vejez. Quizá los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien te salve del infortunio y de la ruina; pero al menos aquél, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de día en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré hijos excelentes en la espaciosa Troya, puedo decir que de ellos ninguno me queda. Cincuenta tenía cuando vinieron los aqueos: diez y nueve procedían de un solo vientre; a los restantes diferentes mujeres los dieron a luz en el palacio. A los más el furibundo Ares les quebró las rodillas; y el que era único para mí, pues defendía la ciudad y sus habitantes, a ése tú lo mataste poco ha, mientras combatía por la patria, a Héctor, por quien vengo ahora a las naves de los aqueos, a fin de redimirlo de ti, y traigo un inmenso rescate. Pero, respeta a los dioses, Aquiles, y apiádate de mí, acordándote de tu padre; que yo soy todavía más digno de piedad, puesto que me atreví a lo que ningún otro mortal de la tierra: a llevar a mi boca la mano del hombre matador de mis hijos.


Así habló. A Aquiles le vino deseo de llorar por su padre; y, asiendo de la mano a Príamo, le apartó suavemente. Entregados uno y otro a los recuerdos, Príamo, caído a los pies de Aquiles, lloraba copiosamente por Héctor, matador de hombres; y Aquiles lloraba unas veces a su padre y otras a Patroclo; y el gemir de entrambos se alzaba en la tienda. Mas así que el divino Aquiles se hartó de llanto y el deseo de sollozar cesó en su alma y en sus miembros, se alzó de la silla, tomó por la mano al viejo para que se levantara, y, mirando compasivo su blanca cabeza y su blanca barba, le dijo estas aladas palabras:


‑¡Ah, infeliz! Muchos son los infortunios que tu ánimo ha soportado. ¿Cómo osaste venir solo a las naves de los aqueos, a los ojos del hombre que te mató tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Mas, ea, toma asiento en esta silla; y, aunque los dos estamos afligidos, dejemos reposar en el alma las penas, pues el triste llanto para nada aprovecha. Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir en la tristeza, y sólo ellos están descuitados. En los umbrales del palacio de Zeus hay dos toneles de dones que el dios reparte: en el uno están los males y en el otro los bienes. Aquél a quien Zeus, que se complace en lanzar rayos, se los da mezclados, unas veces topa con la desdicha y otras con la buena ventura; pero el que tan sólo recibe penas vive con afrenta, una gran hambre le persigue sobre la divina tierra y va de un lado para otro sin ser honrado ni por los dioses ni por los hombres. Así las deidades hicieron a Peleo claros dones desde su nacimiento: aventajaba a los demás hombres en felicidad y riqueza, reinaba sobre los mirmidones, y, siendo mortal, le dieron por mujer una diosa. Pero también la divinidad le impuso un mal: que no tuviese hijos que reinaran luego en el palacio. Tan sólo engendró uno, a mí, cuya vida ha de ser breve; y no le cuido en su vejez, porque permanezco en Troya, muy lejos de la patria, para entristecerte a ti y a tus hijos. Y dicen que también tú, oh anciano, fuiste dichoso en otro tiempo; y que en el espacio que comprende Lesbos, donde reinó Mácar, y más arriba la Frigia hasta el Helesponto inmenso, descollabas entre todos por tu riqueza y por tu prole. Mas, desde que los dioses celestiales te trajeron esta plaga, se suceden alrededor de la ciudad las batallas y las matanzas de hombres. Lo sufre resignado y no dejes que de tu corazón se apodere incesante pesar, pues nada conseguirás afligiéndote por tu hijo, ni lograrás que se levante, antes tendrás que padecer un nuevo mal.


Respondió en seguida el anciano Príamo, semejante a un dios:


‑No me hagas sentar en esta silla, alumno de Zeus, mientras Héctor yace insepulto en la tienda. Entrégamelo cuanto antes para que lo contemple con mis ojos, y tú recibe el cuantioso rescate que te traemos. Ojalá puedas disfrutar de él y volver al patrio suelo, ya que ahora me has dejado vivir y ver la luz del sol.


Mirándole con torva faz, le dijo Aquiles, el de los pies ligeros:


o ‑¡No me irrites más, oh anciano! Tengo acordado entregarte a Héctor, pues para ello Zeus me envió como mensajera la madre que me dio a luz, la hija del anciano del mar. Comprendo también, oh Príamo, y no se me oculta, que un dios te trajo a las veleras naves de los aqueos; porque ningún mortal, aunque estuviese en la flor de la juventud, se atrevería a venir al ejército, ni entraría sin ser visto por los centinelas, ni desatrancaa con facilidad nuestras puertas. Abstente, pues, de exacerbar los dolores de mi corazón; no sea que a ti, oh anciano, no te respete en mi tienda, aunque siendo mi suplicante, y viole las órdenes de Zeus.


Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. El Pelida, saltando como un león, salió de la tienda, y no se fue solo, pues le siguieron dos de sus servidores: el héroe Automedonte y Álcimo, que eran los compañeros a quienes más apreciaba desde que había muerto Patroclo. En seguida desengancharon caballos y mulas, introdujeron el heraldo, vocero del anciano, haciéndole sentar en una silla, y quitaron del lustroso carro los inmensos rescates de la cabeza de Héctor. Tan sólo dejaron dos mantos y una túnica bien tejida, para envolver el cadáver antes que lo entregara para que lo llevasen a casa. Aquiles llamó entonces a las esclavas y les mandó que lo lavaran y ungieran, trasladándolo a otra parte para que Príamo no viese a su hijo; no fuera que, afligiéndose al verlo, no pudiese reprimir la cólera en su pecho a irritase el corazón de Aquiles, y éste lo matara, quebrantando las órdenes de Zeus. Lavado ya y ungido con aceite, las esclavas lo cubrieron con la túnica y el hermoso palio, después el mismo Aquiles lo levantó y colocó en un lecho, y por fin los compañeros lo subieron al lustroso carro. Y el héroe suspiró y dijo, nombrando a su amigo:


‑No te enojes conmigo, oh Patroclo, si en el Hades te enteras de que he entregado el divino Héctor a su padre; pues me ha traído un rescate digno, y de él te dedicaré la debida parte.


Habló así el divino Aquiles y volvió a la tienda. Se sentó en la silla, labrada con mucho arte, de que antes se había levantado y que se hallaba adosada al muro, y en seguida dirigió a Príamo estas palabras:


‑Tu hijo, oh anciano, rescatado está, como pedías: yace en un lecho, y al despuntar la aurora podrás verlo y llevártelo. Ahora pensemos en cenar, pues hasta Níobe, la de hermosas trenzas, se acordó de tomar alimento cuando en el palacio murieron sus dos vástagos: seis hijas y seis hijos florecientes. A éstos Apolo, airado contra Níobe, los mató disparando el arco de plata; a aquéllas les dio muerte Ártemis, que se complace en tirar flechas; porque la madre osaba compararse con Leto, la de hermosas mejillas, y decía que ésta sólo había dado a luz dos hijos, y ella había tenido muchos; y los de la diosa, no siendo más que dos, acabaron con todos los de Níobe. Nueve días permanecieron tendidos en su sangre, y no hubo quien los enterrara porque el Cronión a la gente la había vuelto de piedra; pero, al llegar el décimo, los dioses celestiales los sepultaron. Y Níobe, cuando se hubo cansado de llorar, pensó en el alimento. Se halla actualmente en las rocas de los montes yermos de Sípilo, donde, según dice, están las grutas de las ninfas que bailan junto al Aqueloo, y aunque convertida en piedra, devora aún los dolores que las deidades le causaron. Mas, ea, divino anciano, cuidemos también nosotros de comer, y más tarde, cuando hayas transportado el hijo a Ilio, podrás hacer llanto sobre el mismo, y será por ti muy llorado.


En diciendo esto, el veloz Aquiles se levantó y degolló una blanca oveja; sus compañeros la desollaron y prepararon bien como era debido; la descuartizaron con arte, y, cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente y los retiraron del fuego. Automedonte repartió pan en hermosas cestas, y Aquiles distribuyó la carne. Ellos alargaron la diestra a los manjares que tenían delante; y, cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Príamo Dardánida admiró la estatura y el aspecto de Aquiles, pues el héroe parecía un dios; y, a su vez, Aquiles admiró a Príamo Dardánida, contemplando su noble rostro y escuchando sus palabras. Y, cuando se hubieron deleitado, mirándose el uno al otro, el anciano Príamo, semejante a un dios, dijo el primero:


‑Mándame ahora, sin tardanza, a la cama, oh alumno de Zeus, para que, acostándonos, gocemos del dulce sueño. Mis ojos no se han cerrado desde que mi hijo murió a tus manos, pues continuamente gimo y devoro innumerables congojas, revolcándome por el estiércol en el recinto del patio. Ahora he probado la comida y rociado con el negro vino la garganta, pues desde entonces nada había probado.


Dijo. Aquiles mandó a sus compañeros y a las esclavas que pusieran camas debajo del pórtico, las proveyesen de hermosos cobertores de púrpura, extendiesen sobre ellos tapetes y dejasen encima afelpadas túnicas para abrigarse. Las esclavas salieron de la tienda llevando antorchas en sus manos, y aderezaron diligentemente dos lechos. Y Aquiles, el de los pies ligeros, chanceándose, dijo a Príamo:


‑Acuéstate fuera de la tienda, anciano querido; no sea que alguno de los caudillos aqueos venga, como suelen, a consultarme sobre sus proyectos; si alguno de ellos lo viera durante la veloz y obscura noche, podría decirlo en seguida a Agamenón, pastor de pueblos, y quizás se diferia la entrega del cadáver. Mas, ea, habla y dime con sinceridad durante cuántos días quieres hacer honras al divino Héctor, para, mientras tanto, permanecer yo mismo quieto y contener el ejército.


Le respondió en seguida el anciano Príamo, semejante a un dios:


‑Si quieres que yo pueda celebrar los funerales del divino Héctor, haciendo lo que voy a decirte, oh Aquiles, me dejarías complacido. Ya sabes que vivimos encerrados en la ciudad; y la leña hay que traerla de lejos, del monte, y los troyanos tienen mucho miedo. Durante nueve días lo lloraremos en el palacio, el décimo lo sepultaremos y el pueblo celebrará el banquete fúnebre, el undécimo le erigiremos un túmulo y el duodécimo volveremos a pelear, si necesario fuere.


Le contestó el divino Aquiles, el de los pies ligeros:


‑Se hará como dispones, anciano Príamo, y suspenderé la guerra tanto tiempo como me pides".


(I) Príamo muere a manos del hijo de Aquiles, Neoptólemo.

martes, 28 de octubre de 2008

Aquiles y Patroclo

Tras estos dos últimos artículos dedicados a explorar el interesante mundo de la influencia del mito de Troya en la música actual, les invito a regresar al texto homérico para explorar uno de los momentos más intensos, dramáticos y decididamente imprescindibles: aquel en el que se celebran los funerales en honor de Patroclo.


De la relación entre Patroclo y Aquiles se ha elucubrado largo y tendido. En general, se coincide en que los unía una fortísima amistad y un gran sentido de unión; se han llegado a ver connotaciones amorosas en este intenso vínculo. De un modo u otro, la mayor parte de los estudiosos no hablan de una relación
erastés-erómeno, entre un adulto y un muchacho, ampliamente citada y situada en el marco de la antigua Grecia. Más bien, se cree que pudo tratarse de una relación en la que la amistad, el compañerismo y el amor se fundían, haciéndose casi indisociables.

Les dejo hoy el inicio del canto XXIII, penúltimo de la
Ilíada, el cual está dedicado en su práctica totalidad a los funerales de Patroclo:

"Así gemían los troyanos en la ciudad. Los aqueos, una vez llegados a las naves y al Helesponto, se fueron a sus respectivos bajeles. Pero a los mirmidones no les permitió Aquiles que se dispersaran; y, puesto en medio de los belicosos compañeros, les dijo:


‑¡Mirmidones, de rápidos corceles, mis compañeros amados! No desatemos del yugo los solípedos corceles; acerquémonos con ellos y los carros a Patroclo, y llorémoslo, que éste es el honor que a los muertos se les debe. Y cuando nos hayamos saciado de triste llanto, desunciremos los caballos y aquí mismo cenaremos todos.


Así habló. Ellos seguían a Aquiles en compacto grupo y gemían con frecuencia. Y sollozando dieron tres vueltas alrededor del cadáver con los caballos de hermoso pelo: Tetis se hallaba entre los guerreros y les excitaba el deseo de llorar. Regadas de lágrimas quedaron las arenas, regadas de lágrimas se veían las armaduras de los hombres. ¡Tal era el héroe, causa de fuga para los enemigos, de quien entonces padecían soledad! Y el Pelida comenzó entre ellos el funeral lamento colocando sus manos homicidas sobre el pecho de su amigo:


‑¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades! Ya voy a cumplirte cuanto te prometiera: he traído arrastrando el cadáver de Héctor, que entregaré a los perros para que lo despedacen cruelmente; y degollaré ante tu pira a doce hijos de troyanos ilustres, por la cólera que me causó tu muerte.


Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino Héctor, lo tendió boca abajo en el polvo, cabe al lecho del Menecíada. Se quitaron todos la luciente armadura de bronce, desuncieron los corceles de sonoros relinchos, y se sentaron en gran número cerca de la nave del Eácida, el de los pies ligeros, que les dio un banquete funeral espléndido. Muchos bueyes blancos, ovejas y balantes cabras palpitaban al ser degollados con el hierro; gran copia de grasos puercos, de albos dientes, se asaban, extendidos sobre la llama de Hefesto; y en tomo del cadáver la sangre corría en abundancia por todas partes.


Los reyes aqueos llevaron al Pelida, el de los pies ligeros, que tenía el corazón afligido por la muerte del compañero, a la tienda de Agamenón Atrida, después de persuadirlo con mucho trabajo; ya en ella, mandaron a los heraldos, de voz sonora, que pusieron al fuego un gran trípode por si lograban que aquél se lavase las manchas de sangre y polvo. Pero Aquiles se negó obstinadamente, a hizo, además, un juramento:


‑¡No, por Zeus, que es el supremo y más poderoso de los dioses! No es justo que el baño moje mi cabeza hasta que ponga a Patroclo en la pira, le erija un túmulo y me corte la cabellera; porque un pesar tan grande no volverá lamas a sentirlo mi corazón mientras me cuente entre los vivos. Ahora celebremos el triste banquete; y, cuando se descubra la aurora, manda, oh rey de hombres, Agamenón, que traigan leña y la coloquen como conviene a un muerto que baja a la región sombría, para que pronto el fuego infatigable consuma y haga desaparecer de nuestra vista el cadáver de Patroclo, y los guerreros vuelvan a sus ocupaciones.


Así dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Dispuesta con prontitud la cena, comieron todos, y nadie careció de su respectiva porción. Mas, después que hubieron satisfecho de comida y de bebida al apetito, se fueron a dormir a sus tiendas. Se quedó el Pelida con muchos mirmidones, dando profundos suspiros, a orillas del estruendoso mar, en un lugar limpio donde las olas bañaban la playa; pero no tardó en vencerlo el sueño, que disipa los cuidados del ánimo, esparciéndose suave en torno suyo; pues el héroe había fatigado mucho sus fornidos miembros persiguiendo a Héctor alrededor de la ventosa Ilio. Entonces vino a encontrarle el alma del mísero Patroclo, semejante en un todo a éste cuando vivía, tanto por su estatura y hermosos ojos, como por las vestiduras que llevaba; y, poniéndose sobre la cabeza de Aquiles, le dijo estas palabras:


‑¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí mientras vivía, y ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que pueda pasar las puertas del Hades; pues las almas, que son imágenes de los difuntos, me rechazan y no me permiten que atraviese el río y me junte con ellas; y de este modo voy errante por los alrededores del palacio, de anchas puertas, de Hades. Dame la mano, te lo pido llorando; pues ya no volveré del Hades cuando hayáis entregado mi cadáver al fuego. Ni ya, gozando de vida, conversaremos separadamente de los amigos; pues me devoró la odiosa muerte que el hado, cuando nací, me deparara. Y tu destino es también, oh Aquiles semejante a los dioses, morir al pie de los muros de los nobles troyanos. Otra cosa te diré y encargaré, por si quieres complacerme. No dejes mandado, oh Aquiles, que pongan tus huesos separados de los míos: ya que juntos nos hemos criado en tu palacio, desde que Menecio me llevó de Opunte a vuestra casa por un deplorable homicidio ‑cuando encolerizándome en el juego de la taba maté involuntariamente al hijo de Anfidamante‑, y el caballero Peleo me acogió en su morada, me crió con regalo y me nombró tu escudero; así también, una misma urna, la ánfora de oro que te dio tu veneranda madre, guarde nuestros huesos.


Le respondió Aquiles, el de los pies ligeros:


‑¿Por qué, cabeza querida, vienes a encargarme estas cosas? Te obedeceré y lo cumpliré todo como lo mandas. Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves instantes, para saciarnos de triste llanto.


En diciendo esto, le tendió los brazos, pero no consiguió asirlo: se disipó el alma como si fuese humo y penetró en la tierra dando chillidos. Aquiles se levantó atónito, dio una palmada y exclamó con voz lúgubre:


‑¡Oh dioses! Cierto es que en la morada de Hades quedan el alma y la imagen de los que mueren, pero la fuerza vital desaparece por entero. Toda la noche ha estado cerca de mí el alma del mísero Patroclo, derramando lágrimas y despidiendo suspiros, para encargarme lo que debo hacer; y era muy semejante a él cuando vivía".


Posteriormente, el cuerpo de Patroclo fue incinerado en una impresionante pira funeraria; en honor del muerto, los aqueos sacrificaron algunos animales y varios muchachos troyanos de cuna noble. Tal y como era costumbre, se celebraron juegos para honrar el alma del difunto, a cuyos ganadores les fueron entregados premios.

(I) Menelao sujeta el cuerpo exangüe de Patroclo.

domingo, 26 de octubre de 2008

Caballo de Troya

Gracias al comentario de una de las lectoras de esta bitácora, Rocío, he dedicido colgar hoy esta canción del grupo Tierra Santa, en mi empeño de continuar mostrando hasta qué punto esta leyenda ha influenciado a grupos modernos de dispares estilos. Me gustaría aprovechar para agradecer a todos aquellos que dejan constancia de su paso por este blog y de sus pensamientos en la sección de comentarios. Realmente animan a continuar escribiendo y enriquecen en gran medida la bitácora.

Les dejo, en primer lugar, la letra:

Caballo de Troya

Dicen que en Troya
una batalla empezó
forjando así su leyenda
y que diez años pasó
sitiada por la ambición
de poseer la ciudad

Al no poderla invadir
los griegos fueron marchando
pero antes de irse de allí
un gran regalo quedó

Un griego les convenció
que era un regalo de un dios
y de que abrieran las puertas
un gran caballo asomó en su interior
una trampa con piel de madera

En Troya todos creyeron
que habían vencido
pero la noche llegó
y el enemigo ganó

¡Caballo, de Troya!
Cabalga la historia
regalo de un dios.

¡Caballo, de Troya!
Su piel y su nombre
leyenda forjó

¡Caballo, de Troya!
Están escondidos
dentro en su interior
esperan la noche
para la traición

[Parte instrumental]

¡Caballo, de Troya!
Cabalga la historia
regalo de un dios

¡Caballo, de Troya!
Su piel y su nombre
leyenda forjó

¡Caballo, de Troya!
Están escondidos
dentro en su interior
esperan la noche
para la traición

Y, a continuación, el vídeo con imágenes de la película Troya:

sábado, 25 de octubre de 2008

Y entonces se hizo el silencio

Es asombroso ver en qué medida podemos hallar la huella de los humanos dioses y de los divinos mortales de las leyendas antiguas en distintas obras artísticas de diversas épocas. Sin embargo, a pocos se les ocurre la posibilidad de que grupos de rock o heavy metal hayan bebido de las fuentes mitológicas a la hora de componer sus letras.

Hoy les presento una curiosa canción del grupo alemán Blind Guardian, íntimamente relacionada con el tema de estos artículos, la Guerra de Troya. Se trata de aproximadamente quince minutos de música con su correspondiente letra, por lo que he desechado la idea de colgar los versos en inglés con su traducción al castellano, optando por la a mi juicio más positiva variante: colocar a continuación la letra traducida.

Y entonces se hizo el silencio

Gírate y mira los campos de llamas

Lleva a través
de un lugar lejano.
Está en su camino.
Él traerá la decadencia
(no te muevas porque las cosas irán peor
el fin está más cerca cada día)
en tonos de gris.
Estamos sentenciados a encararnos con la noche.
La luz está fuera de vista.

Desde que hemos traspasado el punto sin retorno,
alabamos la luz de las estrellas,
esperamos por la luna;
el cielo está vacío.
Solos en lo desconocido
nos dirigimos a ninguna parte.

Hemos sido traicionados
por el viendo y la lluvia.
Las sagradas salas frías y vacías.
El sacrificio hecho no debe de ser en vano.
Con Roma vendrá la venganza.

Vivimos una mentira
bajo la luna que muere;
el de rostro pálido se ríe de la condena,
se entrega al gozo.

Se está escapando de las manos.
El telón final caerá.
Escucha mi voz.
No hay elección.
No hay otro camino fuera de este.
Lo descubrirás.

No nos arrepentimos,
así que muchos hombres han muerto,
pero ahora él se ha ido.
Id fuera y cogedle.
La cabeza del loco será tuya.
No nos arrepentimos.
Alguien más muere tras la máscara
Id fuera y cogedle.
El sabueso de Orión brilla con fuerza.

No pienses que es momento de detener la caza.
en torno al círculo;
tan solo deja de correr
en torno al círculo.
No sabes que el destino ha sido decidido
por los dioses;
siente la distancia
fuera del alcance

Bienvenida al fin.
Contempla tu destino, Casandra.
Tú has de caer,
como yo he tropezado en el campo
Hermana mía,
la muerte es algo cierto.
Me encuentro en lugares oscuros.
Me encuentro arrastrado lejos.
Y el ‘otro mundo’
el otro ‘otro mundo' aparece.

Me encuentro, ella muere en vano.
No puedo ser libre.
Estoy cayendo.
Como el tiempo corre más rápido,
[nos] arrastra hacia el desastre.
El barquero esperará por ti,
querida.

Y entonces se hizo el silencio.
Tan solo una voz del otro mundo.
Como una hoja en un mundo helado,
los recuerdos desaparecerán
Leyendas y poemas perdidos.
Toda la gloria y la belleza desaparecerán.
Quizá mi atribulada alma encuentre descanso por un tiempo.
En el momento de la muerte sonreiré.
Es el triunfo de la vergüenza y la enfermedad.
En el fin,
Ilíada

Alzo mis brazos y alabo el día.
Rompe el hechizo, muéstrame el camino.
En la caída,
la llama de Troya brillará intensamente

Los recién nacidos traerían ruina para la ciudadela
La muerte de los recién nacidos serán una bendición para todos nosotros

¿Buena elección?
¿Mala elección?
Fuera de las tres.

Has elegido miseria.
Poder y sabiduría
niegas.
Mala elección.

La guerra es la única respuesta,
cuando el amor conquiste el temor
La sentencia ha sido dictada.
hacia lo más justo.
El elegante dice:
‘Él cae lamentablemente’.

Peligro.
Teme el calor de la pasión, padre rey.
No le dejes permanecer dentro.
No la dejes permanecer dentro.
Deseo, lujuria, obsesión;
traerán muerte.
No podemos echarlos
una vez ya están dentro

Ella es como el sol cuando nace;
eclipsa a la luna en la noche;
preciosa como la luz de las estrellas,
traerá un precio altísimo

En la oscuridad crece la semilla de la derrota del hombre.
Envidia.
Puedo ver el final claramente.
Puedo ver el final claramente.
Puedo ver el final claramente.

El hilo de la vida se hila.
La moneda es colocada bajo mi lengua.
Nunca desistir.
Nunca ceder.
Permanece en nuestro lado.
Así podremos vencer.
Nunca desistir.
Nunca ceder.
Permanece en nuestro lado.
El tiempo de la vieja luna vendrá pronto.

Ningún lugar al que correr.
Ningún lugar en el que ocultarse.
Nada que perder.
Unidos aguantaremos,
nos enfrentaremos a la tormenta
creada por un hombre.

Troya, Troya, Troya, Toya.

Y como el león
mata al hombre,
yo soy el lobo
y tú, el cordero.

La sagrada Troya caerá.
En torno a las murallas
la fe se hace añicos, los cuerpos caen.

Ningún lugar al que correr.
Ningún lugar en el que ocultarse.
Nada que perder.
Unidos aguantaremos.
Todos para uno y uno para todos.
Viviremos para ser eliminados.

Vivimos.
Morimos.

Alzo mis brazos y alabo el día.
Rompe el hechizo muéstrame el camino.
En la caída.
La llama de Troya brillará intensamente.

Vagamos en la oscuridad.
Se extiende la visión.
Estaremos perdidos si tú crees.
Troya en la oscuridad.
Hay un frío vacío en nuestros corazones;
lo que ellos han alejado
que no podemos traer de vuelta.

Echarán abajo el muro para hacerlo entrar;
creen realmente en la mentira;
con flores dan la bienvenida al viejo enemigo.

La pesadilla debe terminar.
Ya no hay temor.
Ven a unirte a nuestros cantos
y baila ahora con nosotros.
La pesadilla debe terminar.
Ya no hay temor.
La guerra ha terminado, para siempre.

Sin esperanza.
El ciego conduce al ciego.
Continúa
hacia el futuro imaginado que se niega.
Yegua o semental.
Hay mucho más dentro.
Estamos dentro, en la matanza.
Moriremos alegremente.

Leyendas y poemas perdidos.
Toda la gloria y la belleza desaparecerán.
Quizá mi atribulada alma encuentre descanso por un tiempo.
En el momento de la muerte sonreiré.
Es el triunfo de la vergüenza y la enfermedad.
En el fin,
Ilíada.

Leyendas y poemas perdidos.
Toda la gloria y la belleza desaparecerán.
Quizá mi atribulada alma encuentre descanso por un tiempo.
En el momento de la muerte sonreiré.
Es el triunfo de la vergüenza y la enfermedad.
En el fin...

Su sagrada luz brilla,
así que la sentencia ha sido dictada.
Estamos condenados, aunque el juicio se halla lejos.
El estallido de la fatalidad.
Padre,
tu atractivo hijo está dirigiendo el hogar.

Dirigiendo el hogar.

Todavía sopla el viento,
calma y silencio,
trae noticias de un lugar lejano.

Impensable.
No puedo expulsarlo,
no puedo expulsarlo de mi mente.

Dolor y derrota.
Dolor y derrota.

Aquí les dejo el vídeo, en el que podrán escuchar la canción:



Muchas gracias a Jaume, del maravilloso blog Homo Bonus, por su contribución y ayuda con la traducción. ¡Justo es reconocerlo!

jueves, 23 de octubre de 2008

El fin de Troya

Contaba en el artículo anterior que la Ilíada finaliza con la devolución del cadáver de Héctor tras las súplicas del rey Príamo a Aquiles. Sin embargo, la Guerra de Troya no finalizó con esto y, según lo que podemos encontrar en textos posteriores, el desenlace del conflicto todavía no se vislumbraba.

Aún tras haber terminado con la vida de aquel que había matado a su querido Patroclo, Aquiles continuó combatiendo con furia redoblada a favor de los aqueos, matando a importantes guerreros del bando troyano, como la amazona Pentesilea (hija del dios Ares), de la que se cuenta que se enamoró de ella cuando ésta cayó al suelo herida de muerte, por lo que de poco sirvió este repentino flechazo.


El Pelida, sin embargo, no tardó en hallar su propio fin. El joven príncipe Paris, destacado arquero, se apostó tras las murallas y disparó una certera flecha que se hundió en el talón del héroe. Llegado este momento de la narración, veo preciso comentar que Aquiles era hijo de una inmortal y de un humano, por lo que su madre, deseosa de eliminar cualquier parte mortal del cuerpo de su hijo, lo sumergió sujetándolo por el talón en las aguas de una laguna. De esta manera, el cuerpo de Aquiles se convirtió en invulnerable, con excepción del talón por el que Tetis lo había agarrado y que no había llegado a rozar el líquido. En otras versiones menos conocidas, la madre lo introdujo en un horno especial con objeto de abrasar su parte humana y transformarlo en un inmortal.

A causa de esto, el ejército aqueo perdió a uno de sus mejores guerreros, Aquiles, en cuyo honor se celebraron unos hermosos funerales. En el momento de repartir las pertenencias del joven luchador, se originó un conflicto, ya que Áyax y Odiseo reclamaban su derecho a hacer suya la armadura, además del armamento. Los objetos fueron entregados a Odiseo y Áyax enloqueció de furia.

Paris no tardó en encontrar la muerte. El causante de su fallecimiento fue Filoctetes, un arquero que le disparó una flecha envenenada. Los guerreros transportaron a Paris de vuelta a Troya, donde él pidió que llamasen a la ninfa Enone (a la que Apolo había otorgado el don de poder curar). Ambos habían compartido un largo idilio en el monte Ida a lo largo de los años adolescentes de Paris, antes de que éste la abandonase por Helena. La joven , despechada, se negó a acudir para auxiliar a Paris, pero cuando al fin recapacitó y entró en la ciudad, el príncipe ya estaba muerto. Helena fue entregada como esposa a otro hijo de Príamo, Deífobo.

Sería más adelante cuando Odiseo concibiese la idea del caballo de Troya, pese a que algunas fuentes señalan que el sagaz rey la tomó prestada de otra mente ingeniosa. Se trataba de un monumental caballo construido en madera. Un grupo de soldados aqueos se ocultó en el interior del ingenio, mientras que el resto del ejército quemó el campamento y embarcó, fingiendo marcharse de vuelta a casa. Disfrazando de ofrenda a una diosa el mortal presente, los aqueos consiguieron que los troyanos cayesen en la trampa e introdujesen el caballo en la ciudad, pese a que el adivino Laocoonte tuvo una visión y advirtió a sus compatriotas de la naturaleza del regalo, con yermo resultado.



De esta manera, creyendo ver el fin de la guerra y el calvario, los troyanos se entregaron al festejo, con todo lo que ello implica. Cuando anocheció, buena parte de los ciudadanos continuaban celebrando la supuesta victoria, mas el sueño terminó por vencerles. Ese fue el momento elegido por los aqueos para salir del caballo de madera, abrir las puertas de la ciudad para que entrase el resto del ejército (que se había acercado sigilosamente a la urbe) e iniciar una orgía de sangre, fuego y muerte. Mataron a los hombres en edad de empuñar las armas y se llevaron a las mujeres como esclavas; hay fuentes que indican que los niños corrieron la misma suerte. Los grandes guerreros aqueos se reservaron el derecho a escoger a las grandes princesas troyanas: Agamenón se llevó a Casandra y el hijo de Aquiles, Neoptólemo, tomó como cautiva a Andrómaca, la viuda de Héctor, cuyo hijo fue ejecutado para impedir que perpetuara el linaje de los monarcas troyanos. Los aqueos inmolaron a la joven Políxena sobre la tumba de Aquiles y se llevaron la anciana reina Hécuba, tras asesinar a su marido, Príamo.

La ciudad de Troya ardió como una antorcha encendida en medio de la noche, momento que ha inspirado a artistas de todas las épocas. Pese a que hay dudas y diversas hipótesis sobre su existencia o inexistencia histórica, se trata de una tragedia terrible e imponente. Una ciudad tan rica y próspera -siempre en el mito- borrada por la guerra y la barbarie de los hombres.



(I) Aquiles y la amozana Pentesilea en un vaso de cerámica griego.
(II) Caballo de Troya en una pintura atribuida a Tiepolo.
(III) La caída de Troya en una pintura de Johann Georg Trautmann.

martes, 21 de octubre de 2008

Aquiles y Héctor en Cruz y Raya

Mencionaba en el artículo anterior la infinita furia de Aquiles hacia Héctor tras la muerte del joven guerrero Patroclo. Se trata de un tema que ha inspirado tanto serios versos -como los de la Ilíada- hasta música de un grupo de rock. Y, por supuesto, en el mundo televisivo han tratado de hacernos reír como una cómica versión del momento por lo demás sumamente dramático, que en realidad parodia la semejante escena de la película Troya (2003), a cuyos errores, fallos en la reinterpretación del mito y contados puntos positivos me remitiré más adelante.

Les dejo hoy un par de vídeos, en primer lugar la escena de
Troya en la que se basa la parodia y que puede relacionarse fácilmente con el mito:



A continuación, la divertida parodia de Cruz y Raya:



¡Disfrútenlos!

sábado, 18 de octubre de 2008

Una aproximación al conflicto

Mencionaba en el artículo anterior las causas de la Guerra de Troya y la manera en la que distintos líderes y guerreros se dirigieron a la de Ilión con el propósito de recuperar a Helena. La muchacha, por su parte, fue acogida por la corte de Troya, aunque podemos suponer que no todos los nobles y cortesanos se hallaban de acuerdo con la actuación de Paris, y mucho menos con la peligrosa presencia de la joven en la ciudad.


El conflicto entre aqueos y troyanos se extendió a lo largo de diez años, en los cuales hubo bajas en ambos bandos, pero ninguna derrota significativa hasta llegar a los últimos meses. La narración de la guerra gira en torno a figuras tan importantes como la de Agamenón -poderoso rey de Micenas y hermano del agraviado Menelao-o la de Odiseo -soberano de Ítaca-. Acerca de ellos no me parece adecuado extenderme ahora, sino dedicarles unos cuantos artículos a posteriori, con el fin de, en lugar de elaborar un breve esbozo, proporcionar al lector todos los datos que puedan interesarle. ¡Quedo por tanto comprometida a escribirlos!

Hace unos cuantos posts, me refería al primer canto de la Ilíada, el que se inicia con las celebérrimas palabras "Canta, ¡oh, musa!, la cólera del Pelida Aquiles". Esto me da pie a comentar que la Ilíada de Homero, contrariamente a lo que un no iniciado en los placeres de la literatura clásica podría pensar, no comienza con una descripción de las causas de la Guerra de Troya, sino que Homero nos sitúa ya en un momento del conflicto: la furia de Aquiles al serle
arrebatada su cautiva. Me parece adecuado partir de este punto de la historia y seguir el texto homérico.

En los siguientes cantos, se narran episodios de interés como puede ser la propuesta de Agamenón a sus tropas, sugiriéndoles el regreso a casa con la intención de probar su lealtad. Por su parte, entre los troyanos el ambiente comenzaba a enrarecerse y algunos comenzaban ya a protestar por el peligro que significaba tener a Helena en la ciudad. Paris se decidió a hacer un alarde de valor retando a Menelao a un combate singular, proponiéndole que el que venciese se quedaría con la joven. Paris fue vencido por el rey espartano, pero la diosa Afrodita lo salvó de la muerte. A lo largo de los siguientes meses se sucedieron los enfrentamientos, tanto en forma de nuevos combates singulares (por ejemplo, el del príncipe troyano Héctor y el aqueo Áyax) como entre ambos ejércitos, cobrándose la muerte de muchos y muy valientes combatientes.


Sin embargo, el ejército aqueo pronto se dio cuenta de que sin la presencia del gran guerrero Aquiles en el campo de batalla, era muy probable que los troyanos terminasen por declararse vencedores. Una serie de acontecimientos propició el envío de una embajada formada por Fénix y Odiseo, además de otros importantes guerreros, al lugar donde se hallaba el Pelida. Desgraciadamente, Aquiles se negó a sumarse de nuevo al combate. Entretanto, los guerreros aqueos y troyanos dejaron su huella en la epopeya homérica: Teucro, arquero, causó numerosas bajas entre los troyanos; el ilíada Dolón fue soprendido por un grupo de espionaje griego y ejecutado; sobrevino la muerte de los tracios y del rey Reso; Macaón y Eurípilo resultaron heridos por las certeras flechas de Paris; todo ello en el contexto de la continua batalla en las zonas cercanas a Troya. Al mismo tiempo, también guerreaban los dioses que se habían posicionado a favor o en contra de un determinado bando, ayudando o perjudicando a los humanos según su capricho.

Ante la insistente negativa de Aquiles a sumarse al combate, el íntimo amigo y compañero del guerrero, Patroclo, pidió a éste permiso para ponerse la armadura del Pelida después de que Héctor y su ejército incendiasen una de las naves aqueas, confiados a causa la ausencia de Aquiles. Aunque preocupado, el hijo de Tetis accedió y Patroclo partió a la batalla en el carro de su compañero. Sembró el pánico entre las filas de troyanos, llegando a matar al rey de Lidia -hijo de Zeus, además-, pero fue herido por el guerreo Euforbo, tras lo que el príncipe Héctor se acercó para arrebatarle la vida. Inmediatamente, los troyanos trataron de hacerse con la armadura que portaba Patroclo para conservarla como un signo de victoria, y en torno al cadáver se libró un verdadero combate. Aunque los aqueos no lograron conservar la armadura, sí fueron capaces de rescatar el cuerpo sin vida del joven guerrero, y Menelao consiguió matar a Euforbo. Los griegos llevaron el cadáver de Patroclo al campamento y se lo entregaron a Aquiles, el cual se sumió en un estado de profunda tristeza. Su madre, Tetis, pidió al dios Hefesto que le fabricase una nueva armadura, a lo que el divino herrero accedió, y Agamenón logró reconciliarse finalmente con el Pelida, al que devolvió el botín que le había arrebatado.


Zeus permitió poco después a los dioses intervenir de nuevo en la batalla, lo que decidió el curso de un combate entre Aquiles y Eneas, en el que éste último fue salvado por Poseidón. El Pelida luchó con denuedo y mató a numerosos troyanos en los siguientes días, tras lo cual pudo enfrentarse a aquel con cuya vida deseaba acabar para vengar la muerte de Patroclo: el príncipe troyano Héctor. Se enfrentaron en combate singular, del que Héctor trató de huir, siendo confundido por la diosa Atenea, que le hizo ver que su hermano Deífobo acudía a auxiliarlo, lo que no era cierto. Aquiles lo mató y, en lugar de entregar el cadáver para que fuese adecuadamente incinerado y pudiese viajar al Hades, lo ató a su carro y lo arrastró dando varias vueltas a la ciudadde Ilión, tras lo que regresó al campamento griego e hizo lo propio en torno a la pira funeraria de Patroclo. Tan solo las desgarradas súplicas del rey Príamo, que acudió clandestinamente a la tienda de Aquiles, lograron que el héroe devolviese el cuerpo a Troya y decretase una tregua de cerca de doce días para que recibiese las exequias fúnebres. A partir de entonces se reanudarían los combates y llegaría, al fin, la esperada caída de la ciudad, que Homero no describe en su Ilíada.

(I) La cólera de Aquiles en un cuadro de Tiépolo
(II) Escultura contemporánea de Teucro.
(III) Regreso del cuerpo de Héctor a Troya en un sarcófago romano.